MEMORY, IDENTITY, AND JUSTICE:
COLLECTIVE CONSTRUCTION IN H.I.J.O.S. SALTA
Canela Álvarez Leonard
Profesora y Licenciada en Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Tucumán.
Docente de nivel medio y pre-universitario de la
Universidad Nacional de Salta, Argentina.
Agrupación H.I.J.O.S. Salta
alvarez.andesrevistaha@gmail.com, cc@iem.unsa.edu.ar
https://orcid.org/0009-0005-0605-643X
Elia Fernández
Comunicadora, Trabajadora de la Subsecretaría de
Derechos Humanos
de la provincia de Salta, Argentina.
Agrupación H.I.J.O.S. Salta
https://orcid.org/0009-0007-9725-1779
Mariana Gamboa Fernández
Licenciada en Trabajo Social, docente
universitaria, Facultad de Ciencias
Sociales
en la Universidad Nacional de Córdoba
Agrupación H.I.J.O.S. Salta
https://orcid.org/0000-0001-7852-4574
ARK: https://id.caicyt.gov.ar/ark:/s16688090/x2ubyxk6q
FECHA DE INGRESO:
05/04/2026
FECHA DE ACEPTACIÓN:
04/05/2026
Resumen
El presente artículo analiza el proceso de reconstrucción de
la memoria colectiva de una organización de DDHH en Salta, Argentina. A partir
de relatos de vida y la experiencia desde el activismo en la agrupación
H.I.J.O.S., se examina cómo el tránsito del dolor individual al espacio público
permite la conformación de una identidad compartida. Utilizando los aportes de
Maurice Halbwachs sobre los marcos sociales de la memoria, se indaga en la
transición de los "recuerdos de infancia" —percibidos inicialmente
como fragmentos aislados en el seno familiar— hacia una conciencia colectiva
que demanda justicia. El trabajo aborda hitos locales como los homenajes en la
Universidad Nacional de Salta (2002), en Palomitas y en el Gallinato, la
práctica de los escraches como modalidades de resistencia frente a la impunidad
de los años noventa y el camino de los juicios de lesa humanidad.
Palabras clave:
Memoria colectiva, H.I.J.O.S., Salta, terrorismo de Estado, identidad.
Abstract
This article analyzes the process of
reconstructing the collective memory of a human rights organization in Salta,
Argentina. Drawing on life narratives and experiences of activism within
H.I.J.O.S., it examines how the transition from individual suffering to the
public sphere enables the formation of a shared identity. Using Maurice
Halbwachs’s contributions on the social frameworks of memory, the study
explores the transformation of “childhood memories”—initially perceived as
isolated fragments within the family setting—into a collective consciousness
that demands justice. The article addresses local milestones such as the
commemorative events held at the National University of Salta (2002), at
Palomitas, and at El Gallinato; the practice of escraches as forms of
resistance to the impunity of the 1990s; and the subsequent path toward trials
for crimes against humanity.
Keywords: collective
memory, H.I.J.O.S., Salta, State terrorism, identity
Introducción
“De tanto fuego permanece el fuego
Ni con dientes ni con balas muere el fuego
Ni con mares se apaga su fulgor que atraviesa la historia
Llama que va de mano en mano de pueblo en pueblo...”
Teresa Leonardi Herrán (2012)
El proceso de reconstrucción de la
memoria en la Argentina post-dictadura ha sido un fenómeno complejo de abordar,
pues trasciende lo individual para anclarse en lo social. La interrupción de la
cotidianeidad y la instalación de una nueva normalidad por el terrorismo de
Estado no solo significó la desaparición física de una generación, sino también
una fractura en la transmisión de los relatos biográficos de sus descendientes.
En este contexto, la agrupación H.I.J.O.S. (Hijos e Hijas por la Identidad y la
Justicia contra el Olvido y el Silencio) emerge como un marco social
fundamental donde el dolor privado se transforma en una identidad política y
colectiva. Para comprender este tránsito, recurriremos a los planteamientos de
Maurice Halbwachs, quien sostiene que la memoria individual no es suficiente
para sostener la rememoración, ya que esta se encuentra fuertemente arraigada
en contextos sociales (Halbwachs, 2004, p. 11).
Durante los años de infancia y
adolescencia, los hijos de las víctimas del genocidio —término que, aunque
resistido por la justicia técnica, define la experiencia de ruptura de esta
generación— a menudo conservaron sus recuerdos como un ritual secreto guardado
en los límites de la vivienda familiar (Testimonio n°1, 2026). Sin embargo,
este recuerdo "atesorado" corre el riesgo de volverse un
"dato abstracto" si no recupera testigos que lo validen (Halbwachs,
2004, p. 27). Como señala Halbwachs, la confianza en la exactitud de un
recuerdo aumenta cuando este puede basarse en los testimonios de los demás
(Halbwachs, 2004, p. 25). En el caso de los familiares de desaparecidos en
Salta, la búsqueda de la verdad se vio inicialmente limitada por el aislamiento
de los grupos familiares, hasta que el encuentro con pares permitió que la
"semilla de la rememoración" arraigara en una masa consistente de
recuerdos compartidos (Halbwachs, 2004, p. 27).
El presente trabajo analiza hitos
específicos de esta construcción colectiva en la provincia de Salta, Argentina,
como los homenajes realizados en la Universidad Nacional de Salta (UNSa) en
mayo de 2002; los del 11 de marzo en el monolito a Ragone, los del 6 de julio en
Palomitas y los del 24 de septiembre en El Gallinato. También se destaca la
labor de referentes locales como Lucrecia Barquet (Testimonio n°2 y n°3, 2026).
Estos espacios de encuentro funcionaron como "medios efervescentes"
que, en términos de la sociología de la memoria, permitieron la apertura
recíproca de las conciencias y la participación en una totalidad viva
(Halbwachs, 2004, p. 7). El artículo indaga en cómo esta comunidad afectiva no
solo permitió "sanar" el pasado, sino que generó nuevas modalidades
de reclamo, como los escraches, desafiando la impunidad de la década de los
noventa.
A cincuenta años del golpe
cívico-militar y eclesiástico, y a tres décadas de la creación de la
organización H.I.J.O.S., resulta necesario sistematizar nuestras experiencias
para demostrar que el recuerdo no es solo una mirada hacia atrás, sino una
perspectiva que racionaliza la mente y permite situar la experiencia personal
en la historia de los grupos con los que nos hemos mezclado (Halbwachs, 2004,
p. 11, 13). A través del análisis de nuestros relatos, se busca visibilizar una
"Salta otra", donde la reconstrucción de la memoria colectiva ha
traído la verdad necesaria para confirmar la propia condición de sobrevivientes
de la barbarie.
En
el presente ensayo, nos proponemos trabajar en la recuperación de los sentidos
históricos de nuestra organización de Derechos Humanos. Buscamos reflexionar
sobre el genocidio como una acción criminal y política planificada con vigencia
preocupante a nivel global, ejecutada por actores encarnados en sus
representantes económicos, militares y culturales-comunicacionales. Para ello,
compartiremos una serie de tres testimonios de quienes pensamos estas
reflexiones y desarrollamos algunas pistas para pensar el presente.
Testimonio n°1: Elia
Mi nombre es Elia, soy hija de María
del Carmen Alonso. Crecí sabiendo que mis viejos fueron víctimas de la
intolerancia estatal; que sus recorridos fueron de militancia y lucha por la
igualdad. Pero no fue hasta conocer a otros hijxs que compartían pasados
parecidos a los míos que empecé a sanar. Al principio dudé que valiera la pena
conocer a otras personas a quienes les hubiesen arrebatado a sus padres; no
lograba dimensionar que compartimos, en algunos casos sin conocernos y sin recordarnos
en otros, un pasado y una memoria que nos unía más allá de las historias
individuales. En mis fantasías de niña y adolescente albergaba el deseo
ferviente de buscar justicia y, más fuerte aún, el de conocer la verdad de lo
que había acontecido en esos años. Me pregunté mil veces: ¿por qué eso me había
pasado a mí?
Hasta ese momento mi dolor solo era
compartido por mi grupo familiar, los recuerdos atesorados como un ritual cuyo
secreto estaba muy bien guardado y el que no podía salir de los límites de la
vivienda que compartía con mi hermano y mis abuelos. Pero, en un proceso
inevitable, comencé a relacionarme con quienes mis viejos habían compartido sus
vidas adultas: compañeros de trabajo, de estudios, de militancia, cárcel y que
habían sobrevivido al genocidio. Porque, aunque la justicia argentina no logró
tipificar los crímenes de lesa humanidad cometidos en la década de los 70 y
principio de los ochenta como genocidio, para nosotros, los H.I.J.O.S. de esa
generación desaparecida, significó un corte, una ruptura de nuestra
cotidianidad que abrió el interrogante de cómo hubiesen sido nuestras vidas si
no hubiese sucedido “eso” que tardó un tiempo en poder ser nombrado “terrorismo
de estado”. Y así, tímidamente y con el aliento de quienes sobrevivieron el
horror, fuimos transitando un camino de hermandad y esperanza. Esperanza que se
tradujo en la posibilidad de justicia para nuestros viejos, reconstrucción y
construcción de la memoria colectiva que nos trajo la verdad que tanto
ansiábamos y, sobre todo, la confirmación de que nosotros mismos éramos
sobrevivientes de la barbarie.
Comenzamos a descubrir en nuestros
iguales que lo “imposible solo tarda un poco más[1]”. El
sentimiento de un pasado compartido, resignificar nuestros recuerdos y
aceptarlos como una conciencia colectiva nos permitió retomar nuestras vidas, a
la vez que pudimos enfrentar nuestros miedos más profundos y a quienes nos
arrebataron a nuestros viejos. Como las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo
reclamaban la aparición con vida de sus hijos, hijas y nietes, nosotros, los
hijos e hijas, inauguramos una nueva modalidad de reclamo. Queríamos justicia;
que tuvieran un proceso judicial quienes eran sospechados de desaparecer y
asesinar a nuestros padres y a nuestros hermanos. Durante los años 90 se nos
negó esa posibilidad por los indultos y las leyes de Punto Final y Obediencia
Debida. Fue así como surgieron los escraches.
En Salta, fuimos al barrio donde
vivían quienes habían liderado la represión para advertir a los vecinos que
convivían con criminales de lesa humanidad, responsables de torturar,
desaparecer y asesinar a cientos de salteños. Joaquín Guil, Trobato y el exjuez
Ricardo Lona —todos denunciados ante la justicia, llevados a juicio y
encontrados penalmente responsables del delito de homicidio y como partícipes
necesarios de delitos de lesa humanidad— fueron algunos de los elegidos para
ser confrontados. Lo mismo hicieron en otras provincias otros integrantes de la
agrupación con represores que habían actuado en el Norte Argentino y residían
en otros puntos del país. Fuimos capaces de generar una comunidad más allá de
las distancias geográficas porque nos unía un sentido de pertenencia y una
misma identidad.
A partir de la crisis política de
2001, con la derogación de las leyes de impunidad y la llegada de los juicios
orales y públicos, nos involucramos de lleno en el proceso: en algunos casos
compartiendo querellas y en otros investigando y recopilando pruebas para
nuestros abogados. Junto a una comunidad que nos acompañó, instalamos fechas
conmemorativas: el 11 de marzo (secuestro y desaparición forzada del
exgobernador Dr. Miguel Ragone), el 6 de julio (Masacre de Palomitas) y el 24 y
25 de septiembre (Masacre de El Gallinato), entre otras. Señalizamos esos
lugares y colocamos placas y baldosas recordatorias en los sitios que habitaron
las víctimas: lugares de secuestro, viviendas familiares, espacios de trabajo,
estudios y plazas de sus barrios.
Encontramos la forma de socializar
nuestra lucha por la verdad y la justicia, involucrándonos en reclamos sociales
y en el diseño de políticas públicas de derechos humanos, como en casos de
violencia institucional. A cincuenta años del golpe cívico-militar y
eclesiástico que modificó la realidad de los argentinos, y a 30 años de la creación
de la agrupación H.I.J.O.S., podemos decir que sin la construcción de una
comunidad de sentido hubiera sido muy difícil revertir la impunidad. Ponerle
nombre a los perpetradores, encontrar a hermanos que perdieron su identidad al
ser apropiados, hallar cuerpos de desaparecidos e identificar sitios que
funcionaron como centros clandestinos de encierro son nuestros logros
colectivos.
Sabemos
que no logramos justicia en todos los casos, pero transitamos experiencias que
nos enseñaron el poder de los grupos con pertenencia y objetivos claros. Esto
nos restituye la alegría y las ganas de continuar juntos, planteando siempre
nuevos desafíos.
Testimonio n°2 Soy Gamboa y Fernández. Trayectorias de Memoria: De la militancia colectiva a la
reconstrucción de la identidad (de Córdoba a Salta).
Mi nombre es Mariana y mi compromiso
se originó en el contexto fundacional de la agrupación H.I.J.O.S. en la ciudad
de Córdoba, en 1995. Mi vinculación inicial ocurrió tras el fallido recital de
Joan Manuel Serrat en el Estadio Junior, un evento que funcionó como un espacio
de convergencia para jóvenes que buscábamos respuestas sobre su identidad. Me
especialicé en la Comisión de Prensa, donde comencé a desarrollar herramientas
para la disputa de sentido y la recuperación del espacio público de la palabra.
Durante esta etapa formativa, participé activamente en acciones territoriales
de alto valor simbólico, tales como las vigilias del 24 de marzo, la Caminata a
"La Perla" e intercambios federales.
Mi formación política y afectiva
estuvo profundamente ligada a la figura de Nena Madozzo, mi "madre del
corazón", quien fue un puente vital hacia la memoria del Norte Argentino.
En mayo de 2002, a los 24 años, fui convocada para acompañar los testimonios
del Juicio del Habeas Data y posteriormente participé de un hito institucional
de la Universidad Nacional de Salta (UNSa): la inauguración del mural homenaje
a los detenidos-desaparecidos. Este encuentro con la comunidad docente y los
antiguos compañeros de militancia de mis padres me permitió descubrir una
"Salta subalterna" y resistente, facilitando mi integración a
H.I.J.O.S. Salta. Hoy soy una de las activistas que trabaja en la recuperación
de las biografías de mis padres en tanto trabajadores y militantes. Gemma Fernández
y Guilo Gamboa siempre estarán presentes; como dice en uno de nuestros
pañuelos: “Nacimos en sus luchas y viven en las nuestras”.
Vincular
mi identidad con la de esta tierra fue encontrar, en cada espacio de lucha, una
parte de las razones por las que mis padres no estaban físicamente conmigo.
Comprendí que, en esas búsquedas reivindicativas, ellos seguían presentes:
desarrollando la educación popular, ampliando el acceso a la educación para
adultos y poblaciones rurales, desarmando las prácticas patriarcales que
naturalizaban nuestra dominación y silencios, generando conciencia en las
luchas ambientales y buscando una distribución justa de las riquezas sociales y
naturales.
Testimonio n°3: Cane
Mi nombre es Canela Álvarez. Me
incorporé a H.I.J.O.S. Salta alrededor del año 2018. Crecí en una casa donde la
política y la búsqueda de justicia por mis familiares víctimas de la Masacre de
Palomitas formaban parte de la vida cotidiana. Sin embargo, tenía la sensación
de que ese afuera, la sociedad en general no compartía esas mismas luchas y
reclamos.
De chica acompañaba a mi madre a las reuniones
de familiares en la casa de Lucrecia Barquet. Recuerdo una escena de
adolescente: para un homenaje de la Masacre de Palomitas, mi primo hermano y
otras personas se reunieron en mi casa para hacer las siluetas de los y las
compañeras en cartón. Yo me acostaba en el piso para que usaran mi cuerpo como
modelo. Entiendo ese momento como parte de esas actividades de H.I.J.O.S.; las
marcas en nosotras de las figuras de las y los que ya no estaban en nuestras
vidas cotidiana.
En
la intimidad familiar se hablaba de mis tíos y de la militancia, pero al mismo
tiempo habitaba el temor a que las historias volvieran a repetirse. Cuando me
acerco a la agrupación, aparece con fuerza la idea de que esto no solo le pasó
a mi familia. Comprendo que en otros también se configuraron vínculos afectivos
atravesados por estas historias. Así, comencé a sentirme parte de una trama
colectiva.
De los marcos familiares a la comunidad
afectiva: el espacio como anclaje de la memoria
Como plantea Kuri Pineda (2017), toda memoria es una
construcción social erigida en la vida cotidiana y en diversos ámbitos de
interacción subjetiva. En las etapas tempranas de los hijos e hijas de
desaparecidos, la memoria suele manifestarse como un "ritual secreto"
confinado al ámbito doméstico (Testimonio n°1, 2026). Esta etapa coincide con
lo que la sociología denomina la dimensión sensorial de la memoria, donde el
cuerpo mismo se convierte en un territorio de inscripción de la experiencia y
el dolor (Kuri Pineda, 2017). En concordancia con la autora podemos afirmar
que, sin embargo, la memoria precisa del espacio para otorgar una ilusión de
permanencia y continuidad frente al cambio inevitable. El ingreso a una organización
colectiva, en este caso a la agrupación H.I.J.O.S. SALTA, representó el paso de
esa memoria íntima a la conformación de una memoria intersubjetiva. Este
proceso de "sanación" a través del encuentro con el otro encuentra su
explicación en el concepto de seguridad ontológica: la confianza en que el
mundo social es lo que parece ser, validada por la experiencia del par.
En
la provincia de Salta, esta disputa por el espacio de memoria se materializó en
hitos como el mural de la UNSa en 2002 y las señalizaciones de sitios de
reclusión y exterminio. Siguiendo esta propuesta teórica diríamos que, estos
lugares de memoria son unidades significativas donde se refugia la voluntad
de marcar acontecimientos dignos de rememorar (Kuri Pineda, 2017, p. 11).
El espacio público como arena de disputa: los
escraches y el lenguaje espacial en Salta
Para la agrupación H.I.J.O.S. Salta,
la década de los noventa estuvo signada por un escenario de impunidad jurídica.
Ante la clausura de las instituciones legales, la organización inauguró una
nueva modalidad de reclamo: los escraches. Realizados contra figuras como
Joaquín Guil, Trobato y el ex juez Ricardo Lona, representaron lo que Charles
Tilly define como un repertorio de confrontación: métodos de lucha orquestados
por sujetos colectivos que cuentan con una clara connotación espacial y
política (Kuri Pineda, 2017, p. 18).
Resulta imperativo analizar lo que
significó la derrota de aquel modelo revolucionario sostenido por la generación
de nuestras viejas y viejos. El proceso de desarticulación social se profundizó
con los indultos y la cancelación de los juzgamientos a los responsables del
exterminio de más de 30.000 personas. Asimismo, abordamos la magnitud del
exilio: se estima que entre 250.000 y 500.000 argentinos debieron abandonar el
país por razones políticas y económicas durante la última dictadura
(1976-1983). El flujo principal de exiliados se concentró entre 1974 y 1983,
alcanzando picos de hasta 80.000 personas con destinos como España, México,
Cuba y Brasil. No obstante, consideramos que el insilio y los destinos
regionales como Paraguay y Bolivia permanecen aún como una deuda pendiente en
la reconstrucción de nuestra memoria histórica.
Los procesos de reagrupamiento y
testimonio han demostrado que las resistencias generan nuevos paisajes en la
ciudad de Salta. Un ejemplo de esto fue la reconfiguración simbólica que supuso
la demolición del monumento a la Batalla de Manchala[2]. En el
marco del "laboratorio" que fue el Operativo Independencia previo al
golpe militar, ese monumento se erigió como un símbolo del Plan Cóndor, montado
sobre los restos de militantes desaparecidos que aún esperan ser restituidos a
sus familiares. La caída de este símbolo no fue solo un acto administrativo,
sino parte de las fuertes batallas por el sentido que se libran en el espacio
público de nuestra ciudad. Y que se renuevan en acción y manifestación que
sostenemos como agendas en donde ponemos el cuerpo y la convocatoria.
De la resistencia callejera a la reparación
La respuesta ante la impunidad de
los años 1990 no fue solo el grito, sino la creación de una comunidad de
pertenencia que trascendió las distancias geográficas. Este activismo derivó en
una cartografía de la memoria en Salta, señalizando el 11 de marzo (Miguel
Ragone), el 6 de julio (Masacre de Palomitas) y el 24 de septiembre (El
Gallinato). Al colocar placas en viviendas y plazas, la organización logró la
inscripción material del pasado en el presente. Estos lugares dejaron de ser
espacios anónimos para convertirse en anclajes que irrumpen en el espacio
público y ahora pone a las ciudades salteñas a recordar.
Por otro lado, las
experiencias relatadas demuestran que la memoria no es un objeto estático que
se posee, sino, como sostiene Elizabeth Jelin (2002), un "trabajo" activo
y constante. Este "hacer" memoria ha permitido que nosotras
generacionalmente dotamos de sentido al pasado que nunca es único ni cerrado;
existen múltiples narrativas en constante conflicto y negociación dentro de una
misma sociedad. Los hijos e hijas de la generación afectada por el terrorismo
de estado transitamos desde un dolor encapsulado en el ámbito privado hacia una
narrativa pública que dota de sentido al presente. Los relatos aquí analizados
confirman que la memoria es un campo de batalla donde se disputan los sentidos
del pasado frente a las políticas del olvido y negación.
La integración de los marcos
teóricos con la potencia del testimonio personal permite concluir que la
comunidad de hermandad y sororidad construida ha permitido consolidar una
conciencia colectiva que hoy constituye un pilar inalienable de la historia
contemporánea para el norte fundando un lado negado y resistido pero que
siempre mantiene y aloja otras vidas posibles, otras historias por recuperar y,
sobre todo, otras maneras de pensar que es posible construir un noroeste
Argentino sin tantas injusticias sociales. Esa es parte de la lucha que
seguimos construyendo.
La memoria y su territorialización
La memoria no ocurre en el vacío,
sino que requiere de espacios físicos y simbólicos para anclarse, transformando
así el paisaje urbano en un mapa de resistencia y lucha. La señalización de
lugares —tales como ex centros de detención, viviendas y plazas de militancia—
convierte espacios que antes eran anónimos o estaban marcados por el terror en
sitios de memoria colectiva, donde la historia no solo se recuerda, sino que se
hace presente y pública. Esta "territorialización" constituye una
herramienta política fundamental que disputa sentidos frente a la impunidad y
al olvido.
En el caso de la agrupación
H.I.J.O.S. Salta, estas prácticas han permitido que la geografía de la ciudad
deje de ser un escenario de silencio para transformarse en un testimonio vivo
de las trayectorias de sus padres y de la lucha que continúa en el presente.
Nuestra deuda pendiente es la materialización de un espacio dedicado a la
memoria como un acto pedagógico para las generaciones venideras. Esta
construcción se les adeuda a los pueblos víctimas del genocidio colonial, al
proceso de genocidio de los pueblos originarios y a los pueblos afroargentinos,
quienes mantienen resistencias múltiples y avanzan junto a las marcas de una
ciudad que es necesario reivindicar, reparar y recuperar en el proceso de
identidad del que somos parte.
Restitución frente al horror
A medio siglo del golpe cívico-militar y eclesiástico, y a tres décadas
de la irrupción de H.I.J.O.S., la perspectiva histórica permite comprender que
lo vivido no fue una mera sucesión de crímenes, sino un genocidio como práctica
social (Feierstein, 2007). Bajo esta lógica, el terrorismo de Estado buscó
destruir los vínculos de autonomía y solidaridad para instaurar el miedo.
Frente a esa desarticulación, la construcción de una "comunidad de
sentido" por parte de las y los hijos funcionó como una metodología de
reparación: a la atomización social, la organización opuso hermandad y
esperanza. Nombrar a los perpetradores, señalizar los centros clandestinos y
recuperar la identidad de los hermanos apropiados son actos que revierten la
parálisis del terror. Si bien la justicia argentina ha encontrado límites para
tipificar estos crímenes como genocidio en todas sus instancias, la práctica
política y espacial de H.I.J.O.S. —tanto en Salta como en el resto del país— ha
logrado objetivar la memoria (Kuri Pineda, 2017).
Esta experiencia
colectiva no solo restituyó la verdad histórica, sino que devolvió la capacidad
de proyectar el futuro, demostrando que la pertenencia y los objetivos claros
son, en última instancia, lo que restituye la alegría y el sentido de
comunidad.
Referencias bibliográficas
Augé, M.
(1998). Las formas del olvido. Gedisa.
Feierstein,
D. (2007). El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la
experiencia argentina. Fondo de Cultura Económica.
Halbwachs,
M. (2004). Los marcos sociales de la memoria. Anthropos.
Halbwachs,
M. (2011). La memoria colectiva. Anthropos.
Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI de
España Editores.
Kuri Pineda,
E. (2017). La construcción social de la memoria en el espacio: una aproximación
sociológica. Península.
Leonardi
Herran, T. (2012) Poesía Reunida https://ibuk.com.ar/librospdf/leonardi_herran_poesia_reunida.pdf
[1] Nombre que remite al libro "Lo imposible solo tarda un
poco más" es una obra colectiva publicada por la Red Nacional de
H.I.J.O.S. en conmemoración de los 30 años de lucha. Editado por Malisia Editorial, este volumen de
190 páginas compila de forma federal y colectiva las vivencias, la historia y
la militancia por los derechos humanos en Argentina desde los años noventa.
Reúne textos y reflexiones de 30 autores y autoras ajenos a la organización,
pero estrechamente vinculados a su trayectoria. Entre ellos se destacan
referentes como Taty Almeida, León Gieco, un texto recuperado de Hebe de
Bonafini, Daniel Feierstein, Pablo Llonto, Alexis Oliva y Victoria Montenegro