“’CURA
ENTRE A LA REVOLUCIÓN Y CURA SOI’. AGENTES RELIGIOSOS ANTE EVENTOS CRITICOS”
“’CURA ENTRE A LA REVOLUCIÓN
Y CURA SOI’ (A PRIEST BETWEEN THE
REVOLUTION AND BEING A PRIEST): RELIGIOUS AGENTS FACING CRITICAL EVENTS”
María Laura Mazzoni
Instituto de Humanidades y Ciencias Sociales. Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas. Facultad de Humanidades – Universidad
Nacional de Mar del Plata. Argentina
Fecha de ingreso: 25/03/2025
Fecha de aceptación: 20/09/2025
Resumen
El artículo tiene por objetivo analizar la trayectoria política
del cura José Andrés Pacheco de Melo en torno a dos eventos críticos de la
política en las Provincias Unidas de Sudamérica. En primer lugar, atenderemos a las
consecuencias que tuvo la Revolución de Mayo de 1810 en Buenos Aires para la
biografía del clérigo y en especial a su participación como diputado por
Chichas en el Congreso de Tucumán de 1816, y en segundo lugar, daremos cuenta
de su accionar como elenco político de los nuevos estados provinciales a partir
de la década de 1820. El estudio de la biografía de este sacerdote nos
permitirá construir un diálogo entre la dimensión religiosa –propia de la
condición de cura de Pacheco de Melo- y diversos momentos históricos de crisis política. Su accionar en las coyunturas
críticas mencionadas nos permitirá reconstruir las explicaciones elaboradas por
los agentes religiosos acerca de los eventos críticos correspondientes a los
contextos de guerra y conflictividad política.
Palabras clave: Evento crítico, agentes religiosos, José
Andrés Pacheco de Melo, conflictividad política, siglo XIX
Abstract
This article aims at
analysing the political trajectory of the priest José Andrés
Pacheco de Melo in relation to two critical events in the political history of
the United Provinces of South America. First, it examines the consequences that
the May Revolution of 1810 in Buenos Aires had for the clergyman’s life,
particularly his participation as a deputy for Chichas in the Congress of
Tucumán in 1816. Second, it explores his actions as part of the emerging
political leadership of the new provincial states beginning in the 1820s.
The study of this priest’s biography allows for the construction of a
dialogue between the religious dimension—intrinsic to Pacheco de Melo’s
priestly condition—and various historical moments of political crisis. His
actions during these critical junctures make it possible to reconstruct the
interpretations developed by religious agents regarding the critical events
that took place amid war and political conflict.
Keywords: Critical event; Religious agents; José Andrés
Pacheco de Melo; Political conflict; Nineteenth century
Introducción[1]
En 1824 Gregorio Funes recibía una carta de su amigo José
Andrés Pacheco de Melo, cura párroco del Alto Perú. Habían sido compañeros en
las aulas de la Universidad de Córdoba. Pacheco de Melo acudía a Funes para
pedirle un favor relativo a la publicación de unas cartas para salvar el honor
de la familia Dávila en La Rioja. En la misiva, se dirigía a Funes como “amabilísimo compañero y amigo” y lo
felicitaba por su nombramiento como agente de negocios del Gobierno de Colombia
ante el de Buenos Aires no sin dejar de rememorar las circunstancias penosas
que habían compartido en torno a la disolución del Congreso de Tucumán en 1820
tras la caída del gobierno central revolucionario en la batalla de Cepeda:
Sea el
primero en felicitar a V. por el nuevo destino a que ha sido elevado por la
República de Colombia. Aunque tarde siempre el mérito encuentra la recompensa.
Yo felicito a V. y persuádase que soy el mas interesado en sus glorias y
comodidad; y aunque las que hoy se le han presentado no llenan mis deseos; pero
al menos veo en parte algún mas honor y comodidad que la que antes disfrutaba después
de nuestra terrible caída en el año 20[2].
La “terrible caída en el año 20”
tenía que ver con la persecución y la cárcel que habían tenido la desgracia de
compartir en el Cuartel de la Cuna en Buenos Aires. Tras la caída del
Directorio, la gobernación de Sarratea miró con resquemor a los miembros del
Congreso y del Directorio. Así, Pacheco y Melo y Funes habrían compartido la
desgracia en un contexto de gran inestabilidad política.
La revolución de 1810 había provocado una profunda transformación de las
formas de hacer política, la movilización y militarización de hombres y mujeres
y había abierto el debate en torno a la forma de gobierno que adoptaría el
nuevo Estado, e incluso a la discusión sobre la unidad y centralización o la
dispersión del sujeto de imputación soberana en lo que hasta 1810 había
conformado el Virreinato del Río de la Plata.
Esta
gran conmoción política, social y económica interpeló a los actores sociales de
la época. En este sentido, apelaremos al concepto de “evento crítico” de
Visacovsky para explicar en parte las actitudes y respuestas que ensayaron
algunos de estos actores, en este caso los agentes religiosos, a partir de la
revolución. Visacovsky
explica que su definición de evento crítico apela al lenguaje médico “como un lente mediante el cual [se confiere]
sentido a la vida social” (Visacovsky, 2011, p. 18). Así, “la idea de
“crisis” en un sentido medicinal nos induce a pensar la vida colectiva en
términos de estados “patológicos” contrapuestos a “normales”, así como a
“diagnosticar” la etiología de las enfermedades sociales y postular los
posibles tratamientos” (Visacovsky, 2011, p. 18). La interpretación de eventos
en tanto estados críticos, explica el autor,
debe
estar sustentada en el conocimiento de los modos en los que los partícipes de
la vida colectiva perciben, categorizan, piensan y actúan las situaciones
sociales […] que son tanto respuestas frente a condicionantes externos como, a
la vez, vehículos de constitución de los estados críticos como eventos (Visacovsky, 2011, p. 19)
En este sentido, nos proponemos analizar la agencia
religiosa, específicamente a partir de la revisión de la biografía de José
Andrés Pacheco de Melo, a la luz del concepto de evento crítico. Es decir, intentaremos
dar cuenta de qué forma tomó la agencia religiosa, y analizar cuáles fueron los
mensajes y el accionar de un clérigo cuya vida se vio conmocionada por eventos
críticos de naturaleza política.
En este trabajo examinaremos a la revolución, la
guerra y la conflictividad política de los años ’20. Tomaremos un periodo
extendido que comienza en 1808 y continúa en las décadas de 1820 y 1830.
Analizaremos trazos de la biografía del sacerdote salteño en lo que
consideramos dos eventos críticos de naturaleza política; el primero se inicia
con la Revolución de Mayo de 1810 en el Virreinato del Río de la Plata y
continua a lo largo de toda la década a partir de las consecuencias de la
guerra y la política, el segundo lo identificamos con la disolución del poder
central y la conformación de Estados provinciales autónomos desde 1820 en
adelante en el exvirreinato. Nos centraremos en el análisis de las respuestas
que ante estos dos eventos críticos ensayaron los agentes religiosos.
Clérigo secular, de origen salteño, formado en las
aulas de Córdoba y Chuquisaca, José Andrés Pacheco de Melo fue diputado por
Chichas en el Congreso de Tucumán de 1816 que declaró la independencia de las
Provincias Unidas de Sudamérica y formó parte de los elencos políticos durante la
experiencia de las autonomías provinciales a partir de la década del ‘20. Su
derrotero está estrechamente vinculado con la conmoción política que supuso la
revolución. Comenzaremos el trabajo revisando aspectos de su biografía, luego
abordaremos su accionar ante coyunturas puntuales relacionadas con el contexto
de los acontecimientos críticos mencionados. Por último, intentaremos responder
al interrogante sobre las posibles respuestas que ensayaron los agentes
religiosos ante la conflictividad política que se abría en 1810 en el Río de la
Plata.
La vida de un cura párroco en el Tucumán de fines del
XVIII
José Andrés Pacheco de Melo, o Pacheco y Melo, nació en Salta en 1779, y
era hijo de “don Tomás Miguel Pacheco de Melo y doña Paulina Díaz de la Torre”[3]. Tomás,
natural de Jujuy, y Paulina, de Salta, se casaron el 20 de septiembre de 1769[4].
Los Pacheco de Melo ya estaban instalados en la región para fines del
siglo XVII, cuando Pasqual Pacheco de Melo, hijo de Gerónimo Pacheco Melo, se
casó en 1694 con Bernarda Lopez[5]. En el libro
parroquial de la iglesia de San Juan Bautista de la Merced donde se llevó a
cabo y registró el matrimonio, ambos figuraban como mestizos y ninguno de los
nombres de esposos o sus padres estaba precedido por el “don”. Por lo que
podemos pensar que a fines del siglo XVIII la familia Pacheco de Melo había
ascendido en la escala social salteña ya que el “don” y “doña” antecedían a los
nombres de los padres de José Andrés.
José Andrés recibió una educación formal prolongada en el tiempo para
los parámetros de formación de la época. Sus primeros estudios fueron en Salta,
donde presumiblemente recibió educación de primeras letras. Los datos que
tenemos indican que antes de trasladarse a seguir su formación en la
Universidad de Córdoba, tuvo una educación básica de estudios en latinidad y
filosofía, también en Salta. De esta primera
etapa de su educación tenemos conocimiento a través de algunas comunicaciones
entre Pacheco de Melo y Martín Miguel de Güemes en las que hablaban de esta
experiencia compartida. En Salta, rondando el fin del siglo XVIII y principios
del XIX, ambos fueron compañeros de estudios (Mazzoni, 2021).
Luis Güemes señala que:
aparte de
las escuelas elementales, existían entonces en Salta institutos de enseñanza superior. En uno de ellos se desempeñó como ‘maestro de
artes’, es decir como profesor de filosofía el doctor Manuel Antonio Castro [a
quien el padre de Miguel Martín de Güemes hacía referencia al consignar gastos
de educación para sus hijos] (…) Presumimos que fue a esta cátedra a la que
concurrieron simultáneamente, allá por 1800, Güemes, a la sazón de quince años
y Pacheco de Melo, de veintidós, pues esta clase de estudios, a diferencia de
los primarios, sí admite cierta disparidad de edades en los concurrentes (Güemes, 1979, pp. 31-32).
Si seguimos entonces esta línea, sabemos que
Pacheco de Melo recibió una enseñanza en filosofía en Salta, antes de trasladarse a Córdoba en el año
1800. Por otro lado, estos conocimientos también pueden inferirse por los
exámenes que se le pedían al momento de ingresar en la Universidad de Córdoba.
Era muy común que los alumnos llegasen a la universidad con estudios previos, y
allí les tomaban los exámenes correspondientes para el ingreso. Esto ocurría si
era solo el de latinidad, pero si ya traían los tres años de Filosofía, debían
rendir para Maestro en Artes[6].
Esto explica que unos meses
después de llegar a Córdoba, y según los registros de la Universidad, Pacheco
de Melo diera su examen para Bachiller, Licenciado y Maestro en Artes, el 4 de
septiembre de 1800. Con ese título concluía la Facultad de Artes e ingresaba a
la Facultad de Teología. Allí solo registró dos matrículas: la primera, de
Teología, el 26 de febrero de 1801, y la segunda de la misma Facultad de
Teología, el 11 de febrero de 1802.
En Córdoba, José Andrés
vivió en el Seminario de Loreto donde pagaba “sus alimentos con sesenta y dos pesos al año” gracias a una beca
que se le otorgó “en atención de ser hijo
de una madre viuda y cargada de hijos”[7], ya que su padre Tomás
Miguel Pacheco había fallecido al momento de su ingreso a la Universidad. Si
bien el seminario había sido pensado para impartir cursos regulares para la
formación del clero secular en el siglo XVIII, se decidió “que para mejor formación del clero secular, los seminaristas
frecuentaran los cursos universitarios” (Benito Moya, 2011, p. 29). Así,
los seminaristas convivían en el Seminario de Loreto pero concurrían a la
Universidad para su formación en Artes y Teología. La vida en el Seminario
estaba sujeta a estrictas reglas disciplinares con la intención de formar “ministros de ejemplo” y “útiles a la iglesia”[8]. Los obispos solían
observar la disciplina y formación de los seminaristas y el cumplimiento de las
reglas de la institución por parte del Rector y de los alumnos. En su visita en
1796, el obispo Ángel Mariano Moscoso insistía en que el Rector y el
Vicerrector
con el mayor desvelo deben instruir a los
jóvenes y conducirlos por los caminos de la piedad, y virtud, procurando con
suavidad arrancar los primeros brotes de sus paciones [ad]ministrarles ideas
nobles, y elevadas de la sociedad, inspirarles amor a la Patria, y a los
Padres, veneración y obediencia a las personas sagradas de los Reyes, corregir
sus inclinaciones, enmendar sus costumbres y en una palabra informar y pulir el
animo de los jóvenes que están bajo de su dirección[9]
En este ámbito de formación, Pacheco de Melo accedió a las órdenes
sagradas inmediatamente después de haber obtenido el título de Maestro en
Artes, cuando en 1801 el obispo Ángel Mariano Moscoso lo ordenó sacerdote
(Cutolo, 1978, p. 255). En ese momento contaba con al menos un año de estudios
de Teología realizado, y la muy común promesa de que completaría el segundo año
de la misma ciencia, como finalmente hizo.
Poco tiempo después, y ya ordenado sacerdote, se trasladó a Charcas para
estudiar en la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca. La Facultad de Derecho en la que
estudió había sido establecida en 1706. “En su seno, dos grupos coexistían y se oponían: el
jesuita colegio azul de San Juan Bautista, creado el 10 de abril de 1621, y el
seminario San Cristóbal o colegio rojo fundado 26 años antes” (Thibaud, 1997, p. 11). Dada su condición de clérigo secular al momento
de iniciar sus estudios allí, podemos suponer que se alojó en el seminario San
Cristóbal.
Allí, en la
Facultad de Derecho, cursó derecho canónico y obtuvo el título de Bachiller en
Cánones en 1804 (Rípodaz Ardanaz y Benito Moya, 2017, p. 174). Algunos años
antes, a mediados del siglo XVIII, se había creado en la misma universidad una
academia de práctica forense, la Academia Carolina, a la que acudían aquellos
alumnos que querían perfilar sus carreras hacia el ejercicio del derecho en el
foro civil de la Audiencia. En 1804, Pacheco de Melo se incorporó como
académico –se graduó como abogado y Doctor en Teología cuatro años después en
1808– (Rípodaz Ardanaz y Benito Moya, 2017, p. 174), y “su examen de ingreso versó sobre el párrafo
7, Tit. 17 del Libro 2° de las Institutas del Emperador Justiniano, siendo
aprobado” (Cutolo, 1968, p. 197). Clement Thibaud ha analizado la formación que recibían los practicantes en dicha
institución y el perfil de quienes se graduaron en ella y sostiene que la
Academia Carolina constituyó un “crisol intelectual
de una generación de jóvenes revolucionarios” (1997, p. 3).
Tras su paso por la
Academia Carolina, en 1810 Pacheco de Melo fue nombrado cura párroco de Libi
Libi al sudoeste de Charcas, en la provincia de Chichas, obispado de La Paz[10]. A partir de diciembre de
1810 su firma se registraba en los libros parroquiales de ese curato como “cura
propio” y la parroquia contaba además con un Teniente de Cura[11]. No obstante, según un
documento de 1814 firmado en La Rioja, el Dr. Pacheco de Melo era cura interino
de esa parroquia[12].
Algunos biógrafos de este sacerdote salteño nombran a la parroquia como “LiviLivi”,
“Llabi-Llabi” o “Quilaquila”, pero todos coinciden en
ubicarla en la provincia de Chichas, actualmente Bolivia, cuya capital era
Tupiza.
Figura 1. "Carta geográphica de las Prouinçias de la Gouernación del Río de
la Plata, Tucumán, y Paraguay. Con parte de las confinantes, Chile, Perú,
Sancta Cruz, y Brasil"
Fuente: Archivo de Indias (AGI), Mapa de la Gobernación del Río de
la Plata. Disponible en: https://pares.mcu.es:443/ParesBusquedas20/catalogo/description/16807
La política
como profesión
Como
cura párroco del Alto Perú, Pacheco de Melo se desempeñó en un escenario
conmovido por la revolución. Tanto Chuquisaca como La Paz habían sido arena de
disputa en 1809 cuando una facción de sus elites dirigentes había intentado en
ambas ciudades plegarse al movimiento juntista iniciado en la península tras la
invasión napoléonica. Ambas juntas fueron sofocadas, en La Paz con especial
virulencia, por fuerzas militares de Lima y de Buenos Aires. Además, el grueso
de la contienda –al menos en el frente oriental del Virreinato del Río de la
Plata- iniciada con la Revolución de Mayo de 1810- tuvo lugar en el Alto Perú. El
espacio altoperuano y sus habitantes se vieron fuertemente exigidos por los
esfuerzos de la guerra en términos de hombres y de recursos materiales. José
Luis Roca identifica en este contexto al cura de Libi-Libi como:
un
ardiente promotor y activista de las ideas revolucionarias. Junto a sus coetáneos José Antonio Medina e Ildefonso de la
Muñecas, Pacheco de Melo forma la trilogía de clérigos argentinos que, actuando
desde el Alto Perú, se distinguieron en su lucha por la independencia de
América (Roca,
2011, p. 301).
Esta consideración es confirmada por algunos testimonios de la
época como el del propio Juan José Castelli, quien en un oficio que envió a la
Junta y que fue publicado en la Gaceta
extraordinaria de Buenos Ayres el 3 de diciembre de 1810, para informar
sobre la Batalla de Suipacha, celebraba la espontánea participación indígena en
la zona de Chichas para el bando revolucionario y agregaba
conozco que sus
disposiciones son ventajosas, y que bajo la dirección de unos curas, cuya
adhesión al nuevo gobierno, me es constante, a excepción del de esta villa[13],
sin que por eso encuentre variación en los sentimientos de los indios[14].
Hacia 1813 la vida de
Pacheco de Melo se entrelazó con la de la revolución de forma definitiva. Tras
la batalla de Ayohuma se produjo una desbandada de las tropas del Ejército
Auxiliar del Perú y un abandono de las tropas del Alto Perú en dirección a las
provincias de Salta y Jujuy (Morea, 2022, p. 42). La mayoría de los gobernadores
de la región, hombres nombrados por Belgrano y de su entera confianza, dejaron
sus cargos y se replegaron con el ejército[15]. El gobernador de
Chuquisaca, Francisco Ortiz de Ocampo, abandonaba esta ciudad junto con un
grupo de personas que lo siguieron en su huida. Y entre los emigrados se
encontraba el párroco de Libi Libi, Pacheco de Melo. Tras el traslado al
Tucumán, el párroco se instaló en La Rioja en donde procuraba poder sustentarse
a partir de un beneficio eclesiástico. De esta manera, Ortiz de Ocampo escribía
una carta en mayo de 1814 al obispo de Córdoba para recomendarle el
nombramiento del clérigo al curato de Los Llanos. La carta contenía, además,
consideraciones en torno a los padecimientos que la revolución, la guerra y la
huida habían traído para el sacerdote:
Ilustrísimo Señor,
Entre los emigrados que bajaron en mi compañía de la Provincia de Charcas
después de la batalla de Ayouma, uno de ellos el D.D. Andres de Pacheco
domiciliario del Arzobispado de Chuquisaca y cura interino de QuilaQuila, y
habiéndose quedado este benemérito sacerdote en la ciudad de Tucuman a mi
venida a esta Provincia, ha pasado ahora a la jurisdicción de La Rioxa con
animo de sostenerse al abrigo y amparo de sus amigos, pero no siendo justo
ni político, que un eclesiástico virtuoso, que por seguir la suerte de la
Patria ha quedado totalmente incongruo, y sin el beneficio que antes ha
exercido exemplarmente se vea reducido a mendigar el sustento y la decencia
correspondiente a su clase, lo recomiendo a V.S. para que se sirva
promoverlo al Curato de Los Llanos, interin se le proporciona otro acomodo a
proporción de su merito y padecimientos por la sagrada causa de la libertad de
la America (…) Cordoba y Mayo 18 de 814. Francisco Antonio Ocampo[16].
Ocampo advertía al obispo que al “seguir la suerte
de la Patria” el sacerdote había quedado sin congrua y mendigando un sustento,
y que sus padecimientos se debían al apoyo brindado a la “sagrada causa de la
libertad de la América”.
Una carta del cura de Campanas, doctor Juan de Dios
Villafañe al obispo Orellana vertía más información sobre la conducta de
Pacheco de Melo en La Rioja, Villafañe mostraba algunas quejas sobre el
sacerdote ya que, mientras residía en su curato
se redujo a vivir en la
casa del Vínculo de Sañogasta, en donde advertido del general reparo de las
gentes, desistió mucho de su primer manejo, y esto antes de que yo recibiese
ese Curato; después le vi cantar algunas Cantiñas de la Patria con bastante
desenvoltura, pero como ya se iba, no le dije cosa alguna. En La Rioja me dicen
procedió con más desenvoltura, cantando por calles públicas[17].
De acuerdo a esta
observación del cura de Campanas, Pacheco de Melo estaba consustanciado con la
causa revolucionaria. Por eso tomó la decisión de emigrar de su parroquia y
acompañar a Ortiz de Ocampo en su huida, y dejar Chuquisaca ante la entrada de
las tropas fidelistas. Al refugiarse en La Rioja se lo escuchaba apoyar la
causa de la revolución a viva voz, con cantos en espacios públicos.
En 1815, el cura salteño
estaba de vuelta en el Alto Perú, y actúo como intermediario desde Potosí. José
Luis Roca menciona que fue “usado como correo” entre Pueyrredon y Goyeneche
para entablar conversaciones en torno al establecimiento de límites
territoriales entre las tropas de las Provincias Unidas y del Perú[18]. Desde allí también
enviaba una carta a Güemes para convencerlo de la necesidad del envío de armas
al frente altoperuano:
Amigo estoy muy serciorado de la necesidad
con que este señor Gral te pide las armas, tiene en su exto sobre mil hombres
sin armas: Camargo tiene mucha gente sin ellas; Arenales y Warnes están en
camino a reunirse en Macha, trahen mucha gente desarmada …de varios puntos
interesantes están con la misma cantinela: conozco en efecto la urgencia con qe
solicitan los fusiles y tu no deves retardarlos un momento, sin hacerte responsable
a la Nacn…Yo descanso siempre sobre el testimonio de mi conciencia y estoy
persuadido de mi buena compartación en los asuntos
públicos de mi país: siempre seré un eterno defensor de sus derechos, sin
apoyar los abusos que corrompen la sosiedad, este será el modo de hacer felices
a los Pueblos[19].
Por otra parte, el
sacerdote seguía manteniendo un vínculo o ascendencia en su curato ya que al
momento de elegirse los diputados que participarían en el congreso convocado
por las Provincias Unidas en Tucumán, Pacheco de Melo sería elegido para
representar al Partido de Chichas.
En octubre de
ese año se llevaron a cabo en Tupiza elecciones. El 17 de abril de 1816, con el
Congreso ya sesionando, los diputados abrieron algunos pliegos que habían
llegado al recinto. Uno de ellos provenía
del Presbítero D. José Andrés Pacheco de
Melo, en que avisa haber sido nombrado Diputado por la Villa de Tupiza capital
de Chichas, igualmente que el Coronel Mayor de los Exércitos de la Patria, D.
Juan José Fernandez Campero, conforme a la acta de la Junta Electoral celebrada
a este efecto el 17 del pasado octubre, que acompaña original[20].
La notificación despertó un
debate en el recinto en torno a la naturaleza de la elección. Algunos diputados
objetaron que las autoridades de Potosí no daban por legítima esa elección. Informaban
que Pacheco de Melo y Campero habían sido postulados como electores en Tupiza,
y que su mandato no los constituía en diputados[21]. Finalmente, y después de
algunos meses en los cuales el tema quedó en suspenso, en junio se dio curso a
una petición de Pacheco de Melo, quien ya se encontraba en Tucumán[22], y fue incorporado al
elenco parlamentario por la jurisdicción de Chichas.
Como diputado en el Congreso su pertenencia e
identidad como clérigo emergió en las posturas que sostuvo o a las que dio su
apoyo. En las sucesivas sesiones donde se discutió la forma de gobierno a
adoptar, Pacheco de Melo en tanto representante del Alto Perú apoyó la moción
de crear una monarquía gobernada por una dinastía Inca[23]. En Julio de 1816, los
debates en el recinto aportaron argumentos a favor de esta iniciativa sobre la
base del gobierno divino. Así, el diputado Castro sostenía que la monarquía
constitucional era la forma más adecuada de gobierno para las Provincias Unidas:
por haber sido el
que dio el Sor a su antiguo pueblo, el que Jesucristo instituyó en
su iglesia, el mas favorable a la conservación y progreso de la religión católica, y
el menos sujeto a los males políticos que afectan ordinariamente a los otros;
sostuvo las ventajas del hereditario sobre el electivo, y las razones de
política que había para llamar a los Incas al trono de sus mayores, despojados
de él por la usurpación de los reyes de España[24].
Pacheco de Melo adhirió a estos argumentos e
incluso “juzgó suficientemente discutida la materia y pidió
votación” [25].
En agosto de 1816, cuando el Congreso debatía la posibilidad de enviar un
representante a Estados Unidos, el clérigo salteño consideraba de igual
importancia proponer una misión a la Santa Sede:
Se hicieron varias
mociones, entre ellas dos notables, una del S. Saenz para que se nombrase por
el Congreso un enviado a Norte-América para tratar con el gobierno de Estados
Unidos, ponderando la conveniencia y necesidad de esta medida. Otra del
diputado Pacheco para que nombre igual enviado a la corte romana para todos
los objetos relativos al bien espiritual del estado[26].
El
bien espiritual del estado, y la semejanza del gobierno de la iglesia en la
tierra instituido por Jesús con el que se estaba discutiendo en el Congreso de
las Provincias Unidas formaban parte del universo de ideas que este sacerdote
tenía sobre la creación del nuevo orden político.
Estas
representaciones se conjugaban con su pertenencia y comunión con el resto de
los diputados del Alto Perú, entre quienes sostuvieron una postura a favor de
la representación de la soberanía de los pueblos y la identificación de ese
espacio con los destinos de la revolución. Un ejemplo de esta postura
se presentó en noviembre de 1816, a raíz de la votación por la forma de
elección de presidentes, gobernadores de provincias y tenientes gobernadores,
que quedaría estipulada en el estatuto resultante del Congreso. Allí, Pacheco
de Melo, junto con Mariano Sánchez de Loria, llamaron la atención sobre
la necesidad de dictar alguna regla para que los
partidos de la provincia de Potosí y de otros que no tienen ayuntamientos, sin
embargo de su numerosa población, pudiese entrar a la par de las ciudades y
villas que los tienen, en el derecho de hacer las propuestas que a estas se
conceden[27].
En septiembre de ese mismo año se opuso además al traslado de la sede
del Congreso a Buenos Aires[28].
Como mencionábamos al
comienzo de este trabajo, el malogrado final del Congreso de Tucumán, también fue
un final amargo para Pacheco de Melo, que fue encarcelado en Buenos Aires en
1820 entre otros diputados que compartieron la misma suerte tras la caída del
poder central por los recelos que despertaba su condición de diputados en la
nueva coyuntura política de Buenos Aires.
Elenco
político de los nuevos Estados provinciales
Si la revolución de 1810
abrió en el Río de la Plata un profundo cambio político que consideramos aquí
como un evento crítico y que se extendió a lo largo de la década, lo que
sucedió a partir de 1820 y la caída del Directorio constituyó otra conmoción de
esta misma naturaleza. La conformación de estados autónomos basada en la
dispersión y retroversión de la soberanía en los pueblos que habían formado
parte del Virreinato provocó un reordenamiento político y administrativo. Las llamadas
provincias[29],
se edificaron de la mano del elenco político que había tenido una activa
participación en la revolución en la década anterior. La experiencia de las
autonomías provinciales que se extendió hasta 1852 como una confederación
contó, de esta manera, con una gran cantidad de clérigos, en tanto figuras
letradas con saberes esenciales para la construcción de los nuevos estados. Pacheco
de Melo fue uno de ellos, y al iniciar la década de 1820 formaba parte del
elenco político de las provincias en diversas tareas.
Al ser liberado del
confinamiento en Buenos Aires, fue encomendado en 1821 por el gobierno de
Córdoba con la tarea de mediar entre el gobernador de Santiago del Estero, Juan
Felipe Ibarra, el de Tucumán, Bernabé Araóz, y el de Salta, Miguel Martín de Güemes,
en el marco de los conflictos que se desataron entre el gobernador de Santiago
del Estero y la efímera República de Tucumán.
La intermediación de Buenos
Aires y Córdoba expresaba la imperiosa necesidad que veían los gobernadores de
las provincias cercanas de solucionar el conflicto de manera pacífica y de
conservar o, mejor dicho, conseguir finalmente,
el tan ansiado “orden” que debía llegar, o que esperaban que llegase luego de
la Revolución. En el caso de Córdoba, la necesidad de conseguir la paz era
imperiosa, ante el deseo de convocar a un Congreso con sede en la ciudad que
reuniera a todas las provincias (Segreti, 1958, 1961). En este contexto, en
marzo de 1821, una correspondencia enviada entre el gobernador de Córdoba,
Francisco Bedoya, y el de Buenos Aires a raíz de este conflicto
da cuenta con copia
de una comunicación del Gobernador de Santiago del Estero fecha 14 de dicho
mes, de la disposición en que esta aquel Pueblo de tranzar sus diferencias con
la Provincia de Salta por la interposición de los Gobiernos de Córdoba y Buenos
Ayres. Anuncia el embio del Dr.D. Andres Pacheco de Melo en clase de
comisionado conciliador[30].
Según Carlos Segreti, la
elección del sacerdote salteño “parece
acertada por la antigua amistad que une a éste con uno de los beligerantes” (Segreti, 1961, p. 137), en referencia a
Güemes.
Las instrucciones que
Bedoya dio a Pacheco de Melo para entablar las negociaciones iban en el sentido
de obtener la paz y lograr la participación de estas provincias en el congreso
que deseaba celebrar en Córdoba. El clérigo salteño estaba compelido a empeñar
“todo su celo y amor patrio en hacer valer y adelantar las razones de
interés general, y combeniencia publica en que todas esas Provincias
veligerantes depongan las armas y se reduscan a sus antiguas tranquilidades” [31]. De no lograr rápidamente
la paz, su intermediación debía al menos conseguir el cese de la lucha armada
hasta que el congreso pudiera acabar con la discordia, “para lo que promoverá la más breve instalación del Congreso General
y se agitará el nombramiento y remición de los respectivos diputados por cada
uno de los Gobiernos a esta Provincia”[32]. Las negociaciones
implicaban, además, que Córdoba se erigiría en garante de la paz y del fin de
la guerra de cada una de estas provincias para con las otras.
Los esfuerzos de Pacheco de Melo por lograr la paz
tuvieron sus reveses. Frente a una nueva intención de ofensiva de Araóz, el
clérigo le relataba al gobernador de Córdoba:
Formalisé mi marcha
por entre mil riesgos, atravesando bosques de partidas de guerrillas, que en el
ardor de una lucha desordenada podía prometerme la menor seguridad. Por más de
tres veces me vi en el último peligro, pero la Providencia me libró
felizmente acaso para que fuese el instrumento de la paz ó el Iris que
asegurase la serenidad a las cuatro provincias que tocaban ya su
destrucción[33].
No obstante, el 5 de junio
de 1821 Pacheco de Melo, el mediador, conseguía juntar a las partes en
conflicto en Vinará, Santiago del Estero. Allí se reunieron Pedro Miguel de
Aráoz, como representante de Tucumán, y Pedro León Gallo, en representación de
Santiago del Estero, además del propio negociador de la provincia mediadora,
Córdoba. El tratado logró frenar el conflicto armado bajo la garantía cordobesa
y allí se acordó también el envío de diputados para el Congreso, aunque no se
especificó que fuera el tan pretendido Congreso a celebrarse en Córdoba.
Asimismo, se consensuó la invitación a la provincia de Salta a suscribir el
tratado (Segreti, 1961, p. 157).
Retomaremos en las
consideraciones finales las respuestas espirituales o religiosas que asumían el
accionar de Pacheco de Melo. Nos detenemos, sin embargo, en la idea de ser “Iris
de paz” que introducía en su carta al evocar su tarea de mediación. Esta idea
echaba mano a la noción de guiar, al vincular a los ojos o la mirada en tanto
guía y guardiana de la paz con su accionar.
Luego de su intervención
como mediador en 1821, Pacheco de Melo continuó participando en política y
actuando como sacerdote en diversas coyunturas hasta al menos 1836, después su
rastro se pierde hasta desconocer la fecha de su muerte. Su actuación política siguió
como secretario de Gobierno en la administración de Pedro Molina en Mendoza en
1824. Allí, escribía a Funes que “en el
día con motivo de servir a esta Secretaria son tantas mis atensiones, qe no me
dejan el menor descanso” [34].
La política, como vemos, siguió
siendo durante estos años su medio de vida. La conformación de los nuevos
estados provinciales lo encontró en diferentes tareas y cargos en tanto
mediador o secretario. En 1836 un reconocimiento del obispo de La Paz lo
restituía al mundo religioso.
Ese año José Andrés Pacheco
y Melo recibía del obispo de La Paz el nombramiento de segundo comisario
delegado[35].
Este cargo, según el propio sacerdote, lo instaba a continuar trabajando “con el mayor empeño, y el mejor zelo en la
propagación de las indulgencias y gracias dignas de un pueblo cristiano, y de
que por tantos años había carecido, y se le ha restituido hoy por el Paternal
cuidado de V. S.”[36]. La carta de
agradecimiento al obispo estaba firmada desde Santa Cruz, podríamos suponer que
se refería a Santa Cruz de Libi Libi su curato en 1810, dato que nos permite
señalar que el sacerdote había retornado al obispado paceño, probablemente a su
beneficio eclesiástico y que, allí, había logrado reconstruir redes con el alto
clero altoperuano.
Los agentes
religiosos en coyunturas críticas: consideraciones finales
Pacheco de Melo se
desempeñó como cura párroco en el Alto Perú desde 1810. Como vimos, había sido
ordenado sacerdote en la diócesis del Tucumán en 1801 y había pasado por dos
universidades, la de Córdoba y la de San Francisco Xavier en Chuquisaca. En
esta última formó parte del estudiantado de la Academia Carolina de práctica
forense que forjó a una generación de revolucionarios.[37]
Además, su formación como
sacerdote se dio en un contexto de profundo regalismo propiciado por las
máximas autoridades eclesiásticas. Vimos como el obispo Moscoso instaba a la
formación en el Seminario de Loreto de clérigos que amasen a la patria y que
obedecieran a los reyes. Más aun, el arzobispo de Charcas, Joseph Antonio de
San Alberto, conocido por su exacerbado regalismo[38], escribió por la misma
época cartas pastorales en las que su mayor preocupación era la formación del
clero secular[39].
En ellas, San Alberto, que ocupó el arzobispado entre 1784 y 1804, remarcaba la
necesidad de que el cura párroco debía ser a la vez un padre, un pastor, un
capitán y un médico. Estas dotes le permitirían guiar a sus feligreses,
dirigirlos en la senda del buen cristiano como un capitán y “sanar” los desvíos
de sus conductas[40].
El arzobispo insistía en
sus cartas pastorales que
el cura
debía tener la capacidad para ganarse a la feligresía con dulzura y ciencia
para que sea reconocido como un padre tierno y un pastor celoso ‘que velará
sobre ellos, los dirigirá, y los alimentará en lo espiritual, y temporal: que
tendrán en él un Médico experto que sabrá conocer sus enfermedades interiores,
curarlas, y precaverlas’ (Castro Flores, 2023, p. 10).
Decíamos que la conflictividad política abierta por
la revolución y la construcción de nuevos estados podía ser analizada a la luz
de la definición de “evento crítico” que propone Vizacovsky, y que contiene en
sí una connotación que asimila dicho evento a una enfermedad.
En este sentido, la mediación de sacerdotes ante
una coyuntura crítica podía pensarse como una prevención o una cura. Vimos en
la sección anterior cómo Pacheco de Melo consideraba su tarea de mediación como
una guía, en tanto mediador posaba su mirada tutora para contribuir a resolver
el conflicto político. Todavía para Facundo de Zuviría en 1821, la
participación de los eclesiásticos en política como representantes de la Junta
en Salta le parecía no solo compatible, sino indispensable en tanto “antídoto”
contra la conflictividad política abierta por la Revolución de 1810 en el Río
de la Plata
a efectos de dar con su influjo mayor importancia a
esta representación, y que por este respecto los feligreses de su dependencia
obedezcan sin alteración las ordenes que de ella emanaren, estimándose esta
medida como un antídoto contra cualesquiera convulsiones que podrían
acaso sobrevenir atendida la actual situación de la Provincia[41].
El
antídoto para las “enfermedades sociales”, que serían esas convulsiones a las
que se refiere, lo constituían los clérigos, quienes aportaban una explicación
sobre los cambios que hacía posible la paz social. La preocupación por el
bien espiritual del Estado o de los Estados que se estaban creando se
manifestaba, en el caso de Pacheco de Melo, en su propuesta de enviar una
representación diplomática a la Santa Sede en 1816. Y su
mediación entre los gobernadores de Tucumán, Salta y Santiago del Estero, que
culminó con el Tratado de Vinará en 1821, parece ir en este mismo sentido.
Al abordar la
conflictividad política que se inició con la Revolución o la que siguió a la
construcción de estados provinciales tras la caída del Directorio en 1820
elegimos en este trabajo pensarla en términos de eventos críticos, y nos
preguntamos por las posibles respuestas que los agentes religiosos podían dar
en este marco. Consideramos que podía identificarse la intervención de agentes
e instituciones religiosas, y que esta intervención estaba marcada por el
intento de traducir o explicar estos eventos dentro de un marco conocido y a la
vez por la capacidad para “suturar” las rupturas provocadas por la crisis en
las comunidades afectadas.
En este sentido, la propia
formación del clero secular de los últimos años del siglo XVIII y principios
del XIX en el espacio charqueño y tucumano pueden darnos pistas al respecto.
Los curas párrocos como Pacheco de Melo habían sido formados para conducir una
feligresía con la férrea dirección de un pastor y de un capitán, y con las habilidades
de sanar a la manera de un médico.
Creemos que la revisión de
la figura y la trayectoria de Pacheco de Melo es una posible puerta de entrada
para observar esta intervención por parte de un agente religioso ante las
coyunturas críticas en las que el sacerdote actuó.
En 1824 José Andrés Pacheco
de Melo le escribía a Gregorio Funes “soi
un Patriota sin ambicion, Cura entre a la revolución y cura soi con la
diferencia que por el enemigo estoi sin curato” [42].
La frase nos permite pensar
en la tarea sacerdotal, en la cura de almas, y en la labor, situada, de
mediación, y cercana a la feligresía que esa tarea suponía. Una tarea que
exigía férrea conducción de la feligresía y una actitud lo suficientemente
cercana como para lograr la “cura” de almas. Una tarea demás que portaba la transmisión
del mensaje divino como estandarte. En este sentido, podemos pensar que la
interpretación de la palabra de Dios y la decodificación de estos mensajes del
plano celeste formaban parte del ejercicio de la cura de almas y que este
hacer, esta misma práctica, haya sido luego de la Revolución puesta al servicio
de “la causa de la Patria”. En Pacheco de Melo, la enunciación del mensaje de
“amor a la patria”, “de la libertad” y “la Revolución” parece ser parte de su
accionar, tanto en el Alto Perú garantizando el apoyo de sus feligreses para
las tropas revolucionarias, como así también en la forma en la que se comportaba
en La Rioja, cantando a viva voz en plena calle “cantiñas de la Patria”.
Abrazar la revolución parece no haberle impedido seguir abrazando y
transmitiendo la palabra.
Su adhesión a una propuesta
de forma de gobierno que le era conocida a través de las sagradas escrituras:
la monarquía, da cuenta de esta decodificación o explicación de la conmoción
política a partir de marcos conocidos. Así lo hace en el Congreso de Tucumán
cuando se inclina por esa propuesta.
Lo mismo sucede a partir de
la caída del gobierno revolucionario en 1820 y la construcción de nuevos
estados provinciales. Su reacción y su accionar formando
parte de los elencos políticos de estas experiencias autónomas se vinculó con
un papel de guía para apaciguar la conflictividad que habían ocasionado los
cambios políticos.
La trayectoria política de
este sacerdote da cuenta de una vida signada por dos identidades, la del
sacerdote y la de la política. Dos identidades que convivieron en los agentes
religiosos que se enfrentaron a eventos críticos de naturaleza política como la
Revolución o la formación de nuevos Estados. Como tales, y atravesados por
ellas, ensayaron respuestas ante sus pares y sus feligresías con el fin de
entender y explicar los cambios políticos que atravesaban. Lo hicieron con las
herramientas a la mano; la palabra, la cura de almas y la capacidad de guiar a
sus fieles.
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[1] Este trabajo se enmarca en
las discusiones e intercambios que se desarrollaron entre integrantes del eje
“Conflictividad política” del PICT “Dinámicas religiosas en eventos críticos:
instituciones, agentes y creencias, siglos XVIII y XIX”, periodo: 06/2022 –
06/2025, Código: 2020-SerieA-00885, FONCyT.
[2] Carta de Pacheco de Melo a
Gregorio Funes, 1824. Archivo del Doctor Gregorio Funes. Deán de la Santa
Iglesia Catedral de Córdoba (en adelante Archivo Funes), Tomo III, Buenos
Aires, Establecimiento Gráfico E.G.L.H., 1949, p. 196. El resaltado
es nuestro.
[3] Libro de Bautismos 6, p. 298,
Parroquia de la Merced (Salta) citado en: Rípodas Ardanaz y Benito Moya, 2017:
174.
[4]"Argentina, Salta, registros
parroquiales, 1634-1972", visto a través de FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/1:1:WZ8V-523Z:
13 December 2019), Thomas Pacheco, 1769.
[5]“Argentina, Salta, registros
parroquiales, 1634-1972", visto a través de FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/1:1:WD3M-D9T2:
13 December 2019), Pasql Pacheco de Melo, 1694.
[6]Este y
otros detalles exhaustivos sobre la modalidad de enseñanza en la Universidad de
Córdoba se los debo a la gentileza y generosidad del Dr. Silvano Benito
Moya.
[7] Archivo del
Arzobispado de Córdoba (en adelante AAC), Legajo 11, Seminario conciliar de
Córdoba (1620-1910), Libro 3, Documentos varios 1812-1900, s/f.
[8] AAC, Legajo 17,
Visitas canónicas, Autos de la visita 1795-1796, s/f.
[9] AAC, Legajo 17,
Visitas canónicas, Autos de la visita 1795-1796, s/f.
[10] El curato de Santa Cruz de
Livilivi era descripto para 1801 como un Pueblo regular “sin formal población: se halla dividido en dos Jurisdicciones Reales de
Cinti y Tarija, que las deslinda el Rio de San Juan (…) que en toda ella se siembran
y cosechan muchos trigos (…) y barre oro en todo el trecho a cuya margen han
laboreado con no poco fruto en ambos estremos veneros, en años pasados (…) también
produce Maiz, Cebada y Papas; bastante ganado lanar, y muy poco vacuno: Su
gente, españoles y mestizos con algunos indios, y ascienden al numero de 3l Almas”. Descripción del pueblo de Santa Cruz
de Libi Libi por el Teniente Coronel de Infantería de Milicias, y Juez Real
Subdelegado en Cinti, 25 de Agosto de 1801. Aparecida en 1801 en el “Telégrafo mercantil, rural, político,
económico e historiográfico del Río de la Plata”, n° 26, 1° de noviembre de
1801. Disponible en:
https://catalogo.bn.gov.ar/F/?func=direct&doc_number=001218767&local_base=GENER
[11]"Bolivia, registros
parroquiales, 1566-2020," imágenes de base de datos, FamilySearch (https://familysearch.org/ark:/61903/3:1:33S7-9Y3G-WDP?cc=1922463&wc=MXVD-T66%3A216962201%2C217763101%2C217763102%2C217763103
: 26 October 2021), Potosí > Livi-Livi > La Purísima Concepción >
Bautismos 1804-1876 > imagen 202; Arzobispado de Cochambamba (Archbishop of
Cochambamba), Bolivia.
[12] Sección de Estudios
Americanistas Fondo Documental “Monseñor Pablo Cabrera”. Biblioteca Central
“Elma K. de Estrabou” Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional
de Córdoba (en adelante IEA), N° 8727.
[13] Se refiere al cura
de la villa de Tupiza, capital del Departamento de Chichas, cuyo apellido era
La Torre.
[14] Biblioteca de Mayo (1963). Tomo
XIV. pg. 12965. Consultado el 15 de marzo de 2025. Disponible en: https://digitales.bcn.gob.ar/Biblioteca-de-mayo---tomo-14 .
El subrayado me pertenece.
[15] Con las excepciones de Warnes y
Alvarez de Arenales que permanecieron en la región y lideraron guerrillas. Ver:
Morea (2021, p. 54).
[16] IEA, N° 8727. El
subrayado me pertenece.
[17] Citado en Cutolo (1978, p. 256).
[18] Goyeneche
a Pueyrredon. Potosí 4 de octubre de 1812, en Archivo de Pueyrredon, Buenos
Aires,
1912, 1:210. Citado
por: Roca (2011, p. 245).
[19] Archivo General de
la Nación (en adelante AGN), n° 22856, del Archivo de la Biblioteca Nacional de
Buenos Aires, n° 5267, carta fechada en Potosí el 10 de agosto de 1815.
[20]Ravignani,
E.: Asambleas constituyentes
argentinas: seguidas de los textos constitucionales, legislativos y pactos
interprovinciales que organizaron políticamente la Nación; fuentes
seleccionadas, coord. y anotadas en cumplimiento de la Ley (1813-33), Tomo I, Buenos Aires, Peuser, (1937, p. 193; en adelante Asambleas
constituyentes).
[21] En mayo la discusión en el
recinto fue conducida por Gazcon quien “(…)
expuso el diputado Gazcon, que el Dor. D Narciso Dulon, teniente asesor del
gobierno de Potosí, que había hecho la convocatoria para proceder á elecciones
en los partidos que componen la provincia, la había asegurado, que la que se
practicó en el pueblo de Tupiza, fue únicamente de electores, que reunidos en
la villa de Potosí debían verificar el nombramiento de diputados de provincia, y
que para no dislocar el orden que hasta el día se había observado,
especialmente quando el pueblo de Tupiza carecía de ayuntamiento, la elección
hecha de diputados en ella era solamente de electores. Otros señores diputados
añadieron varias reflexiones, que hacían concebir nula dicha elección en caso
de haberse hecho de diputados para el soberano congreso, hasta indicar que el
gobierno de Potosí la había declarado tal, como otras de otros partidos”. En: Asambleas
Constituyentes (1937, p. 213).
[22] “Sucesivamente se leyó una representación del Dr. D.
José Andrés Pacheco de Melo, suplicando al cuerpo soberano se sirviese decretar
su incorporación como a diputado electo por la provincia de Chichas, y algún
auxilio, atentas las erogaciones que ha hecho con motivo de su emigración y
viage a esta ciudad en virtud de orden de la soberanía (…)”. En: Asambleas
constituyentes (1937, p. 222).
[23] Asambleas
constituyentes (1937, p. 237).
[24] Asambleas
constituyentes (1937, pp. 239-240). El subrayado
me pertenece.
[25] Asambleas constituyentes
(1937, p. 240).
[26] Asambleas
constituyentes (1937, p. 246). El subrayado me pertenece.
[27] Asambleas
constituyentes (1937, p. 270).
[28] Asambleas
constituyentes (1937, pp. 259-260).
[29] Sobre el tema se
recomienda la consulta de los trabajos de José Carlos Chiaramonte. Entre otros, ver: Chiaramonte (1997).
[30] Asambleas
constituyentes, 1937, p. 703.
[31] AHPC,
Gobierno, Tomo 280, Copiadores, Año 1821-1823, citado en: Segreti (1958).
[32] AHPC,
Gobierno, Tomo 280, Copiadores, Año 1821-1823, citado en: Segreti (1958).
[33] Pacheco a Bustos, La
Rioja, 10 de agosto de 1821, citado en: Segreti (1961, p. 149). El subrayado me pertenece.
[34] Archivo Funes (1949, p. 197).
[35] El cargo de
comisario al que hace referencia en la carta Pacheco de Melo podría tratarse
del de Comisario de la Santa Cruzada. Esta distinción recaía en España en un “dignatario eclesiástico que por su
nombramiento real y facultad pontificia estaba encargado de los asuntos
pertenecientes a la Bula de la Santa Cruzada. Y Bula de Santa Cruzada se
denominaba a la que concedía las gracias diversas a los cristianos españoles
que contribuían con alguna limosna al culto divino y ayuda de las iglesias
españolas”. Avellá Cháfer (1991, p. 335).
[36] Archivo Histórico de
La Rioja, Fondo JHYL, 1-2-0-5-0. Agradezco a la Dra. Valentina Ayrolo quien me
facilitó esta documentación.
[37] Juan José Castelli,
Juan José Paso, Bernardo de Monteagudo y Mariano Moreno se cuentan entre los
graduados más notorios.
[38] Sobre el tema ver Demélas
(2003); Mazzoni (2019).
[39] Tanto la diócesis de
Tucumán en la que se ordenó sacerdote Pacheco de Melo, como la de La Paz en la
que se desempeñó como cura párroco eran sufragáneas de la Arquidiócesis de La
Plata.
[40] El cura era pieza clave de la
reformación de la feligresía, pues debía “con sus buenos modales, con su
dulzura, con su mansedumbre y caridad llegue a ganar el corazón de sus
feligreses”, para que estos “le amen como a Padre, le veneren como a Superior,
le sigan como Pastor, le oigan como Maestro, y le imiten como a Capitán”, San
Alberto, 1784, pp. 78-79, citado en Castro Flores (2023, p. 6).
[41] Acta
de la Junta Provincial del 16 de agosto de 1821, Archivo y Biblioteca Históricos
de Salta, citado en: Ayrolo y Caretta (2003). El subrayado me pertenece.
[42] Archivo Funes (1949, p. 200).