TUCUMAN IMAGINADA: VIAJEROS, MUJERES DE ÉLITE Y MODERNIDAD EN EL UMBRAL DEL SIGLO XX

 

 

IMAGINING TUCUMAN: TRAVELERS, ÉLITE WOMEN, AND MODERNITY AT THE TURN OF THE TWENTIETH CENTURY

 

Eugenia Crusco

Facultad de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional de Tucumán, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina. ecrusco@gmail.com

https://orcid.org/0000-0001-9538-2563

 

ARK: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s16688090/083nbm62r

 

 

FECHA DE INGRESO: 19/11/2025

FECHA DE ACEPTACIÓN: 12/04/2026

 

 

Resumen

 

El artículo examina las representaciones de Tucumán producidas por viajeros y publicaciones de comienzos del siglo XX, en diálogo con los discursos de modernidad promovidos por la élite local. A partir del análisis de guías, crónicas y álbumes ilustrados, se indaga cómo estos discursos configuraron una imagen de la provincia como emblema de progreso y civilización, articulando paisaje, pasado histórico y desarrollo agroindustrial en un mismo horizonte simbólico. En este marco, la construcción de un modelo de feminidad ligado a la belleza, la virtud y el prestigio social ocupó un lugar central: la figura de la mujer tucumana fue erigida como soporte estético y moral del territorio, reforzando jerarquías de clase y género. Estas representaciones se inscribieron en un discurso orientado a proyectar una imagen homogénea y europeizada de la provincia, acorde a las aspiraciones de la élite local.

 

Palabras clave: Tucumán, viajeros, género, modernidad, representaciones

 

 

Abstract

 

This article examines representations of Tucumán produced by travelers and publications from the early twentieth century in dialogue with the discourses of modernity promoted by the local élite. Through an analysis of guidebooks, travel accounts, and illustrated albums, it explores how these discourses constructed an image of the province as an emblem of progress and civilization, bringing together landscape, historical heritage, and agro-industrial development within a shared symbolic horizon. Within this framework, the construction of a model of femininity associated with beauty, virtue, and social prestige occupied a central place. The figure of the Tucumán woman was fashioned as the aesthetic and moral embodiment of the territory, reinforcing class and gender hierarchies. These representations formed part of a broader discourse aimed at projecting a homogeneous and Europeanized image of the province, one that reflected the aspirations of the local élite.

 

Keywords: Tucumán, travelers, gender, modernity, representations

 

 

Introducción

Durante las primeras décadas del siglo XX se consolidó la percepción de un mundo que se volvía más estrecho debido a la intensificación de los contactos entre regiones y culturas. Este proceso se manifestó a través de migraciones, exilios y desplazamientos colectivos, pero también mediante la circulación de viajeros (intelectuales, científicos, artistas y políticos) cuyas trayectorias intercontinentales contribuyeron a la formación de redes transnacionales inéditas. En este mapa de movilidad global, Argentina emergió como un polo de atracción, una escala casi obligada dentro de los itinerarios sudamericanos de quienes buscaban conocer estas geografías. Como señala Paula Bruno (2014, 2024), las “visitas culturales” no fueron meros tránsitos geográficos, sino auténticos eventos que atravesaron espacios universitarios, asociaciones profesionales y escenarios públicos, generando dinámicas de mediación, teatralidad y apropiación cultural, y contribuyendo a configurar un entramado de intercambio intelectual y educativo con impacto duradero en la vida del país.

La conmemoración del Centenario de la Revolución de Mayo en 1910, y pocos años después la de la Independencia en 1916, ofrecieron un marco propicio para intensificar estos intercambios. Más que celebraciones cívicas, aquellas fechas se convirtieron en vitrinas destinadas a la exhibición del progreso urbano, de la pujanza económica y de una identidad nacional deseosa de inscribirse en un concierto mundial de modernidad. En Tucumán, la ciudad que albergaba la memoria fundacional de la independencia, el arribo de viajeros, diplomáticos y cronistas coincidió con un proyecto cultural que, al mismo tiempo que rescataba testimonios del pasado, delineaba una imagen de ciudad en crecimiento.

La llegada del ferrocarril y la conexión de Tucumán con las principales urbes del país facilitó los desplazamientos y los intercambios culturales. La provincia recibió entonces una oleada de viajeros[1] provenientes de diversas regiones de Argentina y del extranjero, especialmente de Europa. Estos observadores documentaron con detalle sus travesías, prestando atención a la vida social y cultural de la región. Sus memorias constituyen testimonios valiosos por la meticulosidad con la que describen costumbres, comparan culturas y ofrecen una visión contemporánea de las sociedades visitadas. La perspectiva externa de los viajeros les permitía discernir aspectos singulares, otorgando a sus relatos un valor particular y único.

La representación de las mujeres tucumanas en los relatos de viajeros de comienzos del siglo XX constituye un punto de mira privilegiado para explorar las intersecciones entre género, cultura e identidad urbana. En un contexto signado por la modernización, la consolidación de la agroindustria azucarera y los festejos del Centenario, las miradas foráneas –junto con la prensa y publicaciones locales– contribuyeron a fijar imágenes de la ciudad y de sus habitantes que trascendieron el plano anecdótico para insertarse en un imaginario colectivo más amplio.

Ahora bien, el caso tucumano adquiere un espesor particular: no se trata de una gran metrópoli, sino de un espacio urbano de escala provincial cuya modernidad se configuró en tensión entre aspiraciones cosmopolitas y persistencias tradicionales. Esta condición permite identificar con mayor nitidez problemáticas más generales vinculadas a la literatura de viajes y a la construcción de representaciones en contextos regionales. Así, las figuraciones sobre las mujeres tucumanas condensan, en clave local, las operaciones simbólicas mediante las cuales se articularon género y clase en la configuración de imaginarios de modernidad, contribuyendo a dimensionar la incidencia de la perspectiva foránea en la producción de identidades sociales y culturales en la Argentina de entresiglos.

Diversos viajeros plasmaron en sus bitácoras una visión estilizada de la mujer tucumana: la belleza física, la coquetería y la virtud doméstica fueron atributos recurrentes que, repetidos hasta la saciedad, cristalizaron en un modelo de feminidad que se ajustaba a las expectativas sociales del período. Estas representaciones, atravesadas por prejuicios, valores y estereotipos dialogaron con las imágenes promovidas por la prensa y por las élites locales.

Lejos de constituir un reflejo transparente de la realidad, tales figuraciones deben comprenderse como construcciones situadas, mediadas por operaciones discursivas. Siguiendo a Roger Chartier (1992), la representación designa el conjunto de formas teatralizadas y estilizadas mediante las cuales individuos, grupos y poderes construyen, proponen e imponen una imagen de sí. Desde esta perspectiva, los relatos de viajeros pueden leerse como prácticas de escritura que seleccionan, ordenan y jerarquizan aquello que perciben, otorgando entidad a ciertos rasgos en detrimento de otros.

En sus estancias en Tucumán, los viajeros tendieron a establecerse en la ciudad y a vincularse principalmente con los grupos pertenecientes a la élite local. En consecuencia, sus observaciones refieren, en general, a mujeres de clases acomodadas. Las representaciones de las tucumanas respondieron a una mirada estrechamente asociada a los valores y sensibilidades de esos sectores privilegiados. Ese sesgo de clase delimitó el universo de lo femenino invisibilizando las múltiples experiencias de las mujeres que no formaban parte de los estratos acomodados. Mientras las crónicas convertían a las damas de la alta sociedad en símbolos del progreso y civilización, el trabajo cotidiano y las formas de sociabilidad de las mujeres de los sectores populares o medios quedaban fuera del campo de representación. Así, el retrato femenino que difundían los viajeros era una construcción selectiva y excluyente, orientada a legitimar un modelo burgués de feminidad.

Este trabajo se propone analizar cómo los viajeros que visitaron Tucumán entre fines del siglo XIX y comienzos del XX construyeron representaciones de las mujeres locales, articulando sus observaciones con las sensibilidades, valores y jerarquías de la élite. A partir de sus descripciones, se busca indagar de qué modo la mirada extranjera contribuyó a delinear un imaginario de lo femenino ligado al decoro, la respetabilidad y la distinción social, omitiendo otras experiencias y formas de participación de las mujeres en la vida urbana.

La disparidad entre estas imágenes idealizadas y las prácticas cotidianas de las mujeres tucumanas da cuenta de tensiones significativas. Mientras que las descripciones de los forasteros tendían a recluirlas en el hogar o a presentarlas como ornamentos de la vida urbana, numerosas mujeres se desempeñaban en el mundo laboral, ocupando un lugar activo en la esfera pública. De esta forma, el análisis de sus representaciones permite indagar no solo en la construcción de estereotipos de género, sino también en los límites y silencios de esos discursos frente a la realidad social.

Por razones de extensión, el análisis se concentra en los discursos sobre las mujeres pertenecientes al ámbito urbano de Tucumán, dejando de lado las descripciones del interior tucumano, así como un análisis detallado de los viajeros, sus itinerarios, motivaciones, redes de sociabilidad y la recepción local. No obstante, estos aspectos constituyen dimensiones fundamentales para comprender las experiencias de circulación y las representaciones culturales que de ellas se derivan.

El corpus documental para este estudio se configura como un entramado discursivo que permite una doble aproximación a la modernidad tucumana de principios del siglo XX. Por un lado, las crónicas de viaje, los registros de forasteros en la prensa local y nacional, y las notas de turismo constituyen el material primario para examinar la construcción literaria de la experiencia viajera y la difusión de imágenes de la provincia desde una perspectiva exógena. Por otro lado, la guía ilustrada, concebida específicamente para orientar al visitante, se erige como un documento clave para observar los intentos endógenos de ordenar, promocionar y dotar de atractivo al territorio. En su diversidad, estos materiales evidencian un esfuerzo concertado por inscribir a Tucumán en las redes de movilidad y consumo propias de la modernidad. El análisis de tales documentos no persigue medir su veracidad empírica, sino comprenderlos como discursos performativos que participaron activamente en la configuración de un imaginario social complejo y tensionado sobre la provincia.

El artículo se estructura en tres apartados interrelacionados. En primer lugar, se aborda el proceso de transformación urbana y cultural que experimentó Tucumán durante las primeras décadas del siglo XX, en el contexto del auge azucarero y de las celebraciones del Centenario de la Independencia de 1916, que redefinieron su fisonomía material y simbólica. En segundo término, se analiza cómo diferentes producciones culturales de la época difundieron una imagen edénica y moderna de Tucumán, articulando paisaje, historia y progreso en un imaginario funcional al proyecto de la élite local. Finalmente, se examinan las representaciones de las mujeres tucumanas elaboradas por estos observadores, atendiendo a los estereotipos, valores y silencios que configuraron una construcción figurativa de lo femenino funcional al orden social y cultural de la época.

 

 

La ciudad en transformación: relatos y representaciones

 

En la ciudad de hoy día, ya no hay nada de eso. Ella es urbe moderna, escombrada y lisa. Hay muchas casas de dos pisos y algunas de tres; las demás son de estilos recientes, con puertas y zaguanes angostos, casi siempre cerrados o entornados.

En el sitio del viejo Cabildo se alza el nuevo y severo Palacio de Gobierno.

En frente, la Plaza con su blanca mujer, símbolo de la Libertad, con sus plantas exóticas y jardines geométricos, al modo de Londres o París.

En las calles se oye apenas el timbre que toca el gallego “motorman” del tranvía eléctrico…

Y en lugar del grato repiqueteo del caballo de “paso”, chocando en las piedras, se desliza silencioso y exótico, sobre el adoquinado, el automóvil elegante [...]

Por fin, hoy día, cuando las desconocemos, nos sentimos extraños a la gran mayoría de las gentes que en las calles topamos: un inglés y su desgarbado, un francés de porte muy ceremonioso, un ruso mueblero recién arribado, una artista española de “Café concerté”, una alemanita de cabellos rubios y de ojos celestes…

¡Pero tranquilicémonos... Los verdes naranjos de nuestra Plaza Independencia, como hace 20, como hace 50 años, hoy blanquean de azahares y a la distancia esparcen aromas insinuantes (Lizondo Borda, 27 de agosto de 1918 como se citó en Grimaldi y Cía, 1918, p. 115).

 

 

Manuel Lizondo Borda[2] trazó en su texto, con tono nostálgico, una imagen de la ciudad que ya no era. La ciudad se le presentaba como una urbe, despojada de sus antiguos encantos, allanada por la lógica del progreso. Su retrato, más que una crónica, puede leerse como una operación interpretativa: la búsqueda de una identidad regional frente a la metamorfosis acelerada que trajo el dinamismo de la agroindustria azucarera.

En el marco del modelo agroexportador argentino, el auge del azúcar había convertido a la provincia de Tucumán en un polo económico capaz de atraer migraciones internas y de redefinir su fisonomía urbana. El ferrocarril, el tranvía, las plazas y los bulevares buscaban borrar los rastros coloniales, mientras el crecimiento industrial configuraba una sociedad marcada por fuertes asimetrías. Como advierte Daniel Campi (1999, 2009), la supuesta distribución del progreso que generó la agroindustria azucarera fue limitada de acuerdo con ciertos rasgos sociales y demográficos. El resultado del auge azucarero dio lugar a un mundo de contrastes. Por un lado, modernización y lujo alrededor de los empresarios del azúcar; por el otro, la realidad de gran parte de la población sumida en la pobreza, la explotación y precarias condiciones de vida, donde predominaban el hacinamiento, la falta de legislación laboral y la vulnerabilidad social. De manera que la modernidad tucumana se construyó sobre un territorio desigual, donde los destellos del azúcar encubrían las fracturas profundas del orden social.

Frente a ese escenario, algunas voces locales buscaron conciliar la memoria del pasado con la experiencia incierta del progreso. Sin embargo, el relato sobre la ciudad no fue solo una construcción interna, los viajeros que arribaron a Tucumán a comienzos del siglo XX aportaron una mirada ajena, a veces admirativa y otras veces incómoda. Sus crónicas revelan hasta qué punto la modernidad tucumana, que pretendía presentarse como símbolo de orden, era también objeto de escrutinio y exotización. A través de esas observaciones —portadoras de cánones europeos y sensibilidades cosmopolitas— se delinearon nuevos modos de ver y clasificar la ciudad, su gente y, en especial, sus mujeres.

Mientras la élite tucumana proyectaba un discurso uniforme de progreso, las miradas de algunos forasteros ofrecían un contrapunto que demuestra las fisuras y contradicciones de la ciudad y su sociedad. Antecedente fundamental para esta investigación es el trabajo de Soledad Martínez Zuccardi, quien señala que los relatos del escritor y periodista francés Jules Huret y del político Georges Clemenceau introducen matices decisivos en relación con el discurso “oficial” de la modernidad tucumana. Ambos viajeros describen una ciudad que dista de la imagen homogénea y europeizada promovida por las élites locales. Huret subraya el atraso material, la precariedad urbana y la persistencia de tipos coloniales y mestizos; Clemenceau, por su parte, enfatiza la impronta indígena en la población y el contraste entre el esplendor de los ingenios azucareros y la miseria obrera (Martínez Zuccardi, 2017, pp. 73-75).

De modo complementario, la perspectiva del poeta Enrique Banchs, que visitó Tucumán en 1910, añade una dimensión de crítica nostálgica y paisajística de la modernidad. Banchs se detiene en los márgenes urbanos, esos espacios que la modernización aún no había transformado, o quizá había decidido ignorar. Su descripción evoca una “gracia virginal” que perpetúa el “sabor del Tucumán pobre de antaño”: casas choceras medio derruidas, grandes huecos de pastizal y calles convertidas en “senderos del campo mismo”, donde animales sueltos y familias descansan bajo los árboles (Banchs, 2016, p. 302). Así, captura una vida rural y tradicional que se resiste a desaparecer.

A tono con estas observaciones, el escritor barcelonés Santiago Rusiñol (1911) ofrece una descripción que reafirma la centralidad de la "raza india" y el mestizaje en la composición social de Tucumán. Su texto va más allá de la mera mención al detallar con viveza la fisonomía de la población:

 

la raza india domina en el pueblo, y desde el negro de chocolate hasta el moreno de claro de luna, todos los matices de la morenez están pintados en estas caras de pómulos pronunciados, ojos rasgados, labios carnosos y dientes de marfil; los hombres andan despacio, con dejadez tropical, y ellas se mecen como naves de vela (Rusiñol, 2016, p. 327).

 

Esta imagen poética, que resalta los rasgos indígenas y la cadencia tropical, choca frontalmente con el ideal de civilidad afrancesada que la élite buscaba imponer. Rusiñol no solo constata la presencia del mestizo, sino que lo sitúa como el elemento dominante y característico del pueblo tucumano.

De manera que estas miradas forasteras funcionan como dispositivos de descentramiento y crítica cultural, al desarticular la imagen uniforme de modernidad que las élites tucumanas intentaban proyectar. Al poner en evidencia la persistencia de un paisaje social mestizo e indígena, las desigualdades estructurales del trabajo y los rezagos materiales del entorno urbano, estas crónicas revelan que el proyecto modernizador de comienzos del siglo XX fue, en realidad, una experiencia híbrida, atravesada por la superposición de universos culturales que coexistían en constante tensión.

En este contexto, los festejos del Centenario de 1910 y, especialmente, los de 1916 en Tucumán, condensaron las aspiraciones y transformaciones que atravesaban a la sociedad local. La efeméride de 1916, celebrada en medio de la crisis azucarera y con escaso apoyo del gobierno nacional, contrastó con los fastuosos festejos porteños de 1910, pero ofreció una oportunidad singular para reafirmar la identidad provincial y proyectar una imagen de modernidad. Así, se articularon discursos, gestos y representaciones que buscaron reposicionar a Tucumán como centro político y cultural del Noroeste argentino, en sintonía con las pretensiones de la élite local y las miradas de los viajeros que pretendían inscribir a la ciudad en el mapa representativo de la nación moderna.

En aquel clima de efervescencia cultural, la Comisión Provincial del Primer Centenario, presidida por el propio Lizondo Borda, estuvo conformada por miembros de la élite tucumana, quienes –desde lo que se ha dado en llamar la Generación del Centenario– impulsaron un ambicioso proyecto de modernización. En su seno confluyeron jóvenes intelectuales ligados a la universidad y actores del orden conservador en declive, quienes promovieron una narrativa regional sustentada en la recuperación del pasado y la valorización del patrimonio histórico (Perilli, 2010; Martínez Zuccardi, 2015).

A esta empresa cultural se incorporaron también mujeres notables del ámbito educativo, cuya participación expone la amplitud y complejidad de los procesos de renovación intelectual de la época. Elena Perilli de Colombres Garmendia y Estela Romero (2012) han señalado la conexión entre este grupo generacional y ciertas maestras —como Rita Pérez de Bertelli, Otilde B. Toro y Clotilde Alfonso Doñate— que, desde la Escuela Sarmiento, impulsaron prácticas pedagógicas innovadoras. Entre ellas destacó la figura de Amalia Prebisch, no solo por su labor como escritora y profesora, sino también por haber sido la voz inaugural de la Exposición Provincial de Tejidos y Artesanías durante las celebraciones centenarias, una intervención emblemática que articuló tradición, arte y reivindicación regional.

Por su parte, Marcela Vignoli (2019) revisa la mirada tradicional que excluía a las mujeres de la llamada Generación del Centenario. Su investigación demuestra el papel activo de las maestras tucumanas, quienes —organizadas en asociaciones como el Círculo del Magisterio— promovieron la educación superior y participaron en congresos científicos, integrando así los debates contemporáneos. Figuras como Margarita Todd encarnaron esa confluencia entre vocación pedagógica y compromiso intelectual, mientras que la fundación de la Universidad Nacional de Tucumán en 1914 amplió las posibilidades de formación y actuación profesional para las mujeres, que, según Vignoli, supieron aprovechar tempranamente los espacios que la nueva institución abría para su desarrollo.

En paralelo, se gestó un fecundo impulso institucional. La creación de la Universidad de Tucumán (1914), la organización de congresos científicos, el nacimiento de la Casa Colonial y del Museo Provincial de Bellas Artes (1915), y otras instituciones, dan cuenta de un esfuerzo concertado por dotar a la provincia de una infraestructura cultural acorde con el proyecto de modernidad.

La palabra también fue un instrumento clave: desde las recopilaciones históricas de Lizondo Borda, como Tucumán a través de la historia o El Tucumán de los poetas, que también incluye crónicas de viajeros hasta los ensayos editados oficialmente, como El Congreso de Tucumán de Groussac o Recuerdos Históricos de Florencio Sal, el papel se convirtió en vehículo de memoria y afirmación identitaria.

La vida cultural tucumana experimentó un notable proceso de apertura e internacionalización. En las artes visuales, Teófilo Castillo, Honorio Mossi y Atilio Terragni introdujeron propuestas vanguardistas que marcaron el inicio de una modernización cultural sin precedentes. Este proceso se vio fortalecido por la presencia de destacados intelectuales internacionales, entre ellos Adolfo Posada (1921), Jacinto Benavente y Federico García Sanchiz (1926). Durante esos años, la Sociedad Sarmiento se consolidó como un centro de irradiación cultural al recibir en sus salones a personalidades como Leopoldo Lugones (1915), José Ortega y Gasset (1916), Julio Navarro Monzó (1926), Alfonsina Storni (1927), entre otros.

Dentro de este marco, los relatos de viajeros dejaron de ser simples curiosidades literarias para convertirse en instrumentos de legitimación cultural y construcción de memoria regional. Estas representaciones se inscriben en los debates intelectuales de entresiglos, intensificados en torno al Centenario, cuando la cuestión de la identidad nacional adquirió centralidad. Como señala Oscar Terán (2000), en ese contexto se desplegaron diversas formas de pensar la argentinidad desde matrices ideológicas heterogéneas, que tendieron a revalorizar a las provincias del interior como reservorios de tradiciones frente al materialismo y el cosmopolitismo urbanos.

Bajo estas circunstancias, la difusión de los relatos de viaje fue determinante para cristalizar imaginarios sobre el territorio y su gente. Las representaciones de Tucumán y de las tucumanas, por tanto, trascienden la óptica particular del cronista; se integran en una red colectiva de significados donde el paisaje y la tradición se articulan como claves en la construcción de lo nacional.

La Universidad de Tucumán asumió un papel central en esta revalorización hacia 1916, promoviendo la traducción y edición parcial de obras de Joseph Andrews,[3] Paolo Mantegazza, Germán Burmeister[4], Antonio King y Edmundo Temple, seleccionando capítulos que aludían a Tucumán y al Noroeste argentino.

Juan Heller[5], en el prólogo a Las provincias del Norte en 1825 (1916), inscribió el libro de Andrews dentro de un programa intelectual en sintonía con el espíritu de la universidad. Señaló que “las investigaciones históricas nacionales y en especial del norte argentino, fueron uno de los propósitos fundadores de la Universidad de Tucumán, y la edición de este libro es la segunda ratificación de aquel designio” (Heller, 1916, p. 5). Así, el proyecto editorial se configuró como una empresa de legitimación cultural, a recuperar las huellas del pasado regional a través de la mirada de viajeros considerados observadores privilegiados de la realidad local. Heller combinó confianza positivista en la objetividad del testigo extranjero con una sensibilidad nostálgica hacia “las cosas viejas y sinceras”, transformando el texto de Andrews en fuente legítima y pieza de afirmación regional.

En consonancia con esta perspectiva, Juan B. Terán[6], entonces rector de la Universidad, manifestó un interés similar por los libros de viajeros, a los que atribuyó un valor documental y formativo (Temple, 1920, pp. 5-10). Incluso él mismo escribió un diario de su periplo en Europa (1929), continuando así esa práctica de observación reflexiva y registro del mundo como ejercicio de conocimiento y de identidad.

El proyecto editorial de la universidad instrumentalizó la mirada extranjera para fines de autolegitimación regional. Al destacar las voces europeas como “observadores autorizados”, la Universidad no solo rescataba el pasado, sino que buscaba la validación académica y cultural para consolidar su propio relato de grandeza. Tal como subraya María Celia Bravo, la Universidad concebida por Terán respondía a “las necesidades económicas y sociales de la provincia y del norte argentino” y se planteaba como un instrumento capaz de influir en las transformaciones del medio local (Bravo, 2007, p. 45). La institución pretendió formar profesionales técnicos en consonancia con la agroindustria azucarera, y a la vez, generar conocimientos aplicados y difundir la cultura regional mediante planes de extensión y publicaciones que incluían estudios históricos, musicales y científicos sobre el Norte argentino.

La función de la Universidad se integraba así en una matriz más amplia de modernización y afirmación cultural, complementando los esfuerzos de élites, viajeros e intelectuales por inscribir a Tucumán en la narrativa nacional e internacional, consolidando un horizonte de identidad regional que trascendía lo académico para impactar en la vida social y económica de la provincia.

 

 

El Tucumán de los viajeros

 

He oído decir en todas partes que en invierno la naturaleza muere, lo he oído también en Tucumán, pero allí me ha parecido esto inexacto. Tengo que cometer un robo a la poesía para dar una idea del invierno de Tucumán, porque el único objeto que yo encuentro semejante al aspecto que aquella naturaleza presenta en tal estación, es Venus dormida. Sí puedo hablar así, la naturaleza cierra sus ojos, pero respira gracias y encantos en medio de un sueño. Propiamente no hay invierno en Tucumán, y el número de días fríos no es sino muy limitado. Por lo regular la temperatura no es más que de una agradable frescura. Rara vez llueve y muchísimas flores se burlan del hielo. En la patria favorita de las flores y los pájaros, la primavera no puede ser sino maravillosa. Supóngase que una visión celestial viene a turbar el reposo de Venus, y despierta de repente de un sueño con la risa en la boca y la alegría en los ojos, tendremos entonces una imagen, aunque pequeña, pero semejante de la primavera de Tucumán (Colombres y Piñero, 1901, p. 6).

 

 

Para describir la belleza y el potencial de Tucumán e invitar a los viajeros a visitar la provincia, la Guía Ilustrada de Tucumán para el Viajero de 1901 incluyó las elocuentes palabras de Juan Bautista Alberdi (1834). Más allá de su función promocional, dicha publicación se presentó como un atractivo compendio para explorar la región, en el que se combinaban reseñas, avisos y material gráfico. Tal como anunciaba su título, estaba dirigida principalmente al viajero. Su propósito era reflejar el desarrollo de la provincia y dar a conocer sus adelantos en los ámbitos “comercial, industrial y agrícola”. Según sus autores Nicanor Colombres y Juan D. Piñero[7], también fue concebida para quienes llegaban impulsados por las corrientes “civilizadoras de inmigración” y buscaban una “tierra hospitalaria y fértil”, animada por el “germen bienhechor del progreso” (Colombres y Piñero, 1901, p. 5).

La Guía, al detallar minuciosamente la infraestructura —ferrocarriles, correos, tranvías—, la organización gubernamental y el entramado productivo —con un marcado protagonismo de la industria azucarera y el comercio—, expresaba el ideal de modernización liberal que buscaba legitimar y promover el desarrollo agroindustrial y la integración de Tucumán en los circuitos nacionales e internacionales a comienzos del siglo XX.

Desde sus páginas se proyectó una visión idealizada de Tucumán como cuna de la patria y epicentro del progreso, alentando además la reflexión sobre el papel de la historia en la consolidación de una identidad provincial cohesionada y orgullosa de su pasado (Pantoja, 2020, p. 97). Tal como señala Claudia Pantoja, las primeras dos décadas del siglo XX constituyeron un período de notable auge para la provincia: la prosperidad económica de las élites y la cercanía de la celebración del Centenario de la Independencia impulsaron la creación de instituciones educativas, científicas y culturales. Lo que favoreció la articulación de un campo simbólico donde el pasado heroico se enlazó con la promesa de un porvenir industrial y urbano. En estas circunstancias, los almanaques, junto con las guías y otros impresos de amplia circulación, funcionaron como vehículos privilegiados de esa narrativa de grandeza.

Numerosos medios de comunicación, tanto nacionales como provinciales, promovieron activamente la visita a la ciudad mediante imágenes del Tucumán contemporáneo, animando a los lectores a descubrir sus encantos. Conocida como la Niza argentina por su clima templado y agradable, e ideal para vacaciones de invierno[8], la ciudad se mostraba en fotografías del bullicioso centro urbano, sus edificios y la vibrante vida social, invitando al visitante a sumergirse en su belleza y vitalidad (Álbum Argentino, 1910, p. 5).

Con motivo del Centenario, la revista Caras y Caretas dedicó una edición especial a Tucumán, destacando su legado histórico y sus atractivos turísticos. Sus páginas componían un recorrido visual por la provincia que conjugaba orgullo cívico y aspiración de modernidad. Las imágenes, que incluían los edificios públicos del llamado Tucumán moderno, los retratos de tipos y costumbres populares y las vistas de los ingenios y monumentos—presentados en contraste entre lo antiguo y lo moderno— trazaban una síntesis de la identidad tucumana. En esa secuencia de fotografías se condensó una visión de provincia dinámica, en transformación, capaz de articular la memoria del pasado con el impulso del progreso. La edición no solo promovió el turismo o la curiosidad de los lectores, sino que ofreció una interpretación visual del lugar como emblema del desarrollo nacional y laboratorio de la modernidad, donde la historia local se proyectó hacia un futuro industrial y urbano.

 

 

 

 

 

Figura 1. Tucumán.Fuente: Caras y Caretas 1 (1916) [9].

 

Asimismo, se incluyó un texto de Domingo Faustino Sarmiento titulado Las tucumanas[10], en el que el autor calificaba a Tucumán como “el edén de América, sin rival en toda la redondez de la tierra”. Al fusionar el paisaje con la sensualidad —aludiendo a las “pompas de la India” y las “gracias de la Grecia”—, Sarmiento estableció un código de exotismo hiperbólico que subordinaba la realidad social al mito. La descripción de la “voluptuosidad y belleza de las mujeres que nacen bajo un cielo de fuego, y que desfallecidas van a la siesta a reclinarse suavemente” consolidó un arquetipo femenino idealizado, pasivo, sensual y ligado al entorno natural, funcionando tanto como atractivo para turistas como legitimación simbólica de la élite local.

La construcción de Tucumán como destino ideal se cimentó en un potente imaginario fundacional que fusionaba lo edénico del jardín de la república con lo heroico del pasado. Esa misma figuración se reflejó también en imágenes, como las pinturas del científico suizo Adolfo Methfessel, en particular La selva de laureles de Tucumán (1882). La espesura monumental de la vegetación se convirtió en alegoría de gloria y fecundidad, dialogando con las metáforas de vergel, paraíso de la república y edén presentes en los relatos de viajeros. La pintura transformó la naturaleza en símbolo patrio, fusionando la memoria de la Independencia con la idea de un territorio bendecido por la abundancia.

 

 

Figura 2: La selva de laureles de Tucumán

 

 

Fuente: Adolfo Methfessel (1882) [11].

 

 

En su mayoría, los viajeros destacaron la persistencia de vestigios de la época colonial que aún permanecían en la provincia, integrándose con un entorno urbano densamente poblado. Algunos de ellos también evocaron el pasado heroico e histórico de Tucumán, conocida como la cuna de la Independencia o la cuna de la libertad, y, en ocasiones, llamada sepulcro de la tiranía, en alusión a la victoria de Belgrano sobre las tropas realistas.

Tanto las imágenes difundidas por los viajeros como las representaciones elaboradas por la prensa y otros soportes culturales confirman lo señalado por Martínez Zuccardi (2015, 2017). A través de la literatura y los discursos públicos de comienzos del siglo XX, se consolidó la idea de un Tucumán pujante y de porvenir brillante. En sintonía con el clima celebratorio del momento, estas narrativas proyectaron una visión casi unánime del progreso como destino inevitable de la provincia. En sus trabajos, Martínez Zuccardi identifica en ellas cuatro figuras simbólicas: el Tucumán-jardín, edénico y de naturaleza pródiga; la cuna heroica de la independencia; la provincia industrial, impulsada por la pujanza azucarera; y la ciudad culta y elegante, alineada con las modas europeas. Esta constelación de imágenes coincidía con los relatos de viajeros, la promoción de la prensa y las guías turísticas, reforzando un imaginario compartido que articulaba, a la vez, experiencia turística e identidad provincial. La visita de Ada M. Elflein en 1913 no solo retoma esa tradición interpretativa, sino que la intensifica al articular la riqueza natural de la provincia con la centralidad de su pasado histórico.

Sus impresiones de viaje sitúan el recorrido bajo la fascinación de los recuerdos históricos y jerarquizan espacios como el Campo de las Carreras y la Casa de la Independencia como núcleos materiales de la memoria nacional. En su escritura la historia no funciona como un simple telón de fondo, sino como una presencia activa que organiza la experiencia del viaje y orienta la percepción. El tránsito por estos sitios se convierte así en una práctica de reconocimiento y apropiación simbólica del pasado, donde la nación se vuelve experiencia sensible. Al afirmar que “algo de templo tienen los sitios donde se ha decidido la suerte de los pueblos” (Elflein, 2023, p. 62), la autora sacraliza estos espacios y los inscribe en una lógica de peregrinación cívica, en la que el viajero se convierte en testigo y heredero de la gesta independentista.

De este modo, la evocación del pasado heroico no se agota en una dimensión conmemorativa, sino que actúa como un principio ordenador que legitima el presente y proyecta un horizonte de progreso. En consonancia con ello, Mariana Bonano y María Carolina Sánchez (2025) señalan que la crónica de Elflein construye una imagen del interior a partir de ejes como la historia, la naturaleza y los signos de modernidad, configurando una representación apta para integrar estas regiones en la entidad más amplia de la nación. Así, los escritos de la viajera no solo recuperan el pasado, sino que lo articulan con una narrativa nacional que encuentra en Tucumán un espacio privilegiado para enlazar la gesta independentista con la Argentina moderna.

La mirada de los viajeros y la difusión de imágenes literarias, gráficas y artísticas contribuyeron a consolidar un Tucumán simultáneamente real y mítico. La naturaleza, la historia y la modernización urbana se fusionaron en un discurso que la Universidad de Tucumán y otras instituciones locales reforzaron, promoviendo una narrativa de progreso, cultura y pertenencia regional que trascendió la experiencia turística para convertirse en un patrimonio cultural compartido.

En la ya mencionada guía ilustrada para el viajero, entre las páginas dedicadas al progreso material y al orden urbano, aparece un gesto significativo: la inclusión de una pequeña “Galería de mujeres tucumanas” con tres retratos femeninos —Manuela Posse (1870), Manuela Paz y Amalia Talavera (1870)— se presentaban como ejemplos del tipo de belleza que caracteriza a la mujer de esta tierra, acompañados de una descripción impregnada de idealismo moral y sentimental. La elección de estas figuras, estrechamente ligadas al poder político y al capital azucarero, muestra que la guía no pretendía representar a la mujer tucumana en su diversidad, sino proyectar un modelo aspiracional asociado al prestigio social y familiar. En esa misma línea, se exaltaban virtudes como la pureza, la fidelidad y la ternura, mediante un lenguaje que enlaza la hermosura con la virtud patriótica: mujeres “dotadas de amabilidad exquisita y encantadora en los momentos de plácida sociabilidad; varonil, fuerte y abnegada como la espartana en los momentos de peligro para la patria” (Colombres y Piñero, 1901, p. 20-21).

Aunque aparentemente secundaria, la sección da cuenta de una concepción decimonónica de la feminidad: estas tucumanas se erigieron en símbolos morales del territorio, imágenes vivientes de la tierra misma, donde belleza natural y virtud cívica se fundieron en una sola representación.

La Guía, al buscar ofrecer una visión completa de la provincia, no solo delineó su geografía material, sino también la distribución social de roles y valores: los hombres encarnaban el gobierno y el progreso, mientras que las mujeres actuaban como custodias de la tradición y la pureza regional. En este punto, la apelación a la tradición no opera como contracara del progreso, sino como uno de sus soportes: lejos de disolverse, el orden patriarcal de raigambre colonial se rearticula en el proyecto civilizatorio moderno, garantizando su estabilidad. La referencia a la virtud “espartana” y “varonil” constituyó una paradoja esencial: la mujer debía mostrar delicadeza y pasividad social, pero a la vez sostener una fortaleza moral y cívica, lista para la abnegación en nombre de la patria (Colombres y Piñero, 1901, pp. 20-21). Esta retórica no pretendió proyectarla hacia la esfera pública, sino que sacralizó su rol doméstico como garante de los valores inmutables de la provincia frente a las exigencias de la modernidad.

En línea con Joan W. Scott (1996, 2008), esta configuración permite advertir que la modelización de la feminidad se produjo en estrecha relación con una imagen masculina igualmente normativa. Así, lejos de oponerse, tradición y modernidad se articularon en un mismo dispositivo que combinó modernización material con la persistencia de jerarquías patriarcales. La definición de la figura femenina implicó simultáneamente la delimitación de una masculinidad legítima, en un juego de miradas que organizó expectativas y posiciones diferenciadas para varones y mujeres.

Unos años más tarde, el Álbum Argentino de 1910 retomó y amplificó este imaginario en el marco de las celebraciones del Centenario de Mayo. Publicaciones de este tipo funcionaban como verdaderos repertorios visuales de la nación moderna, donde la identidad argentina se componía a partir de imágenes y breves reseñas. En sus páginas, los hombres de la élite tucumana —gobernadores, funcionarios, empresarios azucareros—se destacaban por su papel activo en la producción y en la conducción política. Las mujeres, en cambio, eran exhibidas bajo otro registro: retratos con nombre y apellido, ordenados en galerías o catálogos de señoritas.

 

 

 

 

Figura 3. Damas Tucumanas - Arte Fotográfico.

 

 

Fuente: Álbum Argentino (1910, p. 55).

 

 

 

Figura 4. Damas Tucumanas - Arte Fotográfico

 

 

Fuente: Álbum Argentino (1910, p. 57).

 

 

 

 

Figura 5. Damas Tucumanas - Arte Fotográfico

 

 

Fuente: Álbum Argentino (1910, p. 59).

 

 

Su presencia constituía una evidencia visual de la respetabilidad familiar, de la belleza entendida como signo de civilización y de la herencia moral que debía preservarse. En esa dualidad se condensaba una visión jerárquica del orden social que ambas publicaciones contribuían, de manera más o menos explícita, a reforzar. Antes que un simple reflejo de la realidad, estas imágenes operaban como instrumentos de legitimación: traducían en términos visuales las aspiraciones de una élite que buscaba conciliar la modernidad material con un ideal de continuidad moral y familiar.

 

 

Miradas foráneas sobre las mujeres tucumanas

 

Las observaciones de los visitantes sugieren que, a menudo, la mujer tucumana fue tratada como un atractivo turístico más y reducida a un simple objeto de fascinación y admiración. Estas narraciones exhiben una clara tendencia a registrar impresiones según los valores, prejuicios y esquemas preestablecidos del observador foráneo.

Como se ha señalado, los forasteros que se afincaban en la ciudad establecían vínculos principalmente con los sectores más acomodados, y fue a través de esos círculos de sociabilidad y difusión —concentrados en los estratos altos y medios— que se configuró un ideal de feminidad ligado a la élite. La mirada del visitante no se limitaba a describir: actuaba como un instrumento de fijación de roles de género y de perpetuación de estereotipos, consolidando una feminidad arquetípica.

En este sentido, las palabras del escritor español Vicente Blasco Ibáñez en su libro Argentina y sus grandezas (1910) resultan ilustrativas:

 

Uno de los mayores encantos de Tucumán es la belleza de sus mujeres, flores escindidas que aún mantienen la esencia de los tiempos coloniales, saliendo de sus hogares únicamente para visitas ceremoniales o para pasear por la plaza en las noches de retreta (Blasco Ibáñez, 1910, p. 630).

 

Esta declaración remite a una idealización nostálgica de la feminidad y la belleza tradicional; reproduciendo una tendencia a romantizar y fetichizar ciertas características como la delicadeza y la pasividad. Representación que, a su vez, perpetuó estereotipos de género arraigados que relegaron a las tucumanas al ámbito doméstico y limitaron su participación en la esfera pública.

Con motivo del Centenario, se publicó la carta “Aquella hermosa y querida tierra” firmada por el chileno Carlos Walker Martínez, quien había visitado la provincia en tres ocasiones: en 1866, 1875 y 1892. En sus escritos, se ocupó especialmente de describir a las mujeres:

 

Son las señoras de Tucumán el tipo de las matronas virtuosas, de costumbres severas, de prácticas piadosas y a la vez muy amables, modelos de la mujer cristiana y fina; y en cuanto a las niñas, son encantadoras: la generalidad de tez pálida y ojos negros, dominadores, sin que falten tampoco angelitos rubios, de cutis blanco y rosa, cabellera dorada y ojos azules de mirada angelical, formando entre unas y otras un conjunto delicioso, realzado por la viveza y simpatía gracia y elegancia, que les es común junto con el trato naturalmente aristocrático, llano, comunicativo, que tan gratas hacen las tertulias caseras, de que gozamos aquí constantemente[12].

 

Estas exaltaciones idealizadas reflejan los estándares sociales y culturales, que elogiaban la pureza, la modestia y la sumisión femenina, reforzando normas de género y limitando el acceso de las mujeres a la esfera pública. Los visitantes acentuaban virtudes como la benevolencia y la amabilidad de las mujeres provincianas, reconociendo su arraigada conexión con el hogar y la familia. La perspectiva del viajero se articuló sobre un modelo conceptual en el que se confrontaban lo tradicional/natural y la modernidad proyectada.  El forastero buscaba en la tucumana una pureza nostálgica y un exotismo dócil que ya consideraba perdido, convirtiendo a la mujer en un símbolo atemporal que armonizaba el progreso económico con la inmovilidad moral deseada por la élite local.

Así se las identificaba como pasivas y fuertemente ajustadas a las expectativas.

 

Apegadas a las costumbres, de carácter más tradicional, apacibles y obedientes: Y a fe de equivocarnos, que hogar virtuoso, que mujer de sus quehaceres y de su casa la hija de esta ciudad; que retraída en su solar familiar; que apegada a sus obligaciones domésticas; que bondadosa y amable en sus modales; que llana, que genuina; que pura en su cepa. Ya sus ojos vivaces y grandes, si a más hemos de aceptar preceptos antropológicos, ¡nos dicen de sinceridad, ternuras y riqueza de alma![13].

 

 

Los testimonios dibujaron la imagen femenina ideal de clase media alta cuyo mundo gravitaba en torno al hogar y cuyos momentos de ocio estaban restringidos a lugares específicos dictados por las normas sociales de la época: retretas, teatros, salones, parques y ciertas zonas comerciales y recreativas de la ciudad. Esta mujer, que brotaba de la pluma de los viajeros, representaba el ideal femenino que el hombre decimonónico había concebido y al cual debía ajustarse como parte inherente de su ser. 

La figura femenina fue estetizada y moralizada de manera simultánea. El cuerpo de la mujer se transformó en emblema de belleza y pureza, portador de virtudes cívicas y morales que simbolizaban el orden social. Esta operación discursiva tuvo como efecto reducir la presencia femenina a una función alegórica: las mujeres fueron convertidas en ornamentos del territorio y en guardianas de su virtud, mientras se silenciaban las dimensiones materiales, laborales o intelectuales de su existencia.

Estas representaciones divergían notablemente de la población femenina que se encontraba involucrada en las actividades urbanas. Las mujeres pertenecientes a los sectores populares desempeñaban trabajos remunerados fuera del hogar, con lo cual contribuían de manera importante al sustento familiar; las mujeres de clase alta, por su parte, participaban también en diversas asociaciones benéficas y caritativas, dedicando su tiempo y esfuerzo a causas sociales. Además, mujeres que podríamos identificar como sectores medios en ascenso, muchas de ellas dedicadas al magisterio o interesadas en estudios superiores frecuentaban instituciones vinculadas a esas actividades.

En 1912, las páginas de la prensa acogieron un artículo singular titulado: “la mujer tucumana. juzgada por un turista”. El viajero iniciaba su crónica con elogios ensalzando su belleza y virtudes domésticas: “la mujer tucumana es mujer de hogar”, decía. Sin embargo, lo más notable de esta publicación anónima fue su crítica hacia la limitada accesibilidad que tenían a la educación, la cultura, el deporte y la esfera pública. Reprochaba su falta de familiaridad con las obras de literatura clásica; cuestionaba la ausencia de autoras locales reconocidas, la carencia de bibliotecas dirigidas a mujeres y la escasez de publicaciones femeninas en la región:

 

Por lo que he podido juzgar en estos días las damas de aquí leen muy poco [...] Que escritora tucumana tienen según se me dice, no ha llegado a este caso sino rarísimamente, ó más bien dicho nunca. No hay, según se me informa ningún periódico femenino, ni ningún diario en que la nota femenina, por los menos este encomendada a señoras. No se conoce ningún seudónimo que oculte el nombre de alguna señora o niña de la sociedad, ni hay en el seno de esta ni una sola escritora. ¿A qué se debe esta deserción de la mujer tucumana en el campo de las letras? ¿Sera tal vez, en parte, al poco estimulo de la prensa local? ¿o simplemente a índole nativa?[14].

 

Esta referencia subestimaba el potencial intelectual y cultural de las mujeres, e instaba a mejorar sus oportunidades educativas y de formación. Sugería que esta realidad podía deberse a la falta de estímulo por parte de la prensa local o a características culturales arraigadas. El autor exhortaba a las tucumanas a reaccionar, a ayudarlas a superar esas limitaciones. Reparaba, por otro lado, la existencia de una sola biblioteca destinada a mujeres, la cual era gestionada por el Círculo del magisterio. Proponía la creación de más bibliotecas similares para promover el desarrollo intelectual y cultural, especialmente entre las mujeres de la alta sociedad quienes, según el autor, disponían del tiempo y los recursos necesarios para poder cultivarse.

Si bien las palabras del viajero se esforzaban en denunciar esas notorias deficiencias, existen evidencias que demuestran una actividad intelectual rica entre las mujeres.

Respecto a la prensa y a la intervención femenina en los medios, Lucrecia Johansson (2018) expone el emblemático caso del primer periódico feminista de Tucumán, La Mariposa, publicado en 1870; un semanario excepcional escrito por mujeres que usaron la escritura para denunciar el rol social que se les había asignado y reclamar derechos políticos. Por su parte, Marcela Vignoli da cuenta de la existencia de otros periódicos redactados por mujeres. Si bien no han llegado a nosotros ejemplares de estas publicaciones, existen referencias en la prensa local, como El órgano de las niñas de 1879 y La Niña Tucumana, de 1894 (Vignoli, 2011, p. 53).

A su vez, tanto la revista El Porvenir de 1882, como El Tucumán literario de 1887[15] incluyeron una sección dedicada al público femenino, aunque eran publicaciones de la Sociedad Sarmiento, redactadas íntegramente por hombres.

Respecto a la participación femenina en la prensa, en 1898 el diario local más influyente en esa época celebraba la incorporación de Virginia Haugeaut y Josefa Páez García como autoras de una revista literaria, científica y pedagógica (El Orden, 2 de abril de 1898).

En sus investigaciones sobre la participación femenina en educación y la cultura local, Vignoli (2011, 2015, 2020) plantea que, aunque la intervención femenina estuvo restringida a ciertas esferas que no incluían roles de carácter jerárquico, desde principios del siglo XX, las mujeres instruidas de Tucumán (en su gran mayoría maestras) se incorporaron de forma gradual al entorno de sociabilidad cultural. La autora se concentra en aquellas que llevaron adelante el desafío de tomar la palabra; las que se atrevieron a publicar opiniones, ensayos y poemas, o en las que tuvieron un activo rol como oradoras en reuniones y festejos patrios. Vignoli sostiene que esta escritura y oratoria novedosas, por ser prácticas de índole pública, coexistieron con otros modos más vinculados con la intimidad, como la correspondencia, diarios íntimos y álbumes. “La transición hacia un ambiente de sociabilidad en el que varones y mujeres compartieron la membrecía en algunos espacios, fue un proceso palpable ya a principios del siglo XX” (Vignoli, 2020, p. 21).

A partir del estudio de los viajeros europeos, Laura Giaccio (2016) examina las estrategias discursivas a través de las cuales se construyeron imágenes de la mujer y de la ciudad de Buenos Aires. La autora muestra cómo estas representaciones estaban atravesadas por un entramado de desigualdades simbólicas que reproducían jerarquías de género, clase y civilización. En este marco, tanto la figura femenina como la ciudad eran situadas en un lugar de doble subordinación respecto del sujeto europeo. Así, el viajero se erigía como portador de una mirada eurocéntrica y normativa, que no solo observaba, sino que también ordenaba y jerarquizaba el mundo que describía.

En el clima de ideas del cambio de siglo, ese modelo de feminidad, anclado en la distinción y la virtud, no sólo definía un ideal estético y moral, sino que también contribuía a sostener un orden burgués y patriarcal que buscaba legitimarse como signo de progreso y civilización. A su vez, las figuraciones de la provincia no funcionaban como un simple escenario, sino como un soporte que volvía visible y verosímil ese ideal femenino. Ambos registros, lejos de yuxtaponerse, parecían implicarse mutuamente: el proyecto modernizador de la élite local encontraba en la construcción de este modelo de mujer un recurso clave de legitimación, al tiempo que ese ideal femenino se afirmaba en un conjunto de representaciones que lo proyectaban como emblema del territorio.

Un elemento que sobresalió en las crónicas de viaje sobre Tucumán a principios del siglo XX fue la fascinación por la apariencia y la moda de su élite. Los viajeros europeos quedaban asombrados al descubrir que la sofisticación y la vestimenta de la clase alta local seguían de cerca las últimas tendencias, rompiendo con el prejuicio de una provincia mediterránea.

En The amazing Argentina: a new land of enterprise (2012), John Foster Fraser registró sus impresiones de Tucumán, que había visitado en 1913:

 

Tucumán reclama el hecho de tener a las más hermosas mujeres de Sudamérica. Ciertamente, a la hora del paseo, cuando el sol comienza a hundirse y antes de que de pronto caiga la noche, y la gente camina entre los naranjos de la plaza, o dá un lento paseo a lo largo de las principales vías públicas viendo las atracciones de las vidrieras, no hay dificultad en imaginar que esto es una pizca de Madrid, en vez de ser una poco visitada ciudad, escondida en el norte de la Argentina. […] muchos residentes entusiastas me aseguraron que sus damas estaban tan cerca de la moda como en el mismo París. No soy autoridad en esta materia, pero puedo decir que las mujeres parecían tan bien vestidas como lo están en las capitales de Europa[16].

 

Las observaciones de Foster ilustran cómo la moda femenina servía de instrumento de cosmopolitismo y prestigio, proyectando una imagen de progreso que validaba la ciudad ante lectores extranjeros. Esta atención a la vestimenta no era neutral: las mujeres funcionaban como emblemas de civilidad y decoro, subordinadas a un canon que vinculaba su belleza con la respetabilidad de la élite.

En estas narraciones, la tucumana se erige como figura central del espectáculo urbano; su cuerpo y vestimenta condensan las tensiones entre modernidad, distinción y control social. Aunque muchas veces excluida de ciertos espacios, su presencia en la prensa diaria la convierte en un sujeto vigilado y moldeado por expectativas masculinas, como señala Cecilia Gargiulo y Marcela Vignoli: “Toda una sociedad parecía controlarlas desde la prensa, dirigida por hombres que esperaban de las mujeres comportamientos agradables, sugerentes e inspiradores” (Gargiulo y Vignoli 2013, p. 542).

El arte de vestir –entendido como práctica cargada de significados sociales– recaía sobre los cuerpos femeninos de la élite. Mediante trajes y sombreros de moda, las mujeres proyectaban hacia el afuera una imagen cuidadosamente construida de buen gusto, educación y pertenencia de clase. Vestirse no era un gesto banal: constituía una estrategia de legitimación, una forma de inscribirse en la vida pública y sostener la imagen familiar y colectiva, mientras que su presencia en los espacios urbanos permanecía sujeta a un control social velado.

Estas prácticas no pasaron desapercibidas para los ojos extranjeros. El periodista francés Jules Huret, en su crónica La Argentina, de Buenos Aires al Gran Chaco, dejó testimonio de su paso por la provincia con una mezcla de asombro y ligera ironía. Con estas palabras describía su experiencia en Tucumán:

 

Recuerdo la sorpresa que experimenté la primera tarde de mi llegada viendo en la plaza a una multitud de muchachas que marchaban por grupos, con paso vivo y decidido, vestidas elegantemente –acaso demasiado– y tocadas con sombreros tan de última moda que el modelo me era desconocido […]. Los modistos y modistas de París envían sus representantes a esta población y hacen gran negocio. La preocupación por la ‘toilette’ es mayor aquí que en Buenos Aires, si esto es posible [...]. Ya comprenderá usted –me dijo la esposa del gobernador– que viéndonos casi todos los días, hay que cambiar de vestidos con mucha frecuencia (Huret, 1914, pp. 253-554).

 

Para Huret la vestimenta resultaba notable, incluso desbordante, lo que indicaba un interés creciente por la apariencia y la ostentación. Las palabras de la esposa del gobernador, Elvira Salvatierra de Padilla, introducen un elemento clave: la ritualización de la apariencia. En una ciudad donde los espacios de sociabilidad eran escasos, el paseo por la plaza se erigía en una ceremonia pública, una coreografía diaria en la que el vestido adquiría una importancia estratégica. 

Los aportes de María Isabel Baldasarre (2021) permiten situar estas observaciones en un horizonte más amplio: la cultura del vestir como un régimen de prácticas, discursos e imágenes donde la moda operó como un dispositivo de regulación social y diferenciación sexual. La adhesión a la moda europea formó parte de un proceso simultáneo de modernización y disciplinamiento: vestirse acorde no solo implicaba adoptar formas civilizadas de conducta, sino también inscribir en el cuerpo las diferencias de género. La vestimenta se convirtió en un lenguaje que ordenaba jerarquías, modelaba comportamientos y garantizaba la reproducción de un orden social que hacía de la diferencia sexual uno de sus pilares.

Desde esta perspectiva, la ritualización de la apariencia —expresada en el recambio frecuente de atuendos y en la centralidad del paseo como escena pública— puede leerse como una forma de regulación social que encontraba en el cuerpo femenino su principal soporte visual. Cambiar de atuendo se convirtió en una manera de inscribirse en la vida pública, sostener la imagen familiar y pertenecer a una comunidad que encontraba en la visibilidad su forma de cohesión. De este modo, el cuerpo femenino funcionaba como soporte visual del estatus familiar.

Los textos de Huret y Fraser muestran cómo la modernidad se filtraba a través del cuerpo vestido de las mujeres. La elegancia y la moda operaban como signos de distinción, pero también como mecanismos de regulación social: la exhibición de la mujer en el paseo o en la plaza era, al mismo tiempo, un acto de visibilidad y de control. La mirada masculina de los viajeros codificaba esa exposición como espectáculo de civilidad. En este sentido, la modernidad tucumana se sostuvo sobre una paradoja: la mujer era visible, pero su visibilidad estaba reglada por los valores de la élite y una función casi ornamental dentro del orden urbano.

Así, las crónicas de viaje y otros soportes culturales demuestran que la construcción de la mujer tucumana como emblema de belleza, virtud y decoro no fue un mero ejercicio descriptivo, sino un dispositivo que reforzaba jerarquías de género y proyectaba hacia el exterior una imagen de modernidad y prestigio alineada con los valores de la élite local. La atención a la moda, la apariencia y el comportamiento ritualizado en los espacios públicos mostraba cómo la visibilidad femenina se entrelazaba con normas sociales, expectativas y pretensiones.

 

A modo de cierre

 

Más que documentos neutrales, los relatos de viajeros operaron como dispositivos de mediación entre lo local y lo global, entre la mirada externa y la autopercepción provincial. Su lectura permite advertir que la modernidad tucumana no fue un proceso uniforme ni plenamente asimilado, sino un tejido híbrido donde persistieron imaginarios coloniales, jerarquías de género y aspiraciones cosmopolitas. Al recuperar esas voces, el artículo invita a pensar el lugar de las mujeres y de la mirada extranjera en la construcción simbólica de Tucumán, y a reconocer, en el brillo del mito de progreso, las sombras y fracturas que lo sostuvieron.

Las narrativas de los viajeros que recorrieron la ciudad en las primeras décadas del XX contribuyeron de manera decisiva a consolidar una imagen de modernidad subordinada al canon masculino y a los valores de la élite local. La ciudad aparecía como un enclave de progreso, capaz de dialogar con los modelos europeos sin perder su encanto provincial. Esta representación respondía a los intereses de una clase dirigente que buscaba afirmarse como heredera legítima del ideario civilizatorio, presentando a Tucumán como símbolo de orden, prosperidad y cultura. En este marco, la figura femenina fue convertida en emblema de virtud, belleza y decoro, atributos que reforzaban un ideal de feminidad funcional al imaginario de la modernidad.

Las figuraciones del paisaje y el entorno urbano no funcionaban como un simple escenario, sino como un soporte que volvía visible y verosímil ese ideal femenino. Ambos registros, lejos de yuxtaponerse, parecían implicarse mutuamente: el proyecto modernizador de la élite local encontraba en la construcción de este modelo de mujer un recurso clave de legitimación, al tiempo que ese ideal femenino se afirmaba en un entramado de representaciones que lo proyectaban como emblema del territorio.

En suma, en la Guía ilustrada para el viajero de principios del siglo XX, la inserción de la Galería de mujeres tucumanas ejemplifica cómo la belleza y la virtud se vinculaban estrechamente en la construcción de la provincia, asociando la elegancia femenina con la pureza, la fidelidad y la fortaleza moral en un ideal que combinaba delicadeza y abnegación patriótica. Esta concepción decimonónica reflejaba un orden donde los hombres representaban el progreso y las mujeres la tradición, y se reforzaba en las crónicas de viaje, como las de John Foster Fraser y Jules Huret, que destacaban la sofisticación de la élite tucumana y comparaban su vestimenta con la de París, proyectando un cosmopolitismo urbano que validaba la ciudad ante lectores extranjeros. La atención a la moda y al paseo ritualizado por la plaza revelaba que el cuerpo femenino funcionaba como soporte visual del estatus familiar, mientras permanecía vigilado y moldeado por expectativas masculinas.

Los discursos sobre la feminidad no reprodujeron mecánicamente las divisiones de clase, pero sí contribuyeron a reforzar un ideal de mujer que respondía a los valores de los sectores dominantes, marginando otras formas de presencia femenina. Una trama de representaciones donde ciertas mujeres —las virtuosas y elegantes— fueron elevadas a emblemas de la modernidad, mientras se relegaron a un segundo plano otras experiencias femeninas ligadas al trabajo, o la participación pública. De manera que se configuró un discurso basado en un entramado de jerarquías que definió qué cuerpos y qué voces merecían ser visibles.

Este trabajo abre, a su vez, un conjunto de líneas posibles para futuras investigaciones. Resulta necesario profundizar en el estudio de las trayectorias individuales de los viajeros, atendiendo a sus motivaciones, redes de contacto y mediaciones institucionales, así como al modo en que sus experiencias de intercambio incidieron en la producción de saberes sobre el territorio. Así mismo, sería relevante examinar cómo esas crónicas no solo modelaron una imagen femenina de la sociedad tucumana, sino también una imagen masculina, construida por observadores foráneos en diálogo con varones locales, configurando un juego de miradas que articuló expectativas, tensiones y jerarquías de género. A ello se suma la necesidad de indagar la presencia y circulación de viajeras y cronistas mujeres, interrogando si sus relatos alcanzaron Tucumán y qué matices aportaron a la comprensión del espacio. Igualmente, sería fecundo explorar las formas de recepción y reapropiación local de esas crónicas y observaciones, tanto en la prensa como en los ámbitos académicos y educativos, donde contribuyeron a definir sensibilidades e imaginarios sobre Tucumán y el Noroeste argentino. Estas indagaciones permitirían comprender con mayor precisión cómo la mirada viajera —en su intersección entre literatura, ciencia y política— operó como un dispositivo de representación y legitimación cultural en el marco de la modernidad latinoamericana.

 

 

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Vignoli, M. (2019). Congresos científicos latinoamericanos y estudios universitarios entre las expectativas de las maestras tucumanas, principios del siglo XX. Trabajos y Comunicaciones, (49), e074.

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[1] Entre los más reconocidos: Juan H. Scrivener (1825), Joseph Andrews (1825), León Pallière (1858), Woodbine Parish (1852), Germán Burmeister (1859), Pablo Montegazza (1861), Juan A. Walker Martínez (1866, 1875, 1892), Miguel Cané (1876), Vicente Blasco Ibáñez (1910), Georges Clemenceau (1910), Victor Margueritte (1911), Jules Huret, (1911), Ada María Elflein (1913), John Foster Fraser (1914), Carlos Walker Martínez, Adrián Patroni (1924), Dora López Zamora de Torres (1927), entre otros.

[2] Manuel Lizondo Borda (1889 –1966) fue un escritor, publicista, historiador y poeta. Discípulo de Ricardo Jaimes Freyre en el Colegio Nacional, obtuvo el título de abogado en la Universidad de Buenos Aires. Integró la Academia Nacional de la Historia y se desempeñó como diputado provincial durante el centenario de la Independencia.

[3] El relato del capitán Joseph Andrews, Journey from Buenos Ayres through the Provinces of Cordova, Tucuman, and Salta to Potosi (Londres, 1827), es uno de los clásicos textos de viajeros sobre el Tucumán de las primeras décadas del siglo XIX. Los capítulos dedicados al Noroeste argentino fueron editados por la Universidad de Tucumán en 1915, con prólogo y traducción del Dr. Juan Heller, titulado Las provincias del Norte en 1825.

[4] En 1916, bajo el rectorado de Juan B. Terán, la Universidad de Tucumán publicó por primera vez en castellano los capítulos que Germán Burmeister dedicó a la provincia en su Viaje por los Estados del Plata (1859). Traducidos por Cesáreo Wessel y editados en la imprenta Coni con prólogo de Ángel Gallardo, aparecieron bajo el título Descripción de Tucumán, antecediendo en varias décadas a la traducción completa de la obra, recién publicada en 1943.

[5] Juan Heller (1883-1950) fue jurista, juez y docente tucumano. Formado en la Universidad de Buenos Aires, participó en los círculos estudiantiles radicales junto a Miguel Mario Campero y José Tamborini. En Tucumán se desempeñó como secretario del Juzgado Civil y Comercial, vicerrector de la Universidad Nacional, vicepresidente del Banco del Tucumán y miembro de la Corte Suprema provincial, desde donde impulsó reformas judiciales y supervisó importantes obras públicas. Integrante de la Generación del Centenario, combinó su labor institucional con intereses literarios y culturales, destacándose como traductor de poesía inglesa y estudioso del folklore del norte argentino, apoyando investigaciones locales y promoviendo la valorización del patrimonio regional.

[6] Juan B. Terán (1880–1938) fue un destacado intelectual y político tucumano. Abogado formado en la Universidad de Buenos Aires, impulsó la creación de la Universidad Nacional de Tucumán y la condujo como su primer rector, orientando el proyecto educativo hacia el desarrollo industrial del norte argentino. Figura central de la Generación del Centenario, promovió la cultura regional y nacional mediante la docencia, la investigación histórica y una prolífica obra ensayística. Presidió la Sociedad Sarmiento y, junto con Ricardo Jaimes Freyre y Julio López Mañán, fundó la Revista de Letras y Ciencias Sociales, una de las publicaciones más influyentes de su tiempo.

 

[7]Juan Dionisio Piñero (1871-1940) fue una figura destacada en Tucumán a principios del siglo XX, activo en periodismo, edición y la función pública. Ejerció el periodismo, llegando a compilar sus trabajos en el volumen "Fragmentos", y fue parte de iniciativas culturales como la revista "La Novela del Norte". Ingresó a la Administración Pública alrededor de 1902, fue secretario de la Cámara de Senadores. Posteriormente, fue elegido concejal municipal. Piñero fue socio fundador de "El Hogar del Empleado" e integrante de la Sociedad Sarmiento (Archivo La Gaceta- en adelante la sigla ALG-, La Gaceta, funcionario culto, 14/12/2015).

[8]

 Hemeroteca de la biblioteca virtual Miguel Cervantes (En adelante la sigla HBVMC). Revista Caras y Caretas. En Tucumán- El Casino y Hotel Savoy- La temporada de invierno-Éxito de concurrencia, 07/07/1917, p. 44; Revista Caras y Caretas. Tucumán ciudad de invierno,12/06/1920, p.31.

[9] HBVMC. Caras y Caretas, Los ingenios, 09/07/1916, p. 82; Tipos y costumbres, 09/07/1916, p.8; Monumentos de Tucumán, 09/07/1916, p. 79; Tucumán moderno, 09/07/1916, p. 78.

[10] HBVMC. Caras y Caretas, Las Tucumanas, 09/07/1916, p. 64.

[11] ALG. La Gaceta, Esa impresionante selva, 09/08/2017, S/P.

 

[12] ALG. La Gaceta, Tucumán inolvidable para un chileno, 16/09/1916, p.5.

[13] Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán (En adelante AHT). El Orden, Impresiones de Tucumán, 01/10/1917, p. 4.

[14] AHT. El Orden, La mujer tucumana juzgada por un turista, 29/07/1912, p.3.

[15] Para ahondar más sobre el tema: Marcela Vignoli (2011); Gisela Andreani (2018).

[16] Foster, 14 de febrero de 2012 como se citó en La Gaceta.