TUCUMAN
IMAGINADA: VIAJEROS, MUJERES DE ÉLITE Y MODERNIDAD EN EL UMBRAL DEL SIGLO XX
IMAGINING TUCUMAN: TRAVELERS, ÉLITE WOMEN, AND MODERNITY AT
THE TURN OF THE TWENTIETH CENTURY
Eugenia
Crusco
Facultad
de Ciencias Naturales e Instituto Miguel Lillo, Universidad Nacional de
Tucumán, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina.
ecrusco@gmail.com
https://orcid.org/0000-0001-9538-2563
ARK:
https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s16688090/083nbm62r
FECHA DE INGRESO: 19/11/2025
FECHA DE ACEPTACIÓN: 12/04/2026
Resumen
El
artículo examina las representaciones de Tucumán producidas por viajeros y
publicaciones de comienzos del siglo XX, en diálogo con los discursos de
modernidad promovidos por la élite local. A partir del análisis de guías,
crónicas y álbumes ilustrados, se indaga cómo estos discursos configuraron una
imagen de la provincia como emblema de progreso y civilización, articulando
paisaje, pasado histórico y desarrollo agroindustrial en un mismo horizonte
simbólico. En este marco, la construcción de un modelo de feminidad ligado a la
belleza, la virtud y el prestigio social ocupó un lugar central: la figura de
la mujer tucumana fue erigida como soporte estético y moral del territorio,
reforzando jerarquías de clase y género. Estas representaciones se inscribieron
en un discurso orientado a proyectar una imagen homogénea y europeizada de la
provincia, acorde a las aspiraciones de la élite local.
Palabras clave: Tucumán, viajeros, género,
modernidad, representaciones
Abstract
This article examines
representations of Tucumán produced by travelers and publications from the
early twentieth century in dialogue with the discourses of modernity promoted
by the local élite.
Through an analysis of guidebooks, travel accounts, and illustrated albums, it
explores how these discourses constructed an image of the province as an emblem
of progress and civilization, bringing together landscape, historical heritage,
and agro-industrial development within a shared symbolic horizon. Within this
framework, the construction of a model of femininity associated with beauty,
virtue, and social prestige occupied a central place. The figure of the Tucumán
woman was fashioned as the aesthetic and moral embodiment of the territory,
reinforcing class and gender hierarchies. These representations formed part of
a broader discourse aimed at projecting a homogeneous and Europeanized image of
the province, one that reflected the aspirations of the local élite.
Keywords: Tucumán, travelers, gender,
modernity, representations
Introducción
Durante las primeras décadas del siglo XX se consolidó la percepción de un mundo que se volvía más estrecho debido a la intensificación de los contactos entre regiones y culturas. Este proceso se manifestó a través de migraciones, exilios y desplazamientos colectivos, pero también mediante la circulación de viajeros (intelectuales, científicos, artistas y políticos) cuyas trayectorias intercontinentales contribuyeron a la formación de redes transnacionales inéditas. En este mapa de movilidad global, Argentina emergió como un polo de atracción, una escala casi obligada dentro de los itinerarios sudamericanos de quienes buscaban conocer estas geografías. Como señala Paula Bruno (2014, 2024), las “visitas culturales” no fueron meros tránsitos geográficos, sino auténticos eventos que atravesaron espacios universitarios, asociaciones profesionales y escenarios públicos, generando dinámicas de mediación, teatralidad y apropiación cultural, y contribuyendo a configurar un entramado de intercambio intelectual y educativo con impacto duradero en la vida del país.
La conmemoración del Centenario de la Revolución de Mayo en
1910, y pocos años después la de la Independencia en 1916, ofrecieron un marco
propicio para intensificar estos intercambios. Más que celebraciones cívicas,
aquellas fechas se convirtieron en vitrinas destinadas a la exhibición del
progreso urbano, de la pujanza económica y de una identidad nacional deseosa de
inscribirse en un concierto mundial de modernidad. En Tucumán, la ciudad que
albergaba la memoria fundacional de la independencia, el arribo de viajeros,
diplomáticos y cronistas coincidió con un proyecto cultural que, al mismo
tiempo que rescataba testimonios del pasado, delineaba una imagen de ciudad en
crecimiento.
La llegada del
ferrocarril y la conexión de Tucumán con las principales urbes del país
facilitó los desplazamientos y los intercambios culturales. La provincia
recibió entonces una oleada de viajeros[1]
provenientes de diversas regiones de Argentina y del extranjero, especialmente
de Europa. Estos observadores documentaron con detalle sus travesías, prestando
atención a la vida social y cultural de la región. Sus memorias constituyen
testimonios valiosos por la meticulosidad con la que describen costumbres,
comparan culturas y ofrecen una visión contemporánea de las sociedades
visitadas. La perspectiva externa de los viajeros les permitía discernir
aspectos singulares, otorgando a sus relatos un valor particular y único.
La representación de las mujeres tucumanas en los relatos de
viajeros de comienzos del siglo XX constituye un punto de mira privilegiado
para explorar las intersecciones entre género, cultura e identidad urbana. En
un contexto signado por la modernización, la consolidación de la agroindustria
azucarera y los festejos del Centenario, las miradas foráneas –junto con la
prensa y publicaciones locales– contribuyeron a fijar imágenes de la ciudad y
de sus habitantes que trascendieron el plano anecdótico para insertarse en un
imaginario colectivo más amplio.
Ahora bien, el caso tucumano adquiere un espesor particular:
no se trata de una gran metrópoli, sino de un espacio urbano de escala
provincial cuya modernidad se configuró en tensión entre aspiraciones
cosmopolitas y persistencias tradicionales. Esta condición permite identificar
con mayor nitidez problemáticas más generales vinculadas a la literatura de
viajes y a la construcción de representaciones en contextos regionales. Así, las
figuraciones sobre las mujeres tucumanas condensan, en clave local, las
operaciones simbólicas mediante las cuales se articularon género y clase en la
configuración de imaginarios de modernidad, contribuyendo a dimensionar la
incidencia de la perspectiva foránea en la producción de identidades sociales y
culturales en la Argentina de entresiglos.
Diversos viajeros plasmaron en sus bitácoras una visión
estilizada de la mujer tucumana: la belleza física, la coquetería y la virtud
doméstica fueron atributos recurrentes que, repetidos hasta la saciedad,
cristalizaron en un modelo de feminidad que se ajustaba a las expectativas
sociales del período. Estas representaciones, atravesadas por prejuicios,
valores y estereotipos dialogaron con las imágenes promovidas por la prensa y
por las élites locales.
Lejos de constituir un reflejo transparente de la realidad,
tales figuraciones deben comprenderse como construcciones situadas, mediadas
por operaciones discursivas. Siguiendo a Roger Chartier (1992), la
representación designa el conjunto de formas teatralizadas y estilizadas
mediante las cuales individuos, grupos y poderes construyen, proponen e imponen
una imagen de sí. Desde esta perspectiva, los relatos de viajeros pueden leerse
como prácticas de escritura que seleccionan, ordenan y jerarquizan aquello que
perciben, otorgando entidad a ciertos rasgos en detrimento de otros.
En sus estancias en Tucumán, los viajeros tendieron a
establecerse en la ciudad y a vincularse principalmente con los grupos
pertenecientes a la élite local. En consecuencia, sus observaciones refieren,
en general, a mujeres de clases acomodadas. Las representaciones de las
tucumanas respondieron a una mirada estrechamente asociada a los valores y
sensibilidades de esos sectores privilegiados. Ese sesgo de clase delimitó el
universo de lo femenino invisibilizando las múltiples experiencias de las
mujeres que no formaban parte de los estratos acomodados. Mientras las crónicas
convertían a las damas de la alta sociedad en símbolos del progreso y civilización,
el trabajo cotidiano y las formas de sociabilidad de las mujeres de los
sectores populares o medios quedaban fuera del campo de representación. Así, el
retrato femenino que difundían los viajeros era una construcción selectiva y
excluyente, orientada a legitimar un modelo burgués de feminidad.
Este trabajo se propone analizar cómo los viajeros que
visitaron Tucumán entre fines del siglo XIX y comienzos del XX construyeron
representaciones de las mujeres locales, articulando sus observaciones con las
sensibilidades, valores y jerarquías de la élite. A partir de sus
descripciones, se busca indagar de qué modo la mirada extranjera contribuyó a
delinear un imaginario de lo femenino ligado al decoro, la respetabilidad y la
distinción social, omitiendo otras experiencias y formas de participación de las
mujeres en la vida urbana.
La disparidad entre estas imágenes idealizadas y las
prácticas cotidianas de las mujeres tucumanas da cuenta de tensiones
significativas. Mientras que las descripciones de los forasteros tendían a
recluirlas en el hogar o a presentarlas como ornamentos de la vida urbana,
numerosas mujeres se desempeñaban en el mundo laboral, ocupando un lugar activo
en la esfera pública. De esta forma, el análisis de sus representaciones
permite indagar no solo en la construcción de estereotipos de género, sino
también en los límites y silencios de esos discursos frente a la realidad
social.
Por razones de extensión, el análisis se concentra en los
discursos sobre las mujeres pertenecientes al ámbito urbano de Tucumán, dejando
de lado las descripciones del interior tucumano, así como un análisis detallado
de los viajeros, sus itinerarios, motivaciones, redes de sociabilidad y la
recepción local. No obstante, estos aspectos constituyen dimensiones
fundamentales para comprender las experiencias de circulación y las
representaciones culturales que de ellas se derivan.
El corpus documental para este estudio se configura como un
entramado discursivo que permite una doble aproximación a la modernidad
tucumana de principios del siglo XX. Por un lado, las crónicas de viaje, los
registros de forasteros en la prensa local y nacional, y las notas de turismo
constituyen el material primario para examinar la construcción literaria de la
experiencia viajera y la difusión de imágenes de la provincia desde una
perspectiva exógena. Por otro lado, la guía ilustrada, concebida específicamente
para orientar al visitante, se erige como un documento clave para observar los
intentos endógenos de ordenar, promocionar y dotar de atractivo al territorio.
En su diversidad, estos materiales evidencian un esfuerzo concertado por
inscribir a Tucumán en las redes de movilidad y consumo propias de la
modernidad. El análisis de tales documentos no persigue medir su veracidad
empírica, sino comprenderlos como discursos performativos que participaron
activamente en la configuración de un imaginario social complejo y tensionado
sobre la provincia.
El artículo se estructura en tres apartados
interrelacionados. En primer lugar, se aborda el proceso de transformación
urbana y cultural que experimentó Tucumán durante las primeras décadas del
siglo XX, en el contexto del auge azucarero y de las celebraciones del
Centenario de la Independencia de 1916, que redefinieron su fisonomía material
y simbólica. En segundo término, se analiza cómo diferentes producciones
culturales de la época difundieron una imagen edénica y moderna de Tucumán,
articulando paisaje, historia y progreso en un imaginario funcional al proyecto
de la élite local. Finalmente, se examinan las representaciones de las mujeres
tucumanas elaboradas por estos observadores, atendiendo a los estereotipos,
valores y silencios que configuraron una construcción figurativa de lo femenino
funcional al orden social y cultural de la época.
La
ciudad en transformación: relatos y representaciones
En la ciudad de hoy día, ya no hay nada de eso. Ella es urbe
moderna, escombrada y lisa. Hay muchas casas de dos pisos y algunas de tres;
las demás son de estilos recientes, con puertas y zaguanes angostos, casi
siempre cerrados o entornados.
En el sitio del viejo Cabildo se alza el nuevo y severo
Palacio de Gobierno.
En frente, la Plaza con su blanca mujer, símbolo de la
Libertad, con sus plantas exóticas y jardines geométricos, al modo de Londres o
París.
En las calles se oye apenas el timbre que toca el gallego
“motorman” del tranvía eléctrico…
Y en lugar del grato repiqueteo del caballo de “paso”,
chocando en las piedras, se desliza silencioso y exótico, sobre el adoquinado,
el automóvil elegante [...]
Por fin, hoy día, cuando las desconocemos, nos sentimos
extraños a la gran mayoría de las gentes que en las calles topamos: un inglés y
su desgarbado, un francés de porte muy ceremonioso, un ruso mueblero recién
arribado, una artista española de “Café concerté”, una alemanita de cabellos
rubios y de ojos celestes…
¡Pero tranquilicémonos... Los verdes naranjos de nuestra
Plaza Independencia, como hace 20, como hace 50 años, hoy blanquean de azahares
y a la distancia esparcen aromas insinuantes (Lizondo
Borda, 27 de agosto de 1918 como se citó en Grimaldi y Cía, 1918, p. 115).
Manuel Lizondo Borda[2] trazó en
su texto, con tono nostálgico, una imagen de la ciudad que ya no era. La ciudad
se le presentaba como una urbe, despojada de sus antiguos encantos, allanada
por la lógica del progreso. Su retrato, más que una crónica, puede leerse como
una operación interpretativa: la búsqueda de una identidad regional frente a la
metamorfosis acelerada que trajo el dinamismo de la agroindustria azucarera.
En el marco del modelo agroexportador argentino, el auge del
azúcar había convertido a la provincia de Tucumán en un polo económico capaz de
atraer migraciones internas y de redefinir su fisonomía urbana. El ferrocarril,
el tranvía, las plazas y los bulevares buscaban borrar los rastros coloniales,
mientras el crecimiento industrial configuraba una sociedad marcada por fuertes
asimetrías. Como advierte Daniel Campi (1999, 2009), la supuesta distribución
del progreso que generó la agroindustria azucarera fue limitada de acuerdo con
ciertos rasgos sociales y demográficos. El resultado del auge azucarero dio
lugar a un mundo de contrastes. Por un lado, modernización y lujo alrededor de
los empresarios del azúcar; por el otro, la realidad de gran parte de la
población sumida en la pobreza, la explotación y precarias condiciones de vida,
donde predominaban el hacinamiento, la falta de legislación laboral y la
vulnerabilidad social. De manera que la modernidad tucumana se construyó sobre
un territorio desigual, donde los destellos del azúcar encubrían las fracturas
profundas del orden social.
Frente a ese escenario, algunas voces locales buscaron
conciliar la memoria del pasado con la experiencia incierta del progreso. Sin
embargo, el relato sobre la ciudad no fue solo una construcción interna, los
viajeros que arribaron a Tucumán a comienzos del siglo XX aportaron una mirada
ajena, a veces admirativa y otras veces incómoda. Sus crónicas revelan hasta
qué punto la modernidad tucumana, que pretendía presentarse como símbolo de
orden, era también objeto de escrutinio y exotización. A través de esas
observaciones —portadoras de cánones europeos y sensibilidades cosmopolitas— se
delinearon nuevos modos de ver y clasificar la ciudad, su gente y, en especial,
sus mujeres.
Mientras la élite tucumana proyectaba un discurso uniforme
de progreso, las miradas de algunos forasteros ofrecían un contrapunto que
demuestra las fisuras y contradicciones de la ciudad y su sociedad. Antecedente
fundamental para esta investigación es el trabajo de Soledad Martínez Zuccardi,
quien señala que los relatos del escritor y periodista francés Jules Huret y
del político Georges Clemenceau introducen matices decisivos en relación con el
discurso “oficial” de la modernidad tucumana. Ambos viajeros describen una
ciudad que dista de la imagen homogénea y europeizada promovida por las élites
locales. Huret subraya el atraso material, la precariedad urbana y la
persistencia de tipos coloniales y mestizos; Clemenceau, por su parte, enfatiza
la impronta indígena en la población y el contraste entre el esplendor de los
ingenios azucareros y la miseria obrera (Martínez Zuccardi, 2017, pp. 73-75).
De modo complementario, la perspectiva del poeta Enrique
Banchs, que visitó Tucumán en 1910, añade una dimensión de crítica nostálgica y
paisajística de la modernidad. Banchs se detiene en los márgenes urbanos, esos
espacios que la modernización aún no había transformado, o quizá había decidido
ignorar. Su descripción evoca una “gracia virginal” que perpetúa el “sabor
del Tucumán pobre de antaño”: casas choceras medio derruidas, grandes
huecos de pastizal y calles convertidas en “senderos del campo mismo”, donde
animales sueltos y familias descansan bajo los árboles (Banchs, 2016, p. 302).
Así, captura una vida rural y tradicional que se resiste a desaparecer.
A tono con estas observaciones, el escritor barcelonés
Santiago Rusiñol (1911) ofrece una descripción que reafirma la centralidad de
la "raza india" y el mestizaje en la composición social de
Tucumán. Su texto va más allá de la mera mención al detallar con viveza la
fisonomía de la población:
la raza india domina en el pueblo, y desde el
negro de chocolate hasta el moreno de claro de luna, todos los matices de la
morenez están pintados en estas caras de pómulos pronunciados, ojos rasgados, labios
carnosos y dientes de marfil; los hombres andan despacio, con dejadez tropical,
y ellas se mecen como naves de vela (Rusiñol, 2016, p. 327).
Esta imagen poética, que resalta los rasgos
indígenas y la cadencia tropical, choca frontalmente con el ideal de civilidad
afrancesada que la élite buscaba imponer. Rusiñol no solo constata la presencia
del mestizo, sino que lo sitúa como el elemento dominante y característico del
pueblo tucumano.
De manera que estas miradas forasteras funcionan
como dispositivos de descentramiento y crítica cultural, al desarticular la
imagen uniforme de modernidad que las élites tucumanas intentaban proyectar. Al
poner en evidencia la persistencia de un paisaje social mestizo e indígena, las
desigualdades estructurales del trabajo y los rezagos materiales del
entorno urbano, estas crónicas revelan que el proyecto modernizador de
comienzos del siglo XX fue, en realidad, una experiencia híbrida, atravesada
por la superposición de universos culturales que coexistían en constante
tensión.
En este contexto, los festejos del Centenario de
1910 y, especialmente, los de 1916 en Tucumán, condensaron las aspiraciones y
transformaciones que atravesaban a la sociedad local. La efeméride de 1916,
celebrada en medio de la crisis azucarera y con escaso apoyo del gobierno
nacional, contrastó con los fastuosos festejos porteños de 1910, pero ofreció
una oportunidad singular para reafirmar la identidad provincial y proyectar una
imagen de modernidad. Así, se articularon discursos, gestos y representaciones
que buscaron reposicionar a Tucumán como centro político y cultural del
Noroeste argentino, en sintonía con las pretensiones de la élite
local y las miradas de los viajeros que pretendían inscribir a la ciudad en el
mapa representativo de la nación moderna.
En aquel clima de efervescencia cultural, la
Comisión Provincial del Primer Centenario, presidida por el propio Lizondo
Borda, estuvo conformada por miembros de la élite tucumana, quienes –desde lo
que se ha dado en llamar la Generación del Centenario– impulsaron un ambicioso
proyecto de modernización. En su seno confluyeron jóvenes intelectuales ligados
a la universidad y actores del orden conservador en declive, quienes
promovieron una narrativa regional sustentada en la recuperación del pasado y
la valorización del patrimonio histórico (Perilli, 2010; Martínez Zuccardi,
2015).
A esta empresa cultural se incorporaron también
mujeres notables del ámbito educativo, cuya participación expone la amplitud y
complejidad de los procesos de renovación intelectual de la época. Elena
Perilli de Colombres Garmendia y Estela Romero (2012) han señalado la conexión
entre este grupo generacional y ciertas maestras —como Rita Pérez de Bertelli,
Otilde B. Toro y Clotilde Alfonso Doñate— que, desde la Escuela Sarmiento,
impulsaron prácticas pedagógicas innovadoras. Entre ellas destacó la figura de
Amalia Prebisch, no solo por su labor como escritora y profesora, sino también
por haber sido la voz inaugural de la Exposición Provincial de Tejidos y
Artesanías durante las celebraciones centenarias, una intervención emblemática
que articuló tradición, arte y reivindicación regional.
Por su parte, Marcela Vignoli (2019) revisa la
mirada tradicional que excluía a las mujeres de la llamada Generación del
Centenario. Su investigación demuestra el papel activo de las maestras
tucumanas, quienes —organizadas en asociaciones como el Círculo del Magisterio—
promovieron la educación superior y participaron en congresos científicos,
integrando así los debates contemporáneos. Figuras como Margarita Todd
encarnaron esa confluencia entre vocación pedagógica y compromiso intelectual,
mientras que la fundación de la Universidad Nacional de Tucumán en 1914 amplió
las posibilidades de formación y actuación profesional para las mujeres, que,
según Vignoli, supieron aprovechar tempranamente los espacios que la nueva
institución abría para su desarrollo.
En paralelo, se gestó un fecundo impulso
institucional. La creación de la Universidad de Tucumán (1914), la organización
de congresos científicos, el nacimiento de la Casa Colonial y del Museo
Provincial de Bellas Artes (1915), y otras instituciones, dan cuenta de un
esfuerzo concertado por dotar a la provincia de una infraestructura cultural
acorde con el proyecto de modernidad.
La palabra también fue un instrumento clave:
desde las recopilaciones históricas de Lizondo Borda, como Tucumán a través
de la historia o El Tucumán de los poetas, que también incluye
crónicas de viajeros hasta los ensayos editados oficialmente, como El
Congreso de Tucumán de Groussac o Recuerdos Históricos de Florencio
Sal, el papel se convirtió en vehículo de memoria y afirmación identitaria.
La vida cultural tucumana experimentó un notable
proceso de apertura e internacionalización. En las artes visuales, Teófilo
Castillo, Honorio Mossi y Atilio Terragni introdujeron propuestas vanguardistas
que marcaron el inicio de una modernización cultural sin precedentes. Este
proceso se vio fortalecido por la presencia de destacados intelectuales
internacionales, entre ellos Adolfo Posada (1921), Jacinto Benavente y Federico
García Sanchiz (1926). Durante esos años, la Sociedad Sarmiento se consolidó
como un centro de irradiación cultural al recibir en sus salones a
personalidades como Leopoldo Lugones (1915), José Ortega y Gasset (1916), Julio
Navarro Monzó (1926), Alfonsina Storni (1927), entre otros.
Dentro de este marco, los relatos de viajeros
dejaron de ser simples curiosidades literarias para convertirse en instrumentos
de legitimación cultural y construcción de memoria regional. Estas
representaciones se inscriben en los debates intelectuales de entresiglos,
intensificados en torno al Centenario, cuando la cuestión de la identidad
nacional adquirió centralidad. Como señala Oscar Terán (2000), en ese contexto
se desplegaron diversas formas de pensar la argentinidad desde matrices
ideológicas heterogéneas, que tendieron a revalorizar a las provincias del
interior como reservorios de tradiciones frente al materialismo y el
cosmopolitismo urbanos.
Bajo estas circunstancias, la difusión de los
relatos de viaje fue determinante para cristalizar imaginarios sobre el
territorio y su gente. Las representaciones de Tucumán y de las tucumanas, por
tanto, trascienden la óptica particular del cronista; se integran en una red
colectiva de significados donde el paisaje y la tradición se articulan como
claves en la construcción de lo nacional.
La Universidad de Tucumán asumió un papel
central en esta revalorización hacia 1916, promoviendo la traducción y edición
parcial de obras de Joseph Andrews,[3]
Paolo Mantegazza, Germán Burmeister[4],
Antonio King y Edmundo Temple, seleccionando capítulos que aludían a Tucumán y
al Noroeste argentino.
Juan Heller[5], en
el prólogo a Las provincias del Norte en 1825 (1916), inscribió el libro
de Andrews dentro de un programa intelectual en sintonía con el espíritu de la
universidad. Señaló que “las investigaciones históricas nacionales y en
especial del norte argentino, fueron uno de los propósitos fundadores de la
Universidad de Tucumán, y la edición de este libro es la segunda ratificación
de aquel designio” (Heller, 1916, p. 5). Así, el proyecto editorial se
configuró como una empresa de legitimación cultural, a recuperar las huellas
del pasado regional a través de la mirada de viajeros considerados observadores
privilegiados de la realidad local. Heller combinó confianza positivista en la
objetividad del testigo extranjero con una sensibilidad nostálgica hacia “las
cosas viejas y sinceras”, transformando el texto de Andrews en fuente
legítima y pieza de afirmación regional.
En consonancia con esta perspectiva, Juan B.
Terán[6],
entonces rector de la Universidad, manifestó un interés similar por los libros
de viajeros, a los que atribuyó un valor documental y formativo (Temple, 1920,
pp. 5-10). Incluso él mismo escribió un diario de su periplo en Europa (1929),
continuando así esa práctica de observación reflexiva y registro del mundo como
ejercicio de conocimiento y de identidad.
El proyecto editorial de la universidad
instrumentalizó la mirada extranjera para fines de autolegitimación regional.
Al destacar las voces europeas como “observadores autorizados”, la Universidad
no solo rescataba el pasado, sino que buscaba la validación académica y
cultural para consolidar su propio relato de grandeza. Tal como subraya María
Celia Bravo, la Universidad concebida por Terán respondía a “las necesidades
económicas y sociales de la provincia y del norte argentino” y se planteaba
como un instrumento capaz de influir en las transformaciones del medio local
(Bravo, 2007, p. 45). La institución pretendió formar profesionales técnicos en
consonancia con la agroindustria azucarera, y a la vez, generar conocimientos
aplicados y difundir la cultura regional mediante planes de extensión y
publicaciones que incluían estudios históricos, musicales y científicos sobre
el Norte argentino.
La función de la Universidad se integraba así en
una matriz más amplia de modernización y afirmación cultural, complementando
los esfuerzos de élites, viajeros e intelectuales por inscribir a Tucumán en la
narrativa nacional e internacional, consolidando un horizonte de identidad
regional que trascendía lo académico para impactar en la vida social y
económica de la provincia.
El
Tucumán de los viajeros
He oído decir en todas partes que en invierno la
naturaleza muere, lo he oído también en Tucumán, pero allí me ha parecido esto
inexacto. Tengo que cometer un robo a la poesía para dar una idea del invierno
de Tucumán, porque el único objeto que yo encuentro semejante al aspecto que
aquella naturaleza presenta en tal estación, es Venus dormida. Sí puedo hablar
así, la naturaleza cierra sus ojos, pero respira gracias y encantos en medio de
un sueño. Propiamente no hay invierno en Tucumán, y el número de días fríos no
es sino muy limitado. Por lo regular la temperatura no es más que de una
agradable frescura. Rara vez llueve y muchísimas flores se burlan del hielo. En
la patria favorita de las flores y los pájaros, la primavera no puede ser sino
maravillosa. Supóngase que una visión celestial viene a turbar el reposo de
Venus, y despierta de repente de un sueño con la risa en la boca y la alegría
en los ojos, tendremos entonces una imagen, aunque pequeña, pero semejante de
la primavera de Tucumán (Colombres y Piñero,
1901, p. 6).
Para describir la
belleza y el potencial de Tucumán e invitar a los viajeros a visitar la
provincia, la Guía Ilustrada de Tucumán para el Viajero de 1901 incluyó
las elocuentes palabras de Juan Bautista Alberdi (1834). Más allá de su función
promocional, dicha publicación se presentó como un atractivo compendio para
explorar la región, en el que se combinaban reseñas, avisos y material gráfico.
Tal como anunciaba su título, estaba dirigida principalmente al viajero. Su
propósito era reflejar el desarrollo de la provincia y dar a conocer sus
adelantos en los ámbitos “comercial, industrial y agrícola”. Según sus
autores Nicanor Colombres y Juan D. Piñero[7],
también fue concebida para quienes llegaban impulsados por las corrientes “civilizadoras
de inmigración” y buscaban una “tierra hospitalaria y fértil”,
animada por el “germen bienhechor del progreso” (Colombres y Piñero,
1901, p. 5).
La Guía, al detallar
minuciosamente la infraestructura —ferrocarriles, correos, tranvías—, la
organización gubernamental y el entramado productivo —con un marcado
protagonismo de la industria azucarera y el comercio—, expresaba el ideal de
modernización liberal que buscaba legitimar y promover el desarrollo
agroindustrial y la integración de Tucumán en los circuitos nacionales e
internacionales a comienzos del siglo XX.
Desde sus páginas se
proyectó una visión idealizada de Tucumán como cuna de la patria y epicentro
del progreso, alentando además la reflexión sobre el papel de la historia en la
consolidación de una identidad provincial cohesionada y orgullosa de su pasado
(Pantoja, 2020, p. 97). Tal como señala Claudia Pantoja, las primeras dos
décadas del siglo XX constituyeron un período de notable auge para la
provincia: la prosperidad económica de las élites y la cercanía de la
celebración del Centenario de la Independencia impulsaron la creación de
instituciones educativas, científicas y culturales. Lo que favoreció la
articulación de un campo simbólico donde el pasado heroico se enlazó con la
promesa de un porvenir industrial y urbano. En estas circunstancias, los
almanaques, junto con las guías y otros impresos de amplia circulación,
funcionaron como vehículos privilegiados de esa narrativa de grandeza.
Numerosos medios de
comunicación, tanto nacionales como provinciales, promovieron activamente la
visita a la ciudad mediante imágenes del Tucumán contemporáneo, animando a los
lectores a descubrir sus encantos. Conocida como la Niza argentina por su clima
templado y agradable, e ideal para vacaciones de invierno[8], la
ciudad se mostraba en fotografías del bullicioso centro urbano, sus edificios y
la vibrante vida social, invitando al visitante a sumergirse en su belleza y
vitalidad (Álbum Argentino, 1910, p. 5).
Con motivo del Centenario, la
revista Caras y Caretas dedicó una edición especial a Tucumán, destacando su
legado histórico y sus atractivos turísticos. Sus páginas componían un
recorrido visual por la provincia que conjugaba orgullo cívico y aspiración de
modernidad. Las imágenes, que incluían los edificios públicos del llamado
Tucumán moderno, los retratos de tipos y costumbres populares y las vistas de
los ingenios y monumentos—presentados en contraste entre lo antiguo y lo
moderno— trazaban una síntesis de la identidad tucumana. En esa secuencia de
fotografías se condensó una visión de provincia dinámica, en transformación,
capaz de articular la memoria del pasado con el impulso del progreso. La
edición no solo promovió el turismo o la curiosidad de los lectores, sino que
ofreció una interpretación visual del lugar como emblema del desarrollo
nacional y laboratorio de la modernidad, donde la historia local se proyectó
hacia un futuro industrial y urbano.
Figura 1. Tucumán.Fuente: Caras y Caretas 1 (1916) [9].
Asimismo, se incluyó un texto de
Domingo Faustino Sarmiento titulado Las tucumanas[10], en el
que el autor calificaba a Tucumán como “el edén de América, sin rival en
toda la redondez de la tierra”. Al fusionar el paisaje con la sensualidad
—aludiendo a las “pompas de la India” y las “gracias de la Grecia”—, Sarmiento
estableció un código de exotismo hiperbólico que subordinaba la realidad social
al mito. La descripción de la “voluptuosidad y belleza de las mujeres que
nacen bajo un cielo de fuego, y que desfallecidas van a la siesta a reclinarse
suavemente” consolidó un arquetipo femenino idealizado, pasivo, sensual y
ligado al entorno natural, funcionando tanto como atractivo para turistas como
legitimación simbólica de la élite local.
La construcción de
Tucumán como destino ideal se cimentó en un potente imaginario fundacional que
fusionaba lo edénico del jardín de la república con lo heroico del pasado. Esa misma figuración se reflejó
también en imágenes, como las pinturas del científico suizo Adolfo Methfessel,
en particular La selva de laureles de Tucumán (1882). La espesura monumental de la vegetación se convirtió en
alegoría de gloria y fecundidad, dialogando con las metáforas de vergel,
paraíso de la república y edén presentes en los relatos de viajeros. La pintura
transformó la naturaleza en símbolo patrio, fusionando la memoria de la
Independencia con la idea de un territorio bendecido por la abundancia.
Figura 2: La selva de laureles de Tucumán
Fuente:
Adolfo Methfessel (1882) [11].
En su mayoría, los viajeros
destacaron la persistencia de vestigios de la época colonial que aún
permanecían en la provincia, integrándose con un entorno urbano densamente
poblado. Algunos de ellos también evocaron el pasado heroico e histórico de
Tucumán, conocida como la cuna de la Independencia o la cuna de la libertad, y,
en ocasiones, llamada sepulcro de la tiranía, en alusión a la victoria de
Belgrano sobre las tropas realistas.
Tanto las imágenes difundidas por
los viajeros como las representaciones elaboradas por la prensa y otros
soportes culturales confirman lo señalado por Martínez Zuccardi (2015, 2017). A
través de la literatura y los discursos públicos de comienzos del siglo XX, se
consolidó la idea de un Tucumán pujante y de porvenir brillante. En sintonía
con el clima celebratorio del momento, estas narrativas proyectaron una visión
casi unánime del progreso como destino inevitable de la provincia. En sus
trabajos, Martínez Zuccardi identifica en ellas cuatro figuras simbólicas: el
Tucumán-jardín, edénico y de naturaleza pródiga; la cuna heroica de la
independencia; la provincia industrial, impulsada por la pujanza azucarera; y
la ciudad culta y elegante, alineada con las modas europeas. Esta constelación
de imágenes coincidía con los relatos de viajeros, la promoción de la prensa y
las guías turísticas, reforzando un imaginario compartido que articulaba, a la
vez, experiencia turística e identidad provincial. La visita de Ada M. Elflein
en 1913 no solo retoma esa tradición interpretativa, sino que la intensifica al
articular la riqueza natural de la provincia con la centralidad de su pasado
histórico.
Sus impresiones de viaje sitúan el
recorrido bajo la fascinación de los recuerdos históricos y jerarquizan
espacios como el Campo de las Carreras y la Casa de la Independencia como
núcleos materiales de la memoria nacional. En su escritura la historia no
funciona como un simple telón de fondo, sino como una presencia activa que organiza
la experiencia del viaje y orienta la percepción. El tránsito por estos sitios
se convierte así en una práctica de reconocimiento y apropiación simbólica del
pasado, donde la nación se vuelve experiencia sensible. Al afirmar que “algo
de templo tienen los sitios donde se ha decidido la suerte de los pueblos”
(Elflein, 2023, p. 62), la autora sacraliza estos espacios y los inscribe en
una lógica de peregrinación cívica, en la que el viajero se convierte en
testigo y heredero de la gesta independentista.
De este modo, la evocación del
pasado heroico no se agota en una dimensión conmemorativa, sino que actúa como
un principio ordenador que legitima el presente y proyecta un horizonte de
progreso. En consonancia con ello, Mariana Bonano y María Carolina Sánchez
(2025) señalan que la crónica de Elflein construye una imagen del interior a
partir de ejes como la historia, la naturaleza y los signos de modernidad,
configurando una representación apta para integrar estas regiones en la entidad
más amplia de la nación. Así, los escritos de la viajera no solo recuperan el
pasado, sino que lo articulan con una narrativa nacional que encuentra en
Tucumán un espacio privilegiado para enlazar la gesta independentista con la
Argentina moderna.
La mirada de los
viajeros y la difusión de imágenes literarias, gráficas y artísticas
contribuyeron a consolidar un Tucumán simultáneamente real y mítico. La
naturaleza, la historia y la modernización urbana se fusionaron en un discurso
que la Universidad de Tucumán y otras instituciones locales reforzaron,
promoviendo una narrativa de progreso, cultura y pertenencia regional que
trascendió la experiencia turística para convertirse en un patrimonio cultural
compartido.
En la ya mencionada
guía ilustrada para el viajero, entre las páginas dedicadas al progreso
material y al orden urbano, aparece un gesto significativo: la inclusión de una
pequeña “Galería de mujeres tucumanas” con tres retratos femeninos
—Manuela Posse (1870), Manuela Paz y Amalia Talavera (1870)— se presentaban como
ejemplos del tipo de belleza que caracteriza a la mujer de esta tierra,
acompañados de una descripción impregnada de idealismo moral y sentimental. La
elección de estas figuras, estrechamente ligadas al poder político y al capital
azucarero, muestra que la guía no pretendía representar a la mujer tucumana en
su diversidad, sino proyectar un modelo aspiracional asociado al prestigio
social y familiar. En esa misma línea, se exaltaban virtudes como la pureza, la
fidelidad y la ternura, mediante un lenguaje que enlaza la hermosura con la
virtud patriótica: mujeres “dotadas de amabilidad exquisita y encantadora en
los momentos de plácida sociabilidad; varonil, fuerte y abnegada como la
espartana en los momentos de peligro para la patria” (Colombres y Piñero, 1901,
p. 20-21).
Aunque aparentemente secundaria, la
sección da cuenta de una concepción decimonónica de la feminidad: estas
tucumanas se erigieron en símbolos morales del territorio, imágenes vivientes
de la tierra misma, donde belleza natural y virtud cívica se fundieron en una
sola representación.
La Guía, al buscar ofrecer una
visión completa de la provincia, no solo delineó su geografía material, sino también la distribución social
de roles y valores: los hombres encarnaban el gobierno y el progreso, mientras
que las mujeres actuaban como custodias de la tradición y la pureza regional.
En este punto, la apelación a la tradición no opera como contracara del
progreso, sino como uno de sus soportes: lejos de disolverse, el orden
patriarcal de raigambre colonial se rearticula en el proyecto civilizatorio
moderno, garantizando su estabilidad. La referencia a la virtud “espartana”
y “varonil” constituyó una paradoja esencial: la mujer debía mostrar
delicadeza y pasividad social, pero a la vez sostener una fortaleza moral y
cívica, lista para la abnegación en nombre de la patria (Colombres y Piñero, 1901, pp. 20-21). Esta retórica no
pretendió proyectarla hacia la esfera pública, sino que sacralizó su rol
doméstico como garante de los valores inmutables de la provincia frente a las
exigencias de la modernidad.
En línea con Joan W. Scott (1996,
2008), esta configuración permite advertir que la modelización de la feminidad
se produjo en estrecha relación con una imagen masculina igualmente normativa.
Así, lejos de oponerse, tradición y modernidad se articularon en un mismo
dispositivo que combinó modernización material con la persistencia de jerarquías
patriarcales. La definición de la figura femenina implicó simultáneamente la
delimitación de una masculinidad legítima, en un juego de miradas que organizó
expectativas y posiciones diferenciadas para varones y mujeres.
Unos años más tarde,
el Álbum Argentino de 1910 retomó y amplificó este imaginario en el marco de
las celebraciones del Centenario de Mayo. Publicaciones de este tipo
funcionaban como verdaderos repertorios visuales de la nación moderna, donde la
identidad argentina se componía a partir de imágenes y breves reseñas. En sus
páginas, los hombres de la élite tucumana —gobernadores, funcionarios,
empresarios azucareros—se destacaban por su papel activo en la producción y en
la conducción política. Las mujeres, en cambio, eran exhibidas bajo otro
registro: retratos con nombre y apellido, ordenados en galerías o catálogos de
señoritas.
Figura 3. Damas Tucumanas - Arte Fotográfico.
Fuente: Álbum Argentino (1910, p. 55).
Figura 4. Damas Tucumanas - Arte Fotográfico
Fuente: Álbum Argentino (1910, p. 57).
Figura 5. Damas Tucumanas - Arte Fotográfico
Fuente: Álbum Argentino (1910, p. 59).
Su presencia
constituía una evidencia visual de la respetabilidad familiar, de la belleza
entendida como signo de civilización y de la herencia moral que debía
preservarse. En esa dualidad se condensaba una visión jerárquica del orden
social que ambas publicaciones contribuían, de manera más o menos explícita, a
reforzar. Antes que un simple reflejo de la realidad, estas imágenes operaban
como instrumentos de legitimación: traducían en términos visuales las
aspiraciones de una élite que buscaba conciliar la modernidad material con un
ideal de continuidad moral y familiar.
Miradas foráneas sobre las mujeres tucumanas
Las observaciones de
los visitantes sugieren que, a menudo, la mujer tucumana fue tratada como un
atractivo turístico más y reducida a un simple objeto de fascinación y
admiración. Estas narraciones exhiben una clara tendencia a registrar
impresiones según los valores, prejuicios y esquemas preestablecidos del
observador foráneo.
Como se ha señalado,
los forasteros que se afincaban en la ciudad establecían vínculos
principalmente con los sectores más acomodados, y fue a través de esos círculos
de sociabilidad y difusión —concentrados en los estratos altos y medios— que se
configuró un ideal de feminidad ligado a la élite. La mirada del visitante no
se limitaba a describir: actuaba como un instrumento de fijación de roles de
género y de perpetuación de estereotipos, consolidando una feminidad
arquetípica.
En este sentido, las
palabras del escritor español Vicente Blasco Ibáñez en su libro Argentina y
sus grandezas (1910) resultan ilustrativas:
Uno de los mayores encantos de Tucumán es la
belleza de sus mujeres, flores escindidas que aún mantienen la esencia de los
tiempos coloniales, saliendo de sus hogares únicamente para visitas
ceremoniales o para pasear por la plaza en las noches de retreta (Blasco
Ibáñez, 1910, p. 630).
Esta declaración remite a una idealización
nostálgica de la feminidad y la belleza tradicional; reproduciendo una
tendencia a romantizar y fetichizar ciertas características como la delicadeza
y la pasividad. Representación que, a su vez, perpetuó estereotipos de género
arraigados que relegaron a las tucumanas al ámbito doméstico y limitaron su
participación en la esfera pública.
Con motivo del Centenario, se publicó la carta “Aquella
hermosa y querida tierra” firmada por el chileno Carlos Walker Martínez, quien
había visitado la provincia en tres ocasiones: en 1866, 1875 y 1892. En sus
escritos, se ocupó
especialmente de describir a las mujeres:
Son las señoras de Tucumán el tipo de las
matronas virtuosas, de costumbres severas, de prácticas piadosas y a la vez muy
amables, modelos de la mujer cristiana y fina; y en cuanto a las niñas, son
encantadoras: la generalidad de tez pálida y ojos negros, dominadores, sin que
falten tampoco angelitos rubios, de cutis blanco y rosa, cabellera dorada y
ojos azules de mirada angelical, formando entre unas y otras un conjunto
delicioso, realzado por la viveza y simpatía gracia y elegancia, que les es
común junto con el trato naturalmente aristocrático, llano, comunicativo, que
tan gratas hacen las tertulias caseras, de que gozamos aquí constantemente[12].
Estas exaltaciones idealizadas reflejan los
estándares sociales y culturales, que elogiaban la pureza, la modestia y la
sumisión femenina, reforzando normas de género y limitando el acceso de las
mujeres a la esfera pública. Los visitantes acentuaban virtudes como la
benevolencia y la amabilidad de las mujeres provincianas, reconociendo su
arraigada conexión con el hogar y la familia. La perspectiva del viajero se
articuló sobre un modelo conceptual en el que se confrontaban lo
tradicional/natural y la modernidad proyectada.
El forastero buscaba en la tucumana una pureza nostálgica y un exotismo
dócil que ya consideraba perdido, convirtiendo a la mujer en un símbolo
atemporal que armonizaba el progreso económico con la inmovilidad moral deseada
por la élite local.
Así se las identificaba como pasivas y
fuertemente ajustadas a las expectativas.
Apegadas a las costumbres, de carácter más
tradicional, apacibles y obedientes: Y a fe de equivocarnos, que hogar
virtuoso, que mujer de sus quehaceres y de su casa la hija de esta ciudad; que
retraída en su solar familiar; que apegada a sus obligaciones domésticas; que
bondadosa y amable en sus modales; que llana, que genuina; que pura en su cepa.
Ya sus ojos vivaces y grandes, si a más hemos de aceptar preceptos antropológicos,
¡nos dicen de sinceridad, ternuras y riqueza de alma![13].
Los testimonios dibujaron la imagen femenina
ideal de clase media alta cuyo mundo gravitaba en torno al hogar y cuyos
momentos de ocio estaban restringidos a lugares específicos dictados por las
normas sociales de la época: retretas, teatros, salones, parques y ciertas
zonas comerciales y recreativas de la ciudad. Esta mujer, que brotaba de la
pluma de los viajeros, representaba el ideal femenino que el hombre
decimonónico había concebido y al cual debía ajustarse como parte inherente de
su ser.
La figura femenina fue estetizada y moralizada de manera
simultánea. El cuerpo de la mujer se transformó en emblema de belleza y pureza,
portador de virtudes cívicas y morales que simbolizaban el orden social. Esta
operación discursiva tuvo como efecto reducir la presencia femenina a una
función alegórica: las mujeres fueron convertidas en ornamentos del territorio
y en guardianas de su virtud, mientras se silenciaban las dimensiones
materiales, laborales o intelectuales de su existencia.
Estas representaciones divergían notablemente
de la población femenina que se encontraba involucrada en las actividades
urbanas. Las mujeres pertenecientes a los sectores populares desempeñaban
trabajos remunerados fuera del hogar, con lo cual contribuían de manera
importante al sustento familiar; las mujeres de clase alta, por su parte,
participaban también en diversas asociaciones benéficas y caritativas,
dedicando su tiempo y esfuerzo a causas sociales. Además, mujeres que podríamos
identificar como sectores medios en ascenso, muchas de ellas dedicadas al
magisterio o interesadas en estudios superiores frecuentaban instituciones
vinculadas a esas actividades.
En 1912, las páginas de la prensa acogieron un
artículo singular titulado: “la mujer tucumana. juzgada por un turista”.
El viajero iniciaba su crónica con elogios ensalzando su belleza y virtudes
domésticas: “la mujer tucumana es mujer de hogar”, decía. Sin embargo,
lo más notable de esta publicación anónima fue su crítica hacia la limitada
accesibilidad que tenían a la educación, la cultura, el deporte y la esfera
pública. Reprochaba su falta de familiaridad con las obras de literatura
clásica; cuestionaba la ausencia de autoras locales reconocidas, la carencia de
bibliotecas dirigidas a mujeres y la escasez de publicaciones femeninas en la
región:
Por lo que he podido juzgar en estos días las
damas de aquí leen muy poco [...] Que escritora tucumana tienen según se me
dice, no ha llegado a este caso sino rarísimamente, ó más bien dicho nunca. No
hay, según se me informa ningún periódico femenino, ni ningún diario en que la
nota femenina, por los menos este encomendada a señoras. No se conoce ningún
seudónimo que oculte el nombre de alguna señora o niña de la sociedad, ni hay
en el seno de esta ni una sola escritora. ¿A qué se debe esta deserción de la
mujer tucumana en el campo de las letras? ¿Sera tal vez, en parte, al poco
estimulo de la prensa local? ¿o simplemente a índole nativa?[14].
Esta
referencia subestimaba el potencial intelectual y
cultural de las mujeres, e instaba a mejorar sus oportunidades educativas y de
formación. Sugería que esta realidad podía deberse a la falta de estímulo por
parte de la prensa local o a características culturales arraigadas. El autor
exhortaba a las tucumanas a reaccionar, a ayudarlas a superar esas
limitaciones. Reparaba, por otro lado, la existencia de una sola biblioteca
destinada a mujeres, la cual era gestionada por el Círculo del magisterio.
Proponía la creación de más bibliotecas similares para promover el desarrollo
intelectual y cultural, especialmente entre las mujeres de la alta sociedad
quienes, según el autor, disponían del tiempo y los recursos necesarios para
poder cultivarse.
Si bien las palabras del viajero se esforzaban
en denunciar esas notorias deficiencias, existen evidencias que demuestran una
actividad intelectual rica entre las mujeres.
Respecto a la prensa y a la intervención
femenina en los medios, Lucrecia Johansson (2018) expone el emblemático caso
del primer periódico feminista de Tucumán, La Mariposa, publicado en
1870; un semanario excepcional escrito por mujeres que usaron la escritura para
denunciar el rol social que se les había asignado y reclamar derechos
políticos. Por su parte, Marcela Vignoli da cuenta de la existencia de otros
periódicos redactados por mujeres. Si bien no han llegado a nosotros ejemplares
de estas publicaciones, existen referencias en la prensa local, como El
órgano de las niñas de 1879 y La Niña Tucumana, de 1894 (Vignoli,
2011, p. 53).
A su vez, tanto la revista El Porvenir de
1882, como El Tucumán literario de 1887[15]
incluyeron una sección dedicada al público femenino, aunque eran publicaciones
de la Sociedad Sarmiento, redactadas íntegramente por hombres.
Respecto a la participación femenina en la
prensa, en 1898 el diario local más influyente en esa época celebraba la
incorporación de Virginia Haugeaut y Josefa Páez García como autoras de una
revista literaria, científica y pedagógica (El Orden, 2 de abril de 1898).
En sus investigaciones
sobre la participación femenina en educación y la cultura local, Vignoli (2011,
2015, 2020) plantea que, aunque la intervención femenina estuvo restringida a
ciertas esferas que no incluían roles de carácter jerárquico, desde principios
del siglo XX, las mujeres
instruidas de Tucumán (en su gran mayoría maestras) se incorporaron de forma
gradual al entorno de sociabilidad cultural. La autora se concentra en
aquellas que llevaron adelante el desafío de tomar la palabra; las que se atrevieron
a publicar opiniones, ensayos y poemas, o en las que tuvieron un activo rol
como oradoras en reuniones y festejos patrios. Vignoli sostiene que esta
escritura y oratoria novedosas, por ser prácticas de índole pública,
coexistieron con otros modos más vinculados con la intimidad, como la
correspondencia, diarios íntimos y álbumes. “La transición hacia un ambiente
de sociabilidad en el que varones y mujeres compartieron la membrecía en
algunos espacios, fue un proceso palpable ya a principios del siglo XX”
(Vignoli, 2020, p. 21).
A partir del estudio de los viajeros europeos, Laura Giaccio
(2016) examina las estrategias discursivas a través de las cuales se
construyeron imágenes de la mujer y de la ciudad de Buenos Aires. La autora
muestra cómo estas representaciones estaban atravesadas por un entramado de
desigualdades simbólicas que reproducían jerarquías de género, clase y
civilización. En este marco, tanto la figura femenina como la ciudad eran
situadas en un lugar de doble subordinación respecto del sujeto europeo. Así,
el viajero se erigía como portador de una mirada eurocéntrica y normativa, que
no solo observaba, sino que también ordenaba y jerarquizaba el mundo que
describía.
En el clima de ideas del cambio de siglo, ese modelo de
feminidad, anclado en la distinción y la virtud, no sólo definía un ideal
estético y moral, sino que también contribuía a sostener un orden burgués y
patriarcal que buscaba legitimarse como signo de progreso y civilización. A su
vez, las figuraciones de la provincia no funcionaban como un simple escenario,
sino como un soporte que volvía visible y verosímil ese ideal femenino. Ambos
registros, lejos de yuxtaponerse, parecían implicarse mutuamente: el proyecto
modernizador de la élite local encontraba en la construcción de este modelo de
mujer un recurso clave de legitimación, al tiempo que ese ideal femenino se
afirmaba en un conjunto de representaciones que lo proyectaban como emblema del
territorio.
Un elemento que
sobresalió en las crónicas de viaje sobre Tucumán a principios del siglo XX fue
la fascinación por la apariencia y la moda de su élite. Los viajeros europeos
quedaban asombrados al descubrir que la sofisticación y la vestimenta de la
clase alta local seguían de cerca las últimas tendencias, rompiendo con el
prejuicio de una provincia mediterránea.
En The amazing Argentina: a new
land of enterprise (2012), John Foster Fraser registró sus impresiones de
Tucumán, que había visitado en 1913:
Tucumán reclama el hecho de tener a las más
hermosas mujeres de Sudamérica. Ciertamente, a la hora del paseo, cuando el sol
comienza a hundirse y antes de que de pronto caiga la noche, y la gente camina
entre los naranjos de la plaza, o dá un lento paseo a lo largo de las
principales vías públicas viendo las atracciones de las vidrieras, no hay
dificultad en imaginar que esto es una pizca de Madrid, en vez de ser una poco
visitada ciudad, escondida en el norte de la Argentina. […] muchos residentes
entusiastas me aseguraron que sus damas estaban tan cerca de la moda como en el
mismo París. No soy autoridad en esta materia, pero puedo decir que las mujeres
parecían tan bien vestidas como lo están en las capitales de Europa[16].
Las observaciones de Foster ilustran cómo la moda femenina
servía de instrumento de cosmopolitismo y prestigio, proyectando una imagen de
progreso que validaba la ciudad ante lectores extranjeros. Esta atención a la
vestimenta no era neutral: las mujeres funcionaban como emblemas de civilidad y
decoro, subordinadas a un canon que vinculaba su belleza con la respetabilidad
de la élite.
En estas narraciones, la tucumana se erige como figura
central del espectáculo urbano; su cuerpo y vestimenta condensan las tensiones
entre modernidad, distinción y control social. Aunque muchas veces excluida de
ciertos espacios, su presencia en la prensa diaria la convierte en un sujeto
vigilado y moldeado por expectativas masculinas, como señala Cecilia Gargiulo y
Marcela Vignoli: “Toda una sociedad parecía controlarlas desde la prensa,
dirigida por hombres que esperaban de las mujeres comportamientos agradables,
sugerentes e inspiradores” (Gargiulo y Vignoli 2013, p. 542).
El arte de vestir –entendido como práctica cargada de
significados sociales– recaía sobre los cuerpos femeninos de la élite. Mediante
trajes y sombreros de moda, las mujeres proyectaban hacia el afuera una imagen
cuidadosamente construida de buen gusto, educación y pertenencia de clase.
Vestirse no era un gesto banal: constituía una estrategia de legitimación, una
forma de inscribirse en la vida pública y sostener la imagen familiar y colectiva,
mientras que su presencia en los espacios urbanos permanecía sujeta a un
control social velado.
Estas prácticas no pasaron desapercibidas para los ojos
extranjeros. El periodista francés Jules Huret, en su crónica La Argentina,
de Buenos Aires al Gran Chaco, dejó testimonio de su paso por la provincia
con una mezcla de asombro y ligera ironía. Con estas palabras describía su
experiencia en Tucumán:
Recuerdo la sorpresa que experimenté la primera tarde de mi
llegada viendo en la plaza a una multitud de muchachas que marchaban por
grupos, con paso vivo y decidido, vestidas elegantemente –acaso demasiado– y
tocadas con sombreros tan de última moda que el modelo me era desconocido […].
Los modistos y modistas de París envían sus representantes a esta población y
hacen gran negocio. La preocupación por la ‘toilette’ es mayor aquí que en
Buenos Aires, si esto es posible [...]. Ya comprenderá usted –me dijo la esposa
del gobernador– que viéndonos casi todos los días, hay que cambiar de vestidos
con mucha frecuencia (Huret, 1914, pp. 253-554).
Para Huret la vestimenta resultaba notable, incluso
desbordante, lo que indicaba un interés creciente por la apariencia y la
ostentación. Las palabras de la esposa del gobernador, Elvira Salvatierra de
Padilla, introducen un elemento clave: la ritualización de la apariencia. En
una ciudad donde los espacios de sociabilidad eran escasos, el paseo por la
plaza se erigía en una ceremonia pública, una coreografía diaria en la que el
vestido adquiría una importancia estratégica.
Los aportes de María Isabel Baldasarre (2021) permiten
situar estas observaciones en un horizonte más amplio: la cultura del vestir
como un régimen de prácticas, discursos e imágenes donde la moda operó como un
dispositivo de regulación social y diferenciación sexual. La adhesión a la moda
europea formó parte de un proceso simultáneo de modernización y
disciplinamiento: vestirse acorde no solo implicaba adoptar formas civilizadas
de conducta, sino también inscribir en el cuerpo las diferencias de género. La
vestimenta se convirtió en un lenguaje que ordenaba jerarquías, modelaba
comportamientos y garantizaba la reproducción de un orden social que hacía de
la diferencia sexual uno de sus pilares.
Desde esta perspectiva, la ritualización de la apariencia
—expresada en el recambio frecuente de atuendos y en la centralidad del paseo
como escena pública— puede leerse como una forma de regulación social que
encontraba en el cuerpo femenino su principal soporte visual. Cambiar de
atuendo se convirtió en una manera de inscribirse en la vida pública, sostener
la imagen familiar y pertenecer a una comunidad que encontraba en la
visibilidad su forma de cohesión. De este modo, el cuerpo femenino funcionaba
como soporte visual del estatus familiar.
Los textos de Huret y Fraser muestran cómo la modernidad se
filtraba a través del cuerpo vestido de las mujeres. La elegancia y la moda
operaban como signos de distinción, pero también como mecanismos de regulación
social: la exhibición de la mujer en el paseo o en la plaza era, al mismo
tiempo, un acto de visibilidad y de control. La mirada masculina de los
viajeros codificaba esa exposición como espectáculo de civilidad. En este
sentido, la modernidad tucumana se sostuvo sobre una paradoja: la mujer era
visible, pero su visibilidad estaba reglada por los valores de la élite y una
función casi ornamental dentro del orden urbano.
Así, las crónicas de viaje y otros soportes culturales
demuestran que la construcción de la mujer tucumana como emblema de belleza,
virtud y decoro no fue un mero ejercicio descriptivo, sino un dispositivo que
reforzaba jerarquías de género y proyectaba hacia el exterior una imagen de
modernidad y prestigio alineada con los valores de la élite local. La atención
a la moda, la apariencia y el comportamiento ritualizado en los espacios públicos
mostraba cómo la visibilidad femenina se entrelazaba con normas sociales,
expectativas y pretensiones.
A
modo de cierre
Más que documentos neutrales, los relatos de viajeros
operaron como dispositivos de mediación entre lo local y lo global, entre la
mirada externa y la autopercepción provincial. Su lectura permite advertir que
la modernidad tucumana no fue un proceso uniforme ni plenamente asimilado, sino
un tejido híbrido donde persistieron imaginarios coloniales, jerarquías de
género y aspiraciones cosmopolitas. Al recuperar esas voces, el artículo invita
a pensar el lugar de las mujeres y de la mirada extranjera en la construcción
simbólica de Tucumán, y a reconocer, en el brillo del mito de progreso, las
sombras y fracturas que lo sostuvieron.
Las narrativas de los viajeros que recorrieron la ciudad en
las primeras décadas del XX contribuyeron de manera decisiva a consolidar una
imagen de modernidad subordinada al canon masculino y a los valores de la élite
local. La ciudad aparecía como un enclave de progreso, capaz de dialogar con
los modelos europeos sin perder su encanto provincial. Esta representación
respondía a los intereses de una clase dirigente que buscaba afirmarse como
heredera legítima del ideario civilizatorio, presentando a Tucumán como símbolo
de orden, prosperidad y cultura. En este marco, la figura femenina fue
convertida en emblema de virtud, belleza y decoro, atributos que reforzaban un
ideal de feminidad funcional al imaginario de la modernidad.
Las figuraciones del paisaje y el entorno urbano no
funcionaban como un simple escenario, sino como un soporte que volvía visible y
verosímil ese ideal femenino. Ambos registros, lejos de yuxtaponerse, parecían
implicarse mutuamente: el proyecto modernizador de la élite local encontraba en
la construcción de este modelo de mujer un recurso clave de legitimación, al
tiempo que ese ideal femenino se afirmaba en un entramado de representaciones
que lo proyectaban como emblema del territorio.
En suma, en la Guía ilustrada para el viajero de principios
del siglo XX, la inserción de la Galería de mujeres tucumanas ejemplifica cómo
la belleza y la virtud se vinculaban estrechamente en la construcción de la
provincia, asociando la elegancia femenina con la pureza, la fidelidad y la
fortaleza moral en un ideal que combinaba delicadeza y abnegación patriótica.
Esta concepción decimonónica reflejaba un orden donde los hombres representaban
el progreso y las mujeres la tradición, y se reforzaba en las crónicas de
viaje, como las de John Foster Fraser y Jules Huret, que destacaban la
sofisticación de la élite tucumana y comparaban su vestimenta con la de París,
proyectando un cosmopolitismo urbano que validaba la ciudad ante lectores
extranjeros. La atención a la moda y al paseo ritualizado por la plaza revelaba
que el cuerpo femenino funcionaba como soporte visual del estatus familiar,
mientras permanecía vigilado y moldeado por expectativas masculinas.
Los discursos sobre la feminidad no reprodujeron
mecánicamente las divisiones de clase, pero sí contribuyeron a reforzar un
ideal de mujer que respondía a los valores de los sectores dominantes,
marginando otras formas de presencia femenina. Una trama de representaciones
donde ciertas mujeres —las virtuosas y elegantes— fueron elevadas a emblemas de
la modernidad, mientras se relegaron a un segundo plano otras experiencias
femeninas ligadas al trabajo, o la participación pública. De manera que se
configuró un discurso basado en un entramado de jerarquías que definió qué
cuerpos y qué voces merecían ser visibles.
Este trabajo abre, a su vez, un conjunto de líneas posibles
para futuras investigaciones. Resulta necesario profundizar en el estudio de
las trayectorias individuales de los viajeros, atendiendo a sus motivaciones,
redes de contacto y mediaciones institucionales, así como al modo en que sus
experiencias de intercambio incidieron en la producción de saberes sobre el
territorio. Así mismo, sería relevante examinar cómo esas crónicas no solo
modelaron una imagen femenina de la sociedad tucumana, sino también una imagen
masculina, construida por observadores foráneos en diálogo con varones locales,
configurando un juego de miradas que articuló expectativas, tensiones y
jerarquías de género. A ello se suma la necesidad de indagar la presencia y
circulación de viajeras y cronistas mujeres, interrogando si sus relatos
alcanzaron Tucumán y qué matices aportaron a la comprensión del espacio.
Igualmente, sería fecundo explorar las formas de recepción y reapropiación
local de esas crónicas y observaciones, tanto en la prensa como en los ámbitos
académicos y educativos, donde contribuyeron a definir sensibilidades e
imaginarios sobre Tucumán y el Noroeste argentino. Estas indagaciones
permitirían comprender con mayor precisión cómo la mirada viajera —en su intersección
entre literatura, ciencia y política— operó como un dispositivo de
representación y legitimación cultural en el marco de la modernidad
latinoamericana.
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[1] Entre los más
reconocidos: Juan H. Scrivener (1825), Joseph Andrews (1825), León
Pallière (1858), Woodbine Parish (1852), Germán Burmeister (1859), Pablo
Montegazza (1861), Juan A. Walker Martínez (1866, 1875, 1892), Miguel Cané
(1876), Vicente Blasco Ibáñez (1910), Georges Clemenceau (1910), Victor
Margueritte (1911), Jules Huret, (1911), Ada María Elflein (1913), John Foster
Fraser (1914), Carlos Walker Martínez, Adrián
Patroni (1924), Dora López Zamora de Torres
(1927), entre otros.
[2] Manuel Lizondo Borda
(1889 –1966) fue un escritor, publicista, historiador y poeta. Discípulo de
Ricardo Jaimes Freyre en el Colegio Nacional, obtuvo el título de abogado en la
Universidad de Buenos Aires. Integró la Academia Nacional de la Historia y se
desempeñó como diputado provincial durante el centenario de la Independencia.
[3] El relato del capitán
Joseph Andrews, Journey from Buenos Ayres through the Provinces of Cordova,
Tucuman, and Salta to Potosi (Londres, 1827), es uno de los clásicos textos
de viajeros sobre el Tucumán de las primeras décadas del siglo XIX. Los
capítulos dedicados al Noroeste argentino fueron editados por la Universidad de
Tucumán en 1915, con prólogo y traducción del Dr. Juan Heller, titulado Las
provincias del Norte en 1825.
[4] En 1916, bajo el
rectorado de Juan B. Terán, la Universidad de Tucumán publicó por primera vez
en castellano los capítulos que Germán Burmeister dedicó a la provincia en su Viaje
por los Estados del Plata (1859). Traducidos por Cesáreo Wessel y editados
en la imprenta Coni con prólogo de Ángel Gallardo, aparecieron bajo el título Descripción
de Tucumán, antecediendo en varias décadas a la traducción completa de la
obra, recién publicada en 1943.
[5] Juan Heller (1883-1950)
fue jurista, juez y docente tucumano. Formado en la Universidad de Buenos
Aires, participó en los círculos estudiantiles radicales junto a Miguel Mario
Campero y José Tamborini. En Tucumán se desempeñó como secretario del Juzgado
Civil y Comercial, vicerrector de la Universidad Nacional, vicepresidente del
Banco del Tucumán y miembro de la Corte Suprema provincial, desde donde impulsó
reformas judiciales y supervisó importantes obras públicas. Integrante de la Generación
del Centenario, combinó su labor institucional con intereses literarios y
culturales, destacándose como traductor de poesía inglesa y estudioso del folklore
del norte argentino, apoyando investigaciones locales y promoviendo la
valorización del patrimonio regional.
[6] Juan B. Terán
(1880–1938) fue un destacado intelectual y político tucumano. Abogado formado
en la Universidad de Buenos Aires, impulsó la creación de la Universidad
Nacional de Tucumán y la condujo como su primer rector, orientando el proyecto
educativo hacia el desarrollo industrial del norte argentino. Figura central de
la Generación del Centenario, promovió la cultura regional y nacional mediante
la docencia, la investigación histórica y una prolífica obra ensayística.
Presidió la Sociedad Sarmiento y, junto con Ricardo Jaimes Freyre y Julio López
Mañán, fundó la Revista de Letras y Ciencias Sociales, una de las
publicaciones más influyentes de su tiempo.
[7]Juan Dionisio Piñero
(1871-1940) fue una figura destacada en Tucumán a principios del siglo XX,
activo en periodismo, edición y la función pública. Ejerció el periodismo,
llegando a compilar sus trabajos en el volumen "Fragmentos", y fue
parte de iniciativas culturales como la revista "La Novela del
Norte". Ingresó a la Administración Pública alrededor de 1902, fue
secretario de la Cámara de Senadores. Posteriormente, fue elegido concejal
municipal. Piñero fue socio fundador de "El Hogar del Empleado" e integrante
de la Sociedad Sarmiento (Archivo La Gaceta- en adelante la sigla ALG-, La
Gaceta, funcionario culto, 14/12/2015).
Hemeroteca de la biblioteca virtual Miguel
Cervantes (En adelante la sigla HBVMC). Revista Caras y Caretas. En Tucumán- El Casino y Hotel Savoy- La
temporada de invierno-Éxito de concurrencia, 07/07/1917, p. 44; Revista Caras y Caretas. Tucumán ciudad de invierno,12/06/1920, p.31.
[9] HBVMC. Caras y
Caretas, Los ingenios, 09/07/1916, p. 82; Tipos y costumbres,
09/07/1916, p.8; Monumentos de Tucumán, 09/07/1916, p. 79; Tucumán moderno,
09/07/1916, p. 78.
[10] HBVMC. Caras y
Caretas, Las Tucumanas, 09/07/1916, p. 64.
[11] ALG. La Gaceta, Esa
impresionante selva, 09/08/2017, S/P.
[12] ALG. La
Gaceta, Tucumán inolvidable para un
chileno, 16/09/1916, p.5.
[13] Archivo Histórico de la Provincia
de Tucumán (En adelante AHT). El Orden, Impresiones de Tucumán, 01/10/1917, p. 4.
[14] AHT. El
Orden, La mujer tucumana juzgada por un
turista, 29/07/1912, p.3.
[15] Para ahondar más sobre
el tema: Marcela Vignoli (2011); Gisela Andreani (2018).
[16] Foster, 14 de febrero
de 2012 como se citó en La Gaceta.