“´ES ACCIÓN SANTA MATAR A ROSAS`. POLÍTICA
Y RELIGIÓN EN LA CONSOLIDACIÓN DEL ROSISMO”
“ES ACCIÓN SANTA MATAR A ROSAS” (IT
IS A HOLY ACT TO KILL ROSAS): POLITICS AND RELIGION IN THE CONSOLIDATION OF
ROSISMO
Fernando Gómez
Universidad de Buenos Aires
Universidad de General Sarmiento
Argentina
fedagofe@gmail.com
Fecha de ingreso: 17/03/2025
Fecha de aceptación:12/06/2025
Resumen
Distintos autores han resaltado la
sacralización de la política que se verifica en los tiempos en que la provincia
de Buenos Aires fue gobernada por Juan Manuel de Rosas. Profundizando en la
temática, en este artículo analizamos los discursos y las interpretaciones que
el rosismo desplegó luego del fallido intento de homicidio del gobernador
perpetrado en 1841. La lectura oficial remarcó la protección divina sobre Rosas
como la causa central que evitó el magnicidio.
Luego de abordar esta circunstancia puntual relevamos
ciertos discursos de opositores a Rosas, donde se constata la presencia de la
dimensión religiosa en sus postulados y su búsqueda de adhesión política. De
este modo, las apelaciones a la religión trascendían al rosismo y eran
recurrentes para comprender y explicar distintas circunstancias; pero, sobre
todo, para fundamentar el accionar político.
Estos discursos dan cuenta de una matriz
religiosa sobre la cual se inscribía y se desplegaba la política. La búsqueda
de adhesiones tenía a la religión como cartografía para guiarse y como lenguaje
para comunicar, en la medida que las formas de creer en los líderes y en los
proyectos políticos tenía un sólido basamento religioso.
Palabras Clave: Rosismo,
Religión, Máquina infernal, Política, Creencias
Abstract
Several scholars have highlighted the sacralization of
politics that characterized the period when the province of Buenos Aires was
governed by Juan Manuel de Rosas. Building on this discussion, this article
analyzes the discourses and interpretations developed within rosismo
after the failed assassination attempt against the governor in 1841. The
official narrative emphasized divine protection over Rosas as the central
reason that prevented the assassination.
After examining this specific event, the article also
considers certain discourses by Rosas’s opponents, in which the religious
dimension is evident in their arguments and their strategies to gain political
support. In this way, religious appeals transcended rosismo itself and
were recurrent elements for interpreting and explaining various circumstances,
but above all, for legitimizing political action.
These discourses reveal a religious matrix upon which
politics was inscribed and enacted. The quest for followers relied on religion
both as a map to navigate political reality and as a language of communication,
insofar as belief in political leaders and projects was deeply grounded in
religious forms of faith.
Key words: Rosismo, Religion, Infernal
machine, Politics, Beliefs
La sacralización de
la política en los tiempos en que la provincia de Buenos Aires fue gobernada
por Juan Manuel de Rosas ha sido analizada por distintos autores y constituye una
referencia indiscutible en la construcción de la legitimidad y del poder
político, aunque valorada en forma disímil desde diferentes perspectivas (Salvatore,
1996; Di Stefano, 2006; Di Meglio, 2007, Martínez, 2013). Esta sacralización
estuvo dada por expresa voluntad del líder y su grupo de gobierno. Fundamentalmente
en la segunda etapa en que Rosas estuvo al frente de la provincia, cuando se
terminó de imponer el uso de la divisa punzó y se establecieron como membrete
en los documentos oficiales referencias positivas a la “Santa Federación” y negativas
sobre los enemigos, con adjetivaciones religiosas tales como “impíos” o
“herejes”. Sin embargo, la cita con que comienza este artículo proviene del
título de una publicación de uno de sus más encarnecidos opositores: José
Rivera Indarte. Desde las páginas del diario montevideano El Nacional, Rivera Indarte iba a publicar una continua crítica al
gobierno de Rosas poniendo especial eje en la represión sobre los opositores
que llevaba a cabo. En diversos escritos, impulsó el asesinato de Rosas como un
deber religioso. De este modo, podría postularse que la sacralización no era
una fórmula para interpelar a la sociedad desplegada exclusivamente por Rosas y
el oficialismo, sino que formaba parte de los componentes de la política en
general o de un espacio de generación de simbolismos más amplio. Era una forma
de comprender la coyuntura política compartida por intelectuales, líderes, dirigentes
y la comunidad de la época.
Si ampliamos el foco
del análisis, podemos situar asimismo este proceso en una temporalidad amplia
posrevolucionaria para pensar las formas de construir legitimidad luego de la
crisis de soberanía que enfrentó esta región del vasto imperio español.
Asimismo, estos episodios se pueden analizar con una mirada aún más amplia e
inscribir en un ciclo que fue concebido como “era de las revoluciones”
comprendiendo la Revolución Francesa y la Independencia de Estados Unidos. Para
estos dos grandes episodios, vastos análisis trabajaron el nuevo lugar que va a
ocupar la dimensión religiosa dejando atrás las nociones que suponían su extinción.
Así, se ha remarcado, en estudios ya clásicos, la sacralización de las fiestas
revolucionarias en Francia y la construcción de una “religión civil” para el
caso norteamericano (Ozouf, 1988; Bellah 1967).
Volviendo a nuestro
análisis acotado, en este trabajo abordaremos un momento específico de una
coyuntura crítica que atravesó el rosismo. Nos referimos al intento de atentado
contra la vida de Juan Manuel de Rosas que tuvo lugar a comienzos de 1841 por
medio del envío de un paquete en forma de encomienda que contenía un complejo
mecanismo de artillería. Se suponía que quien lo abriera iba a ser asesinado al
momento, pero eso no ocurrió. Este episodio se dio en el contexto de lo que
Halperin Donghi denomina “la gran crisis
del federalismo” y en el marco de una serie de acciones contra el régimen
de gobierno que se pueden remontar al año de 1838 (Halperin Donghi, 1972).
Nos interesa
desarrollar este momento con detenimiento para indagar en torno a las formas de
construir representaciones del poder y buscar consolidar posicionamientos
políticos por parte de las autoridades y sus opositores. Entendemos que la
dimensión religiosa va a ser un eje nodal en las formas de interpelación y de
configuración de marcos explicativos sobre las circunstancias que se atravesaban.
La posible desaparición del líder fue concebida por el gobierno como un evento
crítico de gran magnitud. El personalismo que había desplegado Rosas en los
últimos años había configurado un escenario en el cual su presencia se había
tornado vital e indispensable para sus seguidores. Era el pilar único sobre el
que se sostenía y desarrollaba el proyecto político. Lo mismo ocurría para sus
detractores en sentido inverso: Rosas en persona condensaba el mayor
impedimento a superar para imponer sus ideales. De este modo, el intento de
homicidio generó un “estado crítico”, sobre todo en la ciudad de Buenos Aires y
la recomposición del orden que le siguió demandó al rosismo la puesta en escena
de todo el andamiaje simbólico en disponibilidad. En estos eventos críticos, la
búsqueda de estabilidad y de reconstrucción del momento previo es una constante
por parte de las comunidades que los atraviesan (Visacovsky, 2011, pp. 30-31).
En este caso, como veremos, la dimensión religiosa fue uno de los componentes
claves para la restitución de la armonía tal como se la autorrepresentaban
Rosas y sus seguidores. Más aún, la salida del evento parece haber fortalecido
al oficialismo en términos políticos y simbólicos.
Profundizaremos en
primer lugar en la coyuntura que atravesaba el gobierno de Buenos Aires, luego
nos detendremos en el episodio específico señalado y en las repercusiones que
se le otorgaron y finalmente en las relaciones entre religión y política que se
pueden analizar a la luz de los hechos. Cerraremos en las conclusiones
retomando el papel de la dimensión religiosa en la reconfiguración de un orden
ante la crisis que supuso el intento de magnicidio.
La crisis
del rosismo
A partir de su
segundo gobierno de la Provincia de Buenos Aires iniciado en 1835, Rosas comenzó
a desplegar toda una serie de prácticas que buscaban consolidar el poder en su
figura y anular el disenso político. Estas prácticas iban desde la
consolidación del sistema electoral unanimista hasta el despliegue de la
violencia parapolicial hacia sus rivales (Ternavasio, 1999; Di Meglio, 2007). Asimismo,
estas últimas prácticas cobraban impulso en las coyunturas críticas tal como se
pudo observar en octubre de 1840 y en abril de 1842. Ricardo Salvatore enumera
las oposiciones que debió enfrentar el rosismo y, sin dudas, estas coyunturas fueron
parte del momento más crítico del extenso período de gobierno (Salvatore, 1998).
Luego, Jorge Gelman estudia la crisis de finales de la década de 1830 y
principios de la de 1840 y profundiza en diversas amenazas con distintos
niveles de trascendencia que es preciso reponer para comprender las
circunstancias en las que estaba el gobierno cuando ocurrió el episodio que nos
ocupa (Gelman, 2009). De este modo, en esta etapa, el rosismo terminó de
consolidar su poder político al enfrentar las adversidades con éxito a partir
de resultados militares, pero también de un abroquelamiento de los apoyos
generado con la eliminación de la posibilidad de disenso y con una eficaz
construcción simbólica y política. En esta última, la dimensión religiosa
estuvo presente como expresión de las formas de hacer política de la época,
pero también como constituyente del nuevo orden que se impuso.
Uno de los primeros
signos de los tiempos que empezaban a correr fue lo sucedido con el grupo de
intelectuales conocido como la “Generación del 37”. Como se sabe, el grupo
había comenzado a reunirse en el Salón Literario de la librería de Marcos
Sastre con el fin de poner en común los adelantos y debates de la época. En sus
inicios apoyaban al gobierno. Los autores que estudiaron sus posicionamientos
políticos indican que buscaban ubicarse como parte de la intelectualidad
federal (Wasserman, 1997; Myers, 1998). Sin embargo, en 1838 el periódico que
editaban, titulado La Moda, fue
cerrado por el gobierno. La gran mayoría de los miembros del grupo intelectual
fueron convirtiéndose en opositores y terminaron pasando al exilio. Formarían
luego otro grupo denominado Asociación de Mayo o Asociación de la Joven
Argentina.
Asimismo, en marzo de
1838 comenzó el bloqueo del puerto por parte de navíos franceses. Iba a durar
hasta fines de 1840. En buena medida se trataba de una clásica política
imperial francesa puesto que también un bloqueo en cierto modo similar se había
dado en Veracruz al tiempo que en esos años se había producido la invasión a
Argelia. Gelman y Fradkin indicaron que la búsqueda de nuevos mercados era el
principal impulso que tenían estas políticas por parte del país europeo, a
pesar de los argumentos específicos que giraron en torno a la prisión sufrida
por un ciudadano francés acusado de colaborador de los opositores al régimen. Asimismo,
la diplomacia gala ya venía presionando al gobierno de Buenos Aires para que
los franceses que vivían en el Río de la Plata tuvieran los mismos derechos que
tenían los británicos desde 1825, cuando se había firmado el Tratado de Amistad
en Buenos Aires. El bloqueo francés fue muy significativo porque atentó contra
la mayor fuente de recursos que tenía el Estado de la Provincia: las divisas generadas
por la Aduana de Buenos Aires. La escasa o nula posibilidad de comerciar
impidió la salida de los cueros, el principal bien que se producía para el
mercado internacional siguiendo una demanda creciente desde la habilitación del
puerto en 1778 (Fradkin y Gelman, 2015, pp. 276-277).
Estas circunstancias
afectaron directamente al sector económico vinculado a la producción de cueros,
pero también al Estado de la provincia que empezó a tener la necesidad de
financiar la defensa en el conflicto con los franceses al tiempo que veía
reducida su recaudación. Para buscar incrementar los recursos estatales, el
gobierno tomó la medida de reevaluar el canon de la enfiteusis. Recordemos que
la enfiteusis era una política que se generó a comienzos de la década de 1820 y
consistió básicamente en poner en alquiler las tierras que había sumado el
Estado provincial luego de desplazar a los indígenas y expandir la frontera.
Dichas tierras formaban parte de las garantías que se habían tomado para el
renombrado préstamo con la casa Baring Brothers y, como no se podían vender,
fueron puestas en alquiler por una suma que terminó siendo muy baja por el paso
del tiempo y las devaluaciones ocurridas, sobre todo en el período de la guerra
con el Brasil (1825-1828). En 1838, el gobierno dispuso entonces duplicar el
canon e incluso intentó vender parte de esas tierras. Esta política iba a
afectar directamente a los sectores más altos del mundo rural puesto que eran
quienes habían concentrado el alquiler de las tierras públicas, a pesar de que
la ley original buscaba restringir el acaparamiento. Por esos tiempos también
se produjo la actualización de otro impuesto que había sido creado previamente:
la Contribución Directa. Se trataba de un impuesto a la riqueza que no tenía
una buena tasa de recaudación debido a que se cobraba sobre lo que los
propietarios mismos declaraban poseer. El gobierno modificó esta situación y
resolvió enviar funcionarios a censar los bienes y las propiedades en el ámbito
rural. También sumó a las tierras en calidad de enfiteusis que no estaban en la
primera formulación de la Contribución Directa. Con estos cambios, en el ámbito
rural, centro del apoyo rosista, se iban a sentir repercusiones que
complicarían al gobierno (Gelman y Santilli, 2006).
En el espacio urbano
la situación no era mejor. A finales de 1838 el rosismo había recibido un
fuerte respaldo público en el acompañamiento de la población producido en los
funerales de Encarnación Ezcurra que había fallecido el 20 de octubre de ese
año. Sin embargo, poco tiempo después se conoció en la ciudad la noticia de que
Fructuoso Rivera, el presidente del Uruguay y líder opositor, había declarado
la guerra a Buenos Aires, impulsado por los franceses que mantenían el bloqueo.
Si bien los ejércitos de Rivera iban a ser derrotados en el litoral por las
fuerzas federales, la situación se mantuvo enrarecida y en junio de 1839 cobró
su máximo auge cuando se descubrió una conspiración para asesinar a Rosas y
derrocar al gobierno en la que participaban muchos de los miembros de la élite
y del elenco político rosista. El coronel Ramón Maza fue apresado acusado de
ser uno de los cabecillas con el aliciente de que su padre Manuel Vicente era
el presidente de la Legislatura. Ramón Maza formaba parte de un pequeño grupo
de jóvenes de la élite que, en un comienzo, habían planeado eliminar a Rosas pero
que luego se habían propuesto impulsar un alzamiento militar generalizado. Cuando
buscaban adhesiones, llegó la delación del plan. Luego, siguió el
encarcelamiento inmediato de Ramón Maza y el asesinato de su padre Manuel Vicente
Maza en manos de la Mazorca. Di Meglio indica que este fue el primer asesinato
de esta agrupación sobre la que luego volveremos. Después del asesinato de Manuel,
su hijo Ramón iba a ser condenado a muerte por parte de Rosas. El
descubrimiento de la conspiración y su desarticulación fueron celebrados con
fiestas y banquetes e incluso el retrato de Rosas fue paseado por la ciudad
además de expuesto en la Iglesia de la Merced (Di Meglio, 2007, p. 165). En los
días siguientes se publicaron en La
Gaceta Mercantil sucesivos mensajes de apoyo a Rosas donde sobresale, entre
otras cuestiones, la continua apelación a la dimensión religiosa para explicar
el descubrimiento de la conspiración, una práctica que se iba a repetir, tal
como luego veremos. El 6 de agosto, se publicaba una carta enviada por Estanislao
Vigorena, Sargento Mayor de la jurisdicción del Tuyú, que señalaba:
el
Todo Poderoso protege de un modo tan visible la justicia de nuestra Santa
Causa, que a pesar del empeño con que los traidores unitarios tienden sus redes
tenebrosas son descubiertas, y los pone de manifiesto al sabio tino con que V.
E. dirige los altos destinos de nuestra amada Patria, y cuando más se crean en
el logro de sus infernales maniobras descarga la Divina Providencia el golpe de
la justicia sobre sus abominables cabezas[1].
Ese mismo año, se
iban a generar dos frentes de conflicto a mayor escala. Por un lado, se iba a
producir un levantamiento rural en el Sur de la campaña de Buenos Aires. Por el
otro, la llegada de un ejército desde Entre Ríos, liderado por Juan Lavalle,
con el objetivo de desplazar a Rosas y tomar el control de la provincia.
El levantamiento iba
a ser conocido como la rebelión de los “Libres del Sur”. Su líder iba a ser el
coronel Manuel Rico, nombrado por los rebeldes como Comandante General de
Milicias. En un trabajo donde analizó este levantamiento con rigurosidad, Jorge
Gelman ha indicado que el perfil social de los rebeldes se correspondía con los
sectores más altos de la campaña. Por lo tanto, los líderes parecen haber
estado entre los dirigentes y estancieros del sur de Buenos Aires, lo que había
sorprendido al propio Rosas, puesto que era la zona de reciente ocupación donde
suponía tener un respaldo sólido a sus políticas. Los rebeldes indicaban en sus
proclamas que se enfrentaban al gobierno por su tiranía, si bien se trataba de
un argumento político no dejaba de vincularse con los problemas económicos que
había traído la guerra junto con el reclutamiento. Sobresalían las decisiones
que se habían tomado en términos impositivos que, como señalamos, afectaban al
mundo rural en términos económicos no menos que el bloqueo del puerto (Gelman,
2012).
Por su parte, la
campaña de Lavalle se hizo presente en Buenos Aires en agosto de 1840, cuando
desembarcó en Baradero junto con sus tropas. Los apoyos iniciales que recibió
en distintos pueblos se fueron tornando más escasos a medida que se acercaba al
centro de poder. El punto de quiebre fue cuando se estacionó en el partido de
Merlo, cerca del Puente de Márquez sobre el Río de las Conchas, justamente el
lugar donde había sido derrotado en 1829. Allí, comenzó a ser hostigado por
partidas locales y terminó de resolver la retirada, más aún cuando le llegó la
noticia de que era probable que los franceses no continuaran apoyándolo porque
estaban en tratativas con el gobierno para levantar el bloqueo. A fin de
cuentas, el propio Lavalle terminó por reconocer, en cartas a su esposa, que
los apoyos recibidos en ciertos pueblos provenían de las élites, pero las
clases populares no compartían dichas posturas. El 12 de octubre de ese año, le
escribía a Dolores Correas y Espíndola: “los
triunfos de este ejército no hacen conquistas sino entre la gente que habla, la
que no habla y pelea nos es contraria y nos hostiliza como puede. Este es el
secreto origen de tantas y tan engañosas ilusiones sobre el poder de Rosas”[2].
Desde ese momento en adelante, la retirada de Lavalle hacia el Norte no se
detuvo. Sus fuerzas se fueron reduciendo y él mismo fue asesinado en Jujuy: su
cuerpo no fue abandonado por sus seguidores, que lo llevaron a cuestas hasta
Bolivia antes de ser trasladado a Valparaíso, Chile.
A fin de ese año de
1840, se iba a firmar el acuerdo por el cual los franceses levantaron el
bloqueo del puerto. Sin embargo, los ánimos iban a seguir complejos y la
violencia ya formaba parte de la política del momento. Los opositores de la
época han destacado la crueldad ejercida en tiempos de Rosas, fundamentalmente
en el segundo gobierno, como un elemento central e incluso cierta
historiografía ha retomado esos planteos como eje explicativo (Lynch, 1984). En
esos trabajos la Mazorca toma un lugar central. Con la intención de
problematizar estas perspectivas clásicas, Gabriel Di Meglio estudia la
temática e identifica a la organización como un grupo parapolicial que estaba
compuesto por miembros de la Sociedad Popular Restauradora y funcionó en Buenos
Aires entre 1835 y 1842 amedrentando a quienes se oponían a Rosas (Di Meglio,
2007, p. 12). Todo indica que la Sociedad Popular Restauradora era la
agrupación conocida y visible, mientras que la Mazorca era mucho más pequeña y,
por el contrario, funcionaba en forma oculta o clandestina. La primera había
sido fundada por la esposa de Rosas, Encarnación Ezcurra, por sugerencias de Tiburcio
Ochoteco, quien se habría inspirado en las sociedades patrióticas de Cádiz que
tuvieron lugar durante la revolución liberal de 1820, donde había vivido.
Di Meglio indicó asimismo
que los niveles de participación pública y de acción de la Mazorca fueron
variables siendo dos los momentos en los cuales la organización desplegó una
escala de violencia significativa sobre la ciudad con el asesinato de
opositores al gobierno: octubre de 1840 y abril de 1842 (Di Meglio, 2007, p. 13).
Justamente la “máquina infernal” llegó a Buenos Aires en el medio de estos
momentos y podemos situarla como una comprobación de la generalización de la
violencia en las formas de pensar la política.
Los
opositores a Rosas y el intento de asesinato
La posibilidad de
cometer un magnicidio estaba presente entre los opositores al rosismo. Un
atentado contra Rosas era una forma directa de resolver el nodo central de los
problemas que se identificaban generados a partir exclusivamente de su persona.
En cierto modo, era una forma de comprender el proceso político que
identificaba al líder como el centro unívoco de lo que acontecía. Durante la
década de 1820, buena parte del grupo opositor al rosismo había conformado el
elenco político dirigente o, al menos, había estado vinculado a él debido a su
pertenencia a la élite urbana. Esta cercanía a las esferas de poder y a los
espacios de toma de decisiones puede haber generado a su vez una percepción del
funcionamiento de las dinámicas políticas que sobrevaloraba el papel de la
voluntad de las figuras políticas más relevantes. Desde esta concepción, se minimizarían
explicaciones más estructurales que vincularan las derivas políticas con la
evolución económica, cultural y social, quedando este análisis en numerosas
ocasiones restringido a los intelectuales[3].
En definitiva, no es extraño encontrar la idea de eliminar físicamente al
opositor entre los caminos a seguir por parte de los antirrosistas.
El episodio de 1841
se podría ubicar asimismo dentro de los análisis sobre la violencia política a
lo largo de la historia. Este subcampo tiene innumerables ramificaciones con debates
y sólidos trabajos realizados para diferentes etapas históricas, sobresaliendo
los momentos de configuración de la estatalidad en la segunda mitad del siglo
XIX (Sábato, 2008; Macías, 2018) y las producciones sobre historia reciente y
la violencia impartida desde el Estado (Romero, 2003; Franco, 2012;
Bohoslavky-Franco, 2020). No es nuestra intención avanzar en esa dirección,
pero sí contextualizar lo ocurrido.
Como mencionamos, las
perspectivas tradicionales que analizaron al rosismo marcaron el terror y la violencia como un eje
sustancial en su configuración política. Sin embargo, en las conclusiones de su
ya clásico Revolución y Guerra, Tulio
Halperin Donghi señala que el proceso era más amplio y que luego de la
Revolución de Mayo había comenzado a incrementarse la violencia. Para Halperin,
antes de la llegada de Rosas al poder, y en buena medida debido a la
militarización generalizada, se podía advertir un avance de la “brutalidad en las relaciones políticas y no
solo políticas” (Halperin Donghi, 1994, p. 383). Más aún, la obra finalizaba
remarcando que “la Argentina rosista, con
sus brutales simplificaciones políticas, reflejo de la brutal simplificación
que independencia, guerra y apertura al mercado mundial habían impuesto a la
sociedad rioplatense, era la hija legítima de la revolución de 1810”
(Halperin Donghi, 1994, p. 404). De este modo, el acontecimiento que analizamos
se puede situar dentro de una época de violencias más amplias por lo que, como
señalamos, era posible para ciertos grupos políticos avanzar en la concreción
del asesinato de Rosas. Sin embargo, llegar a tener contacto directo con el
gobernador para cometer el asesinato no era una tarea simple, si bien Rosas
siempre había sido reticente a las exposiciones públicas, luego de la muerte de
su esposa su reclusión se había agudizado. De todas formas, incluso de haber
logrado una entrevista o un contacto directo en la escena pública, no cabían
dudas que los riesgos a los que se exponía quien intentase ultimar a Rosas eran
muy altos y era bastante probable que el costo fuera su propio padecimiento.
Ante este panorama, se habría gestado la posibilidad de atentar contra el líder
sin exposición directa, por medio de una encomienda que no generase dudas en el
receptor.
Si enfocamos el
episodio en una perspectiva amplia, encontramos que hubo distintos intentos de
magnicidio en otras latitudes durante la primera mitad del siglo XIX. Por
mencionar algunos, en la navidad de 1800, un grupo de conspiradores franceses
trató de matar a Napoleón Bonaparte, en ese momento Primer Cónsul. El plan
tenía como eje la explosión de un carro tirado por un caballo que tenía en su
interior un barril con pólvora, metralla y municiones suficientes como para
asesinar al líder cuando pasara a su lado al dirigirse desde las Tullerías a
una función teatral a la que se había anunciado que concurriría. Sin embargo,
el intento fracasó al parecer porque Napoleón no se dirigió como lo hacía
habitualmente con una escolta que anticipaba su llegada y la detonación tuvo
lugar después de que había pasado (Ríos, 2023). Murió una niña y hubo heridos y
daños materiales diversos pero la explosión no cumplió su cometido. La policía
francesa logró dar con la red que había tramado el atentado y desmantelarla:
asimismo, Napoleón utilizó el hecho políticamente y reprimió a sus opositores.
Rápidamente, se conoció como “máquina infernal” al carruaje preparado para la
ocasión (Andrews, 2016: p. 275).
Más cercano en el
tiempo, fue muy renombrado el intento de asesinato del presidente de Estados
Unidos, Andrew Jackson. El agresor, Richard Lawrence, actuó en forma directa el
30 de enero de 1835 cuando lo esperó en las cercanías del Capitolio y al verlo
sacó un arma de fuego con la que le intentó disparar pero no salieron las
balas. Más aún, Lawrence sacó otra arma, pero tampoco le funcionó y el propio
Jackson se defendió con su bastón antes de que el agresor fuera reducido y apresado
(Oliver y Marion, 2010, p. 7). Se trató del primer intento de asesinato de un presidente
norteamericano.
Ese mismo año de 1835,
se produjo otro hecho que se ha tomado como el más relevante antecedente
directo del intento de asesinar a Rosas. Se trata del fallido intento de
asesinato del Rey de Francia, Luis Felipe de Orleans, ocurrido en el verano
parisino de 1835. Por un lado, fue pensado como inspirador por el formato del
episodio y del objeto pergeñado. Por otro lado, encontramos que el hecho fue
muy conocido en el Río de la Plata. Jorge Bohdziewicz, quien ha estudiado con
detenimiento los hechos ocurridos en torno a lo ocurrido con la “máquina
infernal”, se tomó el trabajo de relevar el episodio en Francia e indicó que era
muy posible que quienes perpetraron el fallido atentado contra Rosas hubieran tenido
conocimiento de lo sucedido allí.
En concreto, el 28 de
julio de 1835 el Rey Luis Felipe de Orleans pasaba revista a las fuerzas
militares junto a una comitiva numerosa compuesta por el Estado Mayor, parte de
la alta nobleza y parte de su familia, cuando sufrió una tentativa de homicidio.
Mientras circulaban por el Boulevard du Temple, se escuchó una potente
detonación proveniente de una casa de dos plantas justo enfrente de donde
pasaban las autoridades. A pesar de la confusión inicial y la dispersión de los
caballos y las personas, en seguida se comprendió lo ocurrido: había caído en
simultáneo y desde una ventana una ráfaga de balas sobre el Rey y su séquito.
En el incidente hubo 17 fallecidos, entre ellos, el General La Chasse de
Vérigny y el Mariscal Mortier, Duque de Trevisa. Sin embargo, el Rey salió
indemne.
Se trató de una sola
ráfaga de metralla y no se divisaban francotiradores, por lo tanto, la policía
rápidamente buscó reconocer la edificación. Allí encontraron y detuvieron a un
sujeto que tenía ciertas heridas producto de las detonaciones. Luego de una
serie de investigaciones, se lo reconoció como Giuseppe Marco Fieschi, quien
además habría contado con otros 4 cómplices. Fieschi y otros dos sujetos fueron
ejecutados. Más allá de estas circunstancias, nos interesan dos cuestiones
importantes. En primer lugar, el objeto utilizado: se trataba de un dispositivo
con 25 cañones de fusil dispuestos en forma paralela en una de las ventanas con
una base de madera similar a una estructura de una mesa con la inclinación
necesaria para hacer blanco sobre la calle. Los cañones estaban preparados para
tener un accionar de conjunto de forma tal que la metralla saliera en el mismo
instante como un reguero de balas sobre la comitiva aumentando sus posibles
blancos. Como luego veremos, tenía entonces distintos elementos que se repetirían
en el dispositivo creado en el Río de la Plata y fue rápidamente caratulado
como “máquina infernal” (Bohdziewicz, 2024).
La segunda cuestión
que nos deja el atentado de 1835 en Francia es su repercusión. Lógicamente, la
prensa parisina siguió el caso con detalle, pero también se conoció rápidamente
en otros lugares del mundo. Uno de ellos fue justamente el Río de la Plata, en
sus dos orillas: Buenos Aires y Montevideo. La publicación El Museo Americano transmitió en su número 33 un relato
pormenorizado de lo ocurrido al que sumó imágenes de la casa desde donde habían
partido las detonaciones y de la máquina preparada para tal fin. También se
publicó un retrato de Fieschi, el encargado de ejecutar el funcionamiento del objeto
y una biografía reconstruida a partir de lo que distintos diarios parisinos
habían resaltado siguiendo la investigación policial[4].
El caso cumplía con los requisitos necesarios para ser periodísticamente
atractivo, La Gaceta Mercantil se
preocupó especialmente por recoger la información que surgía en periódicos
internacionales y reproducirla. En distintos números, se narró el atentado, la
biografía de su perpetrador y el desarrollo del juicio hasta la condena y
ejecución de los culpables[5].
También el Diario de la Tarde replicó
esta última noticia[6].
Más aún, el caso fue seguido por el diario montevideano El Nacional, lo que indica que los exiliados por el rosismo que se
encontraban en la Banda Oriental también estuvieron al tanto de las
circunstancias[7].
Esto no es menor, en la medida que el dispositivo preparado para asesinar a
Rosas fue ideado y confeccionado en Montevideo.
Recordemos que los
sectores unitarios exiliados de Buenos Aires habían comenzado a llegar a partir
de 1829, luego de los fallidos acuerdos políticos entre Lavalle y Rosas. A
ellos se habían sumado, en diferentes momentos, diversos opositores a Rosas que
iban encontrando amenazada su presencia en Buenos Aires. Como indicamos, en
1838 había llegado el turno de los jóvenes que se habían nucleado en torno al
Salón Literario, quienes se vincularían con los unitarios conformando un amplio
espacio opositor al rosismo.
Desde su llegada al
Uruguay, los unitarios habían mantenido una firme voluntad de derrocar al
gobierno de Buenos Aires. Ignacio Zubizarreta identifica la creación de una
sociedad secreta en 1835-1836. Este grupo se mandaba mensajes cifrados para
evitar su intersección y conspiraba activamente contra Rosas (Zubizarreta,
2009). Por lo tanto, si consideramos el lugar que tenía la Banda Oriental en el
escenario político rioplatense no es de extrañar que el intento de asesinato
que iba a ser conocido como la “máquina infernal” partiera de dicha plaza. La
presencia de los opositores al rosismo en connivencia con el gobierno del
presidente Rivera representaba el principal espacio opositor a Rosas en la
época.
La
“máquina infernal” en escena
El dispositivo
conocido como la “máquina infernal” era en sí mismo una caja de madera. La
mayoría de los relatos indican que la Sociedad Real de Anticuarios del Norte de
Copenhague le había enviado la caja Rosas a través del Cónsul de Portugal en
Montevideo. El envío había existido, pero posiblemente quienes lograron dar con
él cambiaron incluso el contenido que había remitido la Sociedad. Originalmente,
la encomienda contenía una serie de papeles oficiales.
Uno de los primeros
interrogantes que surge gira en torno a la Sociedad que realizó el envío. ¿Por
qué Rosas iba a recibir ese material sin desconfiar de lo que contenía? En este
sentido hay que recordar que las primeras Sociedades de Anticuarios eran
espacios de reunión de sectores ilustrados que habían comenzado a constituirse
en Gran Bretaña. A mediados del siglo XVIII, la Sociedad de Anticuarios de
Londres había recibido el respaldo de la corona. En tiempos previos a la
consolidación de los Museos y de las Ciencias Sociales como disciplina
profesional, se trataba de un espacio de fomento del conocimiento histórico en
términos científicos e ilustrados que concitaba el interés de ciertos sectores
de las élites.
La Sociedad Real de
Anticuarios del Norte había sido fundada en 1825 y tenía como principal objetivo
“la publicación e interpretación de las
obras islandesas, y de la antigua literatura del Norte”[8].
Sus estatutos remarcaban que la difusión de las sagas islandesas se proponía
dar a conocer la literatura nacional entre los habitantes de la región y promocionarla
a los “sabios extranjeros”. Los
materiales se iban a divulgar en varios idiomas por medio de publicaciones
periódicas. Asimismo, con los fondos que se recaudaran la Sociedad solventaría
expediciones exploratorias hacia Groenlandia. Como vemos, se trataba de una
iniciativa que se correspondía con lo que estaba ocurriendo en el incipiente
desarrollo de la ciencia de la época. Quizás lo más importante para resaltar en
nuestro análisis es que la Sociedad permitía la participación de extranjeros
entre sus miembros, a quienes se les enviaría un diploma en reconocimiento de
su pertenencia y luego las publicaciones que irían editándose. De hecho, en el
Río de la Plata la Sociedad tenía un agente: Juan H. C. Tiedge[9].
De este modo, no es
extraño encontrar que el letrado Pedro De Ángelis y el propio Juan Manuel de
Rosas analizaran la posibilidad de convertirse en miembros de la Sociedad. En
su estudio sobre la temática, Jorge Bohdziewicz detalla los intercambios de
Rosas con los directivos de la Sociedad para constituirse como miembro
Protector (Bohdziewicz, 2024, pp. 25-26). De este modo, la encomienda recibida
se inscribía en una serie de intercambios epistolares y, por ende, no despertó
mayores sospechas.
El envío llegó
entonces a Montevideo desde Copenhague conteniendo impresos de la Sociedad y un
diploma de reconocimiento para Rosas. Cayó en manos de los opositores a Rosas
que modificaron el paquete por la caja con el dispositivo para asesinar a quien
le diera apertura. La nueva encomienda cruzó el río y llegó a Buenos Aires el
22 de marzo. Diversos testimonios indicaron luego que había llegado remitido
por el Cónsul General de Portugal en Montevideo, Leitte Acevedo. Sin embargo, Bohdziewicz
resalta que esta información formaba parte de la adulteración que habían hecho
quienes intervinieron la caja puesto que su destinatario original era H.
Mandeville, a quien le encomendaban que se la entregara a Rosas (Bohdziewicz,
2024, p. 27). Lo mismo habría ocurrido en cuanto a su contenido, puesto que se
indicaba que tenía dentro unas medallas en lugar de los papeles que
originalmente traía, posiblemente para disimular el excesivo peso que había
cobrado una vez que se montó en su interior la estructura de los múltiples
cañones de bronce.
En definitiva, un
edecán de la diplomacia francesa llamado Bazin (o Bassin) lo llevó a la casa de
Rosas el día 25 de marzo indicando que lo había recibido junto con una carta
del Cónsul con la instrucción de entregarlo al gobernador. Se lo dio en manos a
Manuelita, quien recibió el paquete en medio de una recepción de distintas
personalidades que se habían acercado a saludarla, porque era el día de
nacimiento de su difunta madre, Encarnación Ezcurra, quien hubiese cumplido 46
años.
Se trataba de una
caja de caoba fina cubierta por una funda de paño blanco. Manuelita la dejó en
la sala y luego llevó el paquete directamente a Rosas, quien no le prestó mayor
atención y lo dejó a un lado. La hija del gobernador insistió en su apertura, para
recibir por respuesta que se ocupase ella y luego le indicase del contenido.
Así lo hizo, según su testimonio, en su cuarto junto a su amiga Telésfora
Sánchez y con la presencia de su mucama Rosa Pintos. Al poner la llave de
apertura, se escuchó inmediatamente un sonido metálico y se abrió la caja. Se
descubrió en su interior un dispositivo extraño con dieciséis cañones de bronce
prolijamente distribuidos en círculo. Años más tarde, Manuelita indicaría que
no había comprendido inmediatamente de qué se trataba. Luego se la habría
llevado a su padre alertándolo sobre lo ocurrido. Rosas y sus colaboradores
advirtieron el riesgo al que se había expuesto Manuelita, luego de revisar el
aparato detectaron que cada cañón tenía dos, tres y cuatro balas que debían
detonarse a partir de un mecanismo complejo compuesto de resortes que se
activarían ante las vueltas de la llave. Había fallado[10].
Tras del atentado
fallido, lo primero que se buscó fue aclarar lo ocurrido. Rosas mandó a llamar
a Arana en cuanto se dio cuenta que se trataba de un artefacto para asesinarlo,
y éste, al Mayor Paredes, que lo llevó a la casa de Arana donde un armero al
parecer llamado Richards lo desarmó y constató sus fines. Arana convocó a la
diplomacia francesa para que de las explicaciones del caso. Recordemos que el
tratado que ponía fin al bloqueo y las hostilidades se había firmado hacía
pocos meses atrás y, por tanto, el hecho tenía una gravedad inusitada. Los
altos mandos consultaron a Mr. Bassin sobre lo ocurrido. El edecán francés que
había llevado la caja a manos de Manuelita se desligó, indicando que no tenía
conocimientos de lo que contenía la caja que había simplemente trasladado. Se
dispuso entonces que cruzara el Río de la Plata desde Buenos Aires hacia
Montevideo a pedir explicaciones al Cónsul de Portugal, quien a su vez viajaría
luego a Buenos Aires para dar las explicaciones del caso y transmitir que
habían tomado su nombre y falsificado sus firmas de forma tal que no estaba
para nada involucrado en las circunstancias. A fin de cuentas, rápidamente se
tuvo en claro que los extranjeros no formaban parte directamente del intento de
atentado y que habían sido utilizados por los opositores al rosismo que habían
ideado el dispositivo.
No faltaron asimismo
quienes postularon que todo era un montaje ideado por Rosas. En el periódico
montevideano El Nacional, el episodio
apareció narrado como una “patraña de
Rosas”, es decir como una secuencia de hechos que había fraguado el
gobernador de Buenos Aires para lograr apoyos políticos y “hacerse reelegir a visa o para asesinar a algunos inocentes”[11].
El periódico no ahorraba en acusaciones directas y adjetivaciones negativas
sobre Rosas. Justamente uno de sus redactores, José Rivera Indarte, iba a ser
considerado el autor central del atentado.
El gobierno de Rosas
tomó como responsable político a Fructuoso Rivera, el presidente uruguayo
opositor que le había declarado la guerra a Buenos Aires tiempo atrás. En la
Sala de Representantes el discurso oficial así lo indicó a fin de año: “El bandido vil del Estado Oriental atentó,
por una máquina infernal, contra una vida preciosa a la Confederación.
Consumarse debió el designio atroz. Sólo la Divina Providencia pudo salvar a S.
E. y a su virtuosa hija”[12].
Más allá de la
responsabilidad política, las sospechas acerca de la construcción del
dispositivo cayeron sobre distintos sujetos vinculados al grupo de exiliados y
principalmente en la figura de José Rivera Indarte, quien habría sido el
ideólogo del intento de homicidio tal como indicamos. Años después, saldría en La Gaceta Mercantil una declaración de
su hermano, Juan Rivera Indarte, en la que daba cuenta de la culpabilidad de
José a partir del testimonio de un librero, quien habría tenido en su comercio
la caja en la noche previa a su partida a Buenos Aires[13].
Juan había pasado de bando alejándose de los opositores al rosismo para recaer
en el grupo oriental liderado por Oribe y vinculado a Rosas mientras que José
ya había fallecido hacía unos años. Sobre éste último, volveremos luego.
Retomando los hechos,
vemos que pocos días después de lo ocurrido, una vez que se tuvo medianas certezas
en torno a quienes habían impulsado el intento de homicidio, empezó a circular
una potente interpretación de los hechos. Por un lado, se acusaba directamente
al gobierno de Uruguay y a los unitarios que estaban en Montevideo con los
epítetos tradicionales, a los que se sumaba el de “asesinos”. Por otro lado, se
ponía el foco en explicar porqué la máquina no había funcionado. En este punto
no cabían dudas, había sido el “todopoderoso” o la “divina providencia” la
causa central del impedimento para que ocurriera la muerte de Rosas. Según los
recuerdos de Manuelita, ella y su amiga se habían salvado por la “Divina Providencia” y el propio Rosas le
había dicho “Dios es justo” y había agregado
en ese momento “hija mía, demos
fervientes gracias al Divino Ser, que con tanta bondad nos ha salvado con su
suprema protección”[14].También
Manuelita atribuía a Rosas la denominación de “máquina infernal” que iba a ser
la forma de referirse al objeto en adelante.
La intervención
divina aparece replicada en todas las referencias de la época que intentaron
explicar lo acontecido en los periódicos de Buenos Aires. Más aún, en una
comunicación privada, Felipe Arana relató el episodio al Cónsul Jorge Dickson
indicándole que habían sido los “Salvajes
Unitarios” de Montevideo quienes habían atentado contra la vida del
Gobernador “desesperados por ver
malogradas todas sus empresas”. Y continuaba relatando el desenlace: “pero la Providencia que vela muy
especialmente sobre este hombre singular (el General Rosas) ha burlado tan
brutal atentado inutilizando de un modo inexplicable los alevosos tiros de
aquellos malvados”[15].
De este modo, la dimensión religiosa es clave para comprender y explicar lo
ocurrido. Es interesante resaltar que ésta era una carta privada de una de las
más altas autoridades. Es decir, que no buscaba generar impresiones públicas.
Como veremos luego, el discurso público rosista también iba a apelar
públicamente a la intervención divina para explicar lo ocurrido y esto fue interpretado
por sus opositores como una mera utilización que pretendía manipular voluntades
cuando en realidad no representaba el más profundo pensamiento de los
dirigentes. Para los opositores, el rosismo no era religioso y sólo utilizaba
la religión. Evidentemente, este no sería el caso de Arana.
La interpretación de
los hechos en esta clave se propagó, al tiempo que se exponía el objeto. La
caja se convirtió entonces en la “máquina infernal”, ocupando el lugar de
evidencia contundente y palpable sobre lo que eran capaces de hacer los
enemigos del gobierno, pero sobre todo de la protección divina que recaía sobre
Juan Manuel de Rosas y su hija. Así, un día después del cumpleaños de Rosas, el
31 de marzo, se expuso lo acontecido junto con la pieza. Antonio Díaz, quien
había sido funcionario de Oribe, convocó para la noche del 31 a un baile en
honor a Manuelita en su mansión, que terminó siendo multitudinario con la
presencia de la élite del momento en el patio de su casa engalanado con una “decoración con banderas y arcos, e
iluminación con 158 lámparas y una larga y brillante estrella”[16].
Como era habitual, el
gobierno envió luego circulares a los Jueces de Paz informando lo acontecido,
insistiendo en esta ocasión en la intermediación divina. La Sociedad Popular
Restauradora comenzó a organizar celebraciones y convocó a la Iglesia Catedral
para el 18 de abril indicando que se iba a celebrar un Te Deum. Hubo misas y festejos en Santos Lugares, donde estaban
acantonadas las tropas, y en diversas parroquias de la ciudad (Bohdziewicz,
2024, p.78).
Las
celebraciones públicas
Un punto álgido de
los festejos se iba a dar en las Fiestas Mayas de ese año. Recordemos que estas
fiestas tenían lugar desde 1811 y celebraban el aniversario de la Revolución de
Mayo, al comienzo titulando al acontecimiento como “Regeneración política”. En un
trabajo previo he analizado cómo estas fiestas se constituyeron en la principal
celebración que se desarrollaba en Buenos Aires luego de 1810, desplazando así
de ese lugar a la fiesta del Santo Patrono, San Martín de Tours, que tenía
lugar el 11 de noviembre (Gómez, 2011). Sin embargo, las formas que había
tomado la fiesta claramente suponían una continuidad en términos celebrativos,
de manera tal que la tradición religiosa ahora componía una ceremonia cívica,
tal como lo había anticipado Tulio Halperin Donghi cuando indicó que las
Fiestas Mayas eran el “momento culminante
de la nueva liturgia revolucionaria”. Más aún esta celebración iba a estar
destinada a mantenerse y perdurar constituyéndose como el “máximo festejo colectivo conocido en Buenos Aires” (Halperin
Donghi, 1994, p. 173).
De este modo, las
Fiestas Mayas suponían un acontecimiento central en el calendario de la ciudad.
Con la asunción de Rosas y hasta 1836, continuaron realizándose como en el
período precedente, de manera tal que contaban con una fuerte herencia de los
festejos organizados durante la era rivadaviana. Esta herencia generaba en el
régimen y en el propio Rosas cierta incomodidad que lo llevó a evitar su
participación por un lado y a restarle trascendencia, por el otro. El único
festejo del 25 de Mayo que presenció Rosas fue en 1832 cuando su figura se
encontraba en el centro de las disputas políticas del partido federal (entre
seguidores y opositores). Esta política hacia los festejos denota una vacancia
del régimen a la hora de generar dispositivos simbólicos que lo representaran,
pero también una marcada debilidad en relación con lo que se iba a vivenciar
luego, en los futuros momentos del gobierno rosista.
El cambio en las
formas de celebrar llegaría en las Fiestas Mayas a partir de 1836, comenzando a
reflejar el cambio que se había dado a partir del arribo de Rosas al poder en
1835, cuando consolidando su gobierno comenzaba a desarrollar una política
hegemonizante. En el plano simbólico, se generarían una serie de premisas
comunicativas que lógicamente tendrían a las Fiestas Mayas como lugar
privilegiado tal como lo habían hecho los gobiernos anteriores. De este modo,
el rosismo pasó de cierta inercia que lo llevaba a continuar con una idea
celebrativa previa, a gestar una resignificación del 25 de Mayo y de las
Fiestas Mayas. Dos hitos en esa dirección fueron un discurso que pronunció
Rosas en 1836, resignificando el lugar de la Revolución de Mayo, y las Fiestas
Mayas de 1838, en las que se dio participación central a las clases populares.
Esta política positiva delineó una nueva forma de realizar las Fiestas Mayas
que los opositores al régimen iban a denostar.
En 1841, las fiestas
tuvieron lugar dos meses después del intento de homicidio que venimos
analizando. Se repitieron una serie de elementos que ya venían teniendo las
fiestas. Así, hubo ciertas continuidades con los años previos: Rosas no
concurrió y fue reemplazado por el Ministro de Hacienda, Manuel de Insiarte,
quien participó del Te Deum. Como
también solía ocurrir, las tropas nuevamente formaron en la Plaza de la
Victoria para luego dirigirse hacia la casa de Rosas a vivar a la Confederación
y al Gobernador conjuntamente con una numerosa concurrencia que los siguió. En
cuanto a las decoraciones, la Pirámide situada en el centro de la Plaza fue adornada
y la ciudad en general “estuvo
embanderada con banderas federales”[17]. Una
noticia que aumentó el clima de festejos fue el resultado de una escaramuza
naval que el 24 de mayo de ese año se dio entre la escuadra de Brown y la flota
de Montevideo. Los periódicos comentaron el incidente como un triunfo rotundo y
no ahorraban elogios para el Almirante[18].
De todos modos, la
mayor algarabía popular iba a darse con los fuegos artificiales que anticiparon
la presencia y exhibición de la caja ya conocida como “máquina infernal”. Su
aparición estuvo acompañada de un espectáculo particular: se presentó debajo de
una cabeza de utilería gigante que representaba a quien ya todos ubicaban como el
artífice del atentado: José Rivera Indarte. A continuación, una paloma
artificial se deslizó por el aire desde la Policía hasta la figuración de la cabeza
y al tomar contacto se produjo un estallido y posteriormente la cabeza se
prendió fuego dando lugar a la algarabía general[19]. Esta
figura nos recuerda los gigantes y cabezudos que recorrían la ciudad en la
época colonial en Corpus Christi.
La escenografía
simbolizaba sin matices el destino que esperaba a quienes atacaban al rosismo. La
divinidad, a su vez, los atacaría protegiendo al gobierno. Recordemos que la
paloma representaba al Espíritu Santo tal como se expresa en la Biblia en los Evangelios
cuando se refieren al bautismo de Jesús en el Río Jordán. El Evangelio de Lucas
señalaba que en ese momento “descendió el
Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma” (Reina – Valera,
1960; Lucas, 3-23). La puesta en escena era sumamente impactante y generaba una
indiscutible atracción general en la medida que componía una extravagante
novedad para la fecha, sobre todo por la resolución final de la representación
que se daba frente a los espectadores y conformaba un atrayente espectáculo.
En la misma línea de
invocación religiosa, encontramos que, en el marco de las celebraciones, la
presidenta de la Sociedad de Beneficencia
anunció la entrega de los premios que habitualmente otorgaban resaltando: “vosotras hijas mías, conservad esos puros
sentimientos a favor de la religión Santa del Estado, y de la Sagrada Causa
Nacional de la Federación, y una adhesión decidida, y gratitud eterna a Nuestro
Ilustre Restaurador, que es el Padre de la Patria”[20].
Según la presidenta, ese año la Sociedad había tenido que hacer un gran
esfuerzo para juntar el dinero debido a que el gobierno había acotado el
presupuesto que le otorgaba a dicha Sociedad. Sin embargo, la falta de recursos
era postulada como “consecuencia de la
guerra injusta que ha provocado el salvaje y traidor bando unitario”[21].
De este modo, las
Fiestas Mayas daban un cierre trascendente a la secuencia de celebraciones y
festejos conjugando los elementos que venimos destacando. Se vinculó el
episodio a los opositores a quienes se caricaturizó en formas deleznables y se
remarcó la intermediación divina como protectora de la figura de Rosas y del
gobierno. Todo en un lenguaje escenográfico directo y contundente.
Política y
religión en la consolidación del rosismo
Las evidentes
simbologías religiosas que desplegó el rosismo en sus prácticas políticas y que
se podían observar con precisión en las fiestas federales llevaron a Ricardo
Salvatore a postular que por entonces se sacralizó el lenguaje político. El
autor indicó con precisión que la “comunidad
política imaginaria” que postulaba el gobierno atribuía una santidad plena
a su accionar y su “causa” al tiempo que demonizaba a sus adversarios
(Salvatore, 1996, p. 60). Por otro lado, Salvatore resaltó que este
posicionamiento del federalismo rosista con la religión no impedía que las
autoridades tuviesen conflictos con la Iglesia Católica (Salvatore, 1998, p. 338).
De este modo, queda en claro que las formas de vivir lo religioso por parte de
los dirigentes y de la población trascendían a la Iglesia, aunque el autor no
lo plantea en estos términos. Justamente, los problemas que tuvo el rosismo
para subordinar a la iglesia fueron analizados con detenimiento por Roberto Di
Stefano quien advirtió que en buena medida Rosas pensaba a la institución
eclesiástica en una línea relativamente similar a lo ocurrido en la época
rivadaviana. Esto implicaba que para el gobernador, “la Iglesia es Iglesia del Estado, un segmento de su aparato
político-administrativo, y los eclesiásticos son empleados públicos como todos
los demás” (Di Stefano, 2006, p. 48).
La compleja trama de
relaciones institucionales entre autoridades civiles y eclesiásticas no impidió
el despliegue de una continua apelación a alegorías religiosas para consolidar
una legitimidad política amplia. Jorge Myers se ha detenido a pensar específicamente
este aspecto en relación al discurso republicano que el gobierno también
despliega. Myers remarca que en otras latitudes o momentos históricos los
lenguajes republicanos y el cristianismo tenían una relación compleja y
excluyente. Sin embargo, esto no se dio en los tiempos de Rosas cuando tendieron
a fusionarse los “lenguajes de la
República y de la Fe”. Asimismo, el autor indica que las apelaciones a la
divinidad tenían fines seculares y “la
doctrina católica era invocada por Rosas y sus publicistas sólo en momentos que
él consideraba apropiados” (Myers, 1995, pp. 86-89). Este análisis supone, en
algún sentido, una visión instrumental y práctica de la religión que nos
interesa complejizar.
En una perspectiva
más simplificada de esta cuestión, John Lynch había retomado miradas clásicas
de los opositores a Rosas e indicado que las menciones a la divinidad solo se
daban con una clara vocación de manipular a los seguidores. De este modo, la fe
de Rosas no sería genuina sino una simple estratagema (Lynch, 1984). Se pueden
presentar varios reparos a este planteo: por un lado, en la medida que supone
que hay una forma ideal de relación o de apelación a la religión por parte de
los líderes. Esta manera de sostener la fe sería la adecuada y claramente no
estaría dentro de las formas en las que lo hace el rosismo; por otro lado, esta
mirada supone una forma particular de entender la política distanciándola de la
religión, es decir constituyendo esferas plenamente escindidas lo que en
ocasiones obstaculiza una comprensión holística de los imaginarios de la época.
Por último, dan por sentado que los seguidores no advierten la manipulación que
se estaría ejerciendo sobre ellos y caen en las redes de adhesión de un
simbolismo que no reproduce las reales creencias de los líderes. En definitiva,
más allá de las diferencias que planteamos, queda en claro que los autores que
revisaron esta temática observaron una recurrente y sostenida prédica con
menciones religiosas en los discursos y la comunicación que generaba el
rosismo.
Es interesante
constatar asimismo que las apelaciones a la dimensión religiosa para postular y
construir una imagen de Rosas estuvieron presentes en los términos que
presentaba y comunicaba su accionar el propio gobierno tanto como en las formas
en que lo atacaban sus opositores, principalmente cuando querían establecer
contactos con la población o con las clases populares. El grupo opositor que
vimos situado en Montevideo tomó como tarea central para desplegar su política
en Buenos Aires la redacción de escritos que cruzarían el Río de la Plata con
el objetivo de ser distribuidos en la campaña y la ciudad.
El esfuerzo más
sistemático tendría lugar en 1839, con la creación del periódico El Grito Arjentino, que buscaría
expresamente interpelar a las clases populares[22].
Los redactores del propio diario lo dejaron en claro en su primer número cuando
consignaban que iban a transmitir sus mensajes en “estilo sencillo, natural, y lo más claro que podamos”. Sus escritos
estaban pensados “para los pobres, para
los ignorantes, para el gaucho, para el changador, el negro y el mulato”[23].
En repetidas entregas, las formas de presentar a Rosas y al rosismo tenían un
componente de impugnación religiosa notorio[24]. Una
de las evidencias más repetidas sobre la herejía de Rosas que postulaban giraba
en torno a la presencia del retrato de Rosas en procesiones y en el interior de
las iglesias para que “lo adoren como a
Dios”. Los redactores indicaban luego “¿y
todavía se atreve a aparentar religión este blasfemo inmundo, este hereje
atrevido, que por las disposiciones de la Santa Iglesia está descomulgado?”[25].
En la misma dirección,
comenzó a publicarse el 23 de diciembre de 1841 el periódico semanal Muera Rosas. Patria! Libertad! Constitución!.
Desde el título, directo y categórico, no quedaban dudas acerca de la
intencionalidad de sus redactores. La primera columna del número inicial
comenzaba con un poema en octavas de versos octosílabos. Se trataba de una
estrategia que buscaba generar un mensaje fácil de replicar y transmitir en una
sociedad con niveles de analfabetismo muy altos. El poema comenzaba con una
primera estrofa que contenía una apelación divina:
Salga un grito del infierno
Como un trueno furibundo,
Eco de ira del Eterno
Y de venganza del mundo,
Y estremezca tierra y
aires;
Y con furias espantosas,
Lance un rayo en Buenos
Ayres
Retronando: Muera Rosas![26]
En adelante, se iba a
repetir la aparición de poemas sobre distintas aristas del tema central que era
la destitución y el asesinato de Rosas. En otros escritos, se impulsaba a los
“Argentinos”, tal como se interpelaba a los pretendidos lectores, a sumarse a
las fuerzas antirrosistas, puntualmente a las del General Paz[27].
Asimismo, encontramos que en otros artículos se invitaba a la acción directa,
con la debida justificación divina que habilitaría su conducta:
Arjentinos!
Teneis por delante un monstruo que va a degollaros, y sucio con vuestra sangre,
va a cortar la trenza de vuestras esposas, va a escupir el rostro de vuestros
hijos y violar a vuestras hijas, y luego va a derribas vuestra casa, y a
llevarse vuestro tesoro. Necios! Por qué no lo matais? Dios mismo lo autoriza y
lo quiere así[28].
Esta prensa escrita y
las figuraciones de Rosas y de las formas de ejercer el gobierno en Buenos
Aires fueron analizadas por distintos autores. Claudia Román ha estudiado el
discurso de El Grito Arjentino y Muera Rosas! deteniéndose en las
imágenes que contenían como parte de una pedagogía política sustancial que, con
igual sentido que los poemas, se dirigía especialmente a un público no letrado.
La autora resaltó que las ilustraciones contenían figuras alegóricas que implicaban
un procedimiento propio de la divulgación de la historia sagrada en la medida
que requerían descifrar sus sentidos para encontrar el mensaje verdadero
(Román, 2005, p. 60). En un análisis más reciente, Román indicó que los textos
que contienen estos periódicos se encuentran “en diálogo intenso con las estrategias del rumor y de la política
semiótica desplegada por el Estado rosista” (Román, 2018, p. 232). Desde el
campo de las Artes, María Cristina Fükelman ha profundizado el análisis
plástico sobre las litografías que contenían remarcando que el propio Rosas es
retratado con caricaturas animalescas que resaltan su brutalidad y salvajismo[29].
En otro análisis de
ambas publicaciones, Federico Oneto ha remarcado que El Grito Arjentino tenía un discurso un tanto más moderado, que
intentaba sumar la adhesión de los sectores que a pesar de no apoyar al
gobierno de Buenos Aires no se inclinaban por una postura contraria, mientras
que Muera Rosas! tenía una posición
más antagonista, que no daba lugar a posicionamientos neutrales (Oneto, 2012,
p. 129). Estos dos periódicos estaban dirigidos, como indicamos, a las clases
populares. Era un tipo de discurso especialmente diseñado con ese fin y que
difería del resto de la producción gráfica que los exiliados en Montevideo
publicaban. Zubizarreta ha analizado justamente ese contraste comparando los
periódicos El Grito Arjentino y El Nacional. Este último estaba pensado
para el grupo letrado urbano y sus escritos contaban con un nivel de
argumentación sofisticado y un aparato erudito que avala las afirmaciones
(Zubizarreta, 2010).
La redacción de El Nacional estuvo a cargo de intelectuales
como Andrés Lamas, Miguel Cané y Juan Bautista Alberdi. En 1839, tomaría la
posta José Rivera Indarte, quien como vimos iba a ser acusado de perpetrar el
intento de asesinato de Rosas dos años después. Rivera Indarte había nacido en
Córdoba en 1814. Había arribado de niño a Buenos Aires donde, formando parte de
la élite de la época, compartió la educación con Vicente Fidel López, quien
luego lo recordaría en forma sumamente despectiva. Se trataba de un personaje
polémico. Fue expulsado por varios años de la Universidad de Buenos Aires y
tuvo distintos procesos judiciales en su contra. Comenzó como periodista
escribiendo en diversos diarios a fines de la década de 1820. Redactó luego
notas para La Gaceta Mercantil y
compuso dos himnos apologéticos: el Himno a los Restauradores y el Himno
Federal. Más aún, Gabriel Di Meglio indica que le atribuyen la creación de la
Sociedad Popular Restauradora en 1835 (Di Meglio, 2007, p. 58). Vicente Cutolo
va más allá y menciona que estuvo sindicado como fundador de la Mazorca (Cutolo,
1983, p. 205). Esto parece improbable puesto que fue 1836 el año en que se
alejaría del rosismo y pasaría a convertirse en uno de sus máximos enemigos. Ese
año, Rosas recibió un informe de Oribe que indicaba que Rivera Indarte tenía
contactos con los exiliados en Montevideo. Fue apresado y terminó entonces
acusado como colaborador de los unitarios emigrados. Logró escapar y vivió en
Estados Unidos y Brasil hasta que regresó al Río de la Plata en 1839, para
posicionarse en Montevideo como férreo opositor al rosismo. En julio de ese año,
se sumó a Andrés Lamas a la redacción del diario El Nacional. Pocos meses después, Lamas se retiraría y quedaría al
frente del periódico[30].
Fue entonces cuando le imprimió un giro particular, más directo y belicoso profundizando
en las apelaciones religiosas al punto que Bartolomé Mitre, quien escribió una
biografía vindicativa, señaló que el periódico era el “catecismo político” de su grupo (Mitre, 1853, p. XXII).
En esta coyuntura
emergen ideas de Rivera Indarte que continuaban y potenciaban tópicos de la
literatura antirrosista. Los artículos que salieron en El Nacional marcaban el pulso de sus pensamientos que se terminó
plasmando en el frondoso volumen que comprende tres libros. Comenzaba con el
escrito Rosas y sus opositores, continuaba
con el posteriormente clásico Tablas de
Sangre, y finalizaba, casi como apéndice, con Es Acción Santa matar a Rosas. Este último escrito recuperaba toda
la descripción negativa en torno a Rosas y a su gobierno plasmada en las
páginas previas y planteaba en forma directa la necesidad imperiosa de asesinar
a Rosas a partir de una fundamentación basada en la teoría del Tiranicidio que recuperaba
postulados de juristas y teóricos diversos y abrevaba lógicamente en la
dimensión religiosa con múltiples menciones bíblicas. Más allá de la trama que
pretende elaborar una justificación en forma erudita, es sustancial el final
del escrito, cuando se convocaba directamente a cometer el asesinato de Rosas,
Piensa
valiente tiranicida cualquiera que tú seas el destinado por Dios para derramar
la sangre de Rosas, en la satisfacción inmensa que llenará tu pecho, cuando
después de tu acción santa escuches resonar todos los ámbitos de la América con
un himno de gracias por tu magnánimo asesinato. …
Combina
por días, por meses enteros tus medios, y cuando te sientas inspirado hiere con
pujanza omnipotente esa cabeza culpable de tirano, puesta a precio, maldita,
consagrada a la muerte. Adelanta tu pie con firmeza hasta que la puedas tocar
con tu mano, mírala bien, reúne todas tus fuerzas, y al herirle. Dios te proteja!
(Rivera Indarte, 1843, pp. LXXI-LXXII).
De este modo, la
defensa del régimen rosista a partir de una asociación directa entre la
permanencia del gobierno y la voluntad divina encontraba como respuesta una
apelación al asesinato del líder concebida a partir de la dimensión religiosa.
La búsqueda de adhesiones políticas tenía a la religión como cartografía para
guiarse y como lenguaje para comunicar.
Epílogo
El intento de
asesinato que padeció Rosas se transmitió públicamente como un atentado de gran
escala. La posible desaparición del líder fue presentada con un tono agonista
como un momento límite, una calamidad y, por lo tanto, las celebraciones que
siguieron al fallido intento tuvieron una magnitud inusitada. Los análisis
sobre este tipo de momentos resaltan que las sociedades valoran la recuperación
de las situaciones previas, la continuidad del orden establecido en la vida
cotidiana (Visacovsky, 2011, p. 31). El rosismo remarcó en su interpretación
que fue la interposición divina la que mantuvo ese orden otorgándole al
episodio un grado de importancia crucial en tanto era evidencia concreta y
simbología global del apoyo de la divina providencia al gobierno. Sin embargo,
las explicaciones en esa clave se repetirían en otros momentos.
Al verificar la
intensidad y recurrencia de las apelaciones religiosas por parte de los
dispositivos discursivos del rosismo, se genera un nuevo interrogante, una
pregunta clave que se conecta con lo señalado al comienzo de este artículo
¿Estamos ante una sacralización de la política? Todo indica que la dimensión
religiosa siempre estuvo presente. En todo caso la novedad en el Río de la
Plata, que se introduce después de la Revolución, ha sido la discusión en torno
al sujeto de imputación de la soberanía y en forma concomitante en torno a los
alcances de la soberanía popular y los mecanismos de adhesión política y
construcción de legitimidad de las autoridades (Ternavasio, 2007). Quizás
deberíamos invertir la trama y concebir a las prácticas políticas ligadas a la
búsqueda de adhesión al soberano como una nueva dimensión que se imprime sobre
una sociedad organizada prioritariamente a partir de sus creencias religiosas.
De este modo, las formas de creer en los líderes y en los proyectos políticos
tenían un sólido basamento religioso porque religiosa era la matriz sobre la
cual se inscribía y se desplegaban.
En este punto, la
inversión de la discusión nos lleva entonces a analizar los distintos gobiernos
como un largo proceso de desacralización de las prácticas política. O, más
precisamente, un proceso en el cual otras variables van tomando tendencialmente
más trascendencia entre las formas de construir identidades y adhesiones
políticas por parte de la sociedad y sus líderes. Es probable que, en ocasiones,
esas variables solo sean posibles de delimitar en los análisis de los
historiadores. Se ha señalado la tríada discursiva en tiempos coloniales que
suponía una adhesión a “Dios, Patria y Rey”. La Revolución alejó a la última de
estas apelaciones del repertorio. No sólo eso, los líderes de la Revolución también
intentaron generar un nuevo contenido para el vocablo Patria. No es extraño
entonces que la religión haya sido el pilar que se mantuvo vigente. Quizás haya
que esperar hasta las sólidas identidades nacionales que se generarían hacia el
final del siglo XIX, con la consolidación de los estados nación, para que la
religión tenga una alternativa contundente cuando la Patria sea la argentina.
¿Estamos indicando
que la continuidad de las apelaciones religiosas a la hora de hacer política
nos permite pensar que no hay novedades en este aspecto en la época de Rosas? De
ninguna manera, la espectacularidad de la escena política rosista es singular y
sus efectos plenamente novedosos. La consolidación del orden en la década de
1840 luego de estos momentos críticos que analizamos es una marca irrevocable
de la efectividad de estos dispositivos de generación de identidades. De este
modo, la política rosista se va a presentar concebida a partir de la dimensión
religiosa que es la mayor fuente de recursos simbólicos vigente. Es decir, se
encuentra creada con las herramientas disponibles, como no podía ser de otro
modo, pero sus efectos van a ser novedosos puesto que estamos ante la
construcción de un orden y una estabilidad como no había ocurrido luego de la
Revolución. Así, sin escatimar la posibilidad de ejercer la violencia ante los
opositores, el rosismo supo construir una sólida legitimidad de su poder
político. Es cierto que desde una perspectiva estructural se encuentran
variables fundamentales como la estabilidad y el desarrollo económico para
explicar el apoyo de los sectores medios y las clases populares, sobre todo en
la década de 1840, luego de los acontecimientos que analizamos. De todos modos,
también podemos postular que los años estables llegaron luego de amalgamar los
apoyos políticos a partir de un proyecto de poder que tenía a las apelaciones a
la religión como uno de sus ejes para relacionarse discursivamente con la
sociedad. De esta forma, la dimensión religiosa ocupó un lugar fundamental en
la consolidación del poder rosista.
Para finalizar, es
interesante destacar que desde el momento mismo en que la caja enviada desde
Montevideo fue abierta y falló, el dispositivo pasó a convertirse en un objeto
de culto: la “máquina infernal”. La utilización del mismo por parte de la
simbología que el gobierno desplegaba públicamente fue inmediata. Más aún,
pasado un tiempo, el 21 de julio de 1843, el General Manuel Corbalán en tanto
Edecán del Gobernador la remitió al Museo de Historia Natural de Buenos Aires.
El objeto, según el expediente que se conserva en el actual Museo Histórico
Nacional, llegó junto a dos pistolas que Rivera dejó en el campo de la Batalla
de Arroyo Grande, que tuvo lugar el 6 de diciembre de 1842. En el facsímil del
documento de entrega de la caja se constatan sus características y se adjunta
el acuse de recibo de Antonio Demarchi quien más de dos años después de lo
ocurrido afirmaba que, del intento de asesinato, Rosas se salvó al abrirla por
“un favor especial de la Divina
Providencia”[31].
De este modo, cuando se fundó el Museo Histórico Nacional, a fines de siglo XIX,
el objeto iba a formar parte de su colección inicial y todavía perdura en la
institución como una pieza central del período rosista. Es interesante destacar
que, desde su exhibición en la propiedad de Felipe Arana hasta la actualidad,
la caja devenida en “máquina infernal” no ha dejado de ser exhibida, aunque
seguramente despertando distintos significados con el paso del tiempo en
quienes la contemplaron y la contemplan, lo que indica la potencia de los
objetos para pensar el pasado reciente y lejano[32].
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[1] Hemeroteca de la
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Canal del Tuyú, 1° de agosto de 1839 en La
Gaceta Mercantil. Diario comercial, político y literario, Buenos Aires,
martes 6 de agosto de 1839. N° 4830.
[2] Archivo General de la
Nación (AGN), Sala VII, Legajo 1043, archivo Biedma, pp. 70-75.
Juan
Lavalle a Dolores Correa y Espíndola, 12 de octubre de 1840.
[3] Como indicó Oscar
Terán, ciertos intelectuales de esos tiempos que se dedicaron a analizar el
rosismo sí profundizaron en perspectivas que involucraron en las explicaciones
diferentes variables más allá del propio Rosas (Terán, 2019). Quizás el más
renombrado es el que Domingo F. Sarmiento elaboró en su clásico Facundo, sumando la conocida “Teoría del
medio” para dar cuenta de la evolución política a partir de las posibilidades
que ofrecía el entorno (Sarmiento, 1962).
[4] HBNMM. El Museo Americano, 33. Buenos Aires,
1835-1836, pp. 257-262.
[5] HBNMM. La Gaceta Mercantil, Buenos Aires, 27 de
octubre de 1835, n° 3724. 21 de octubre de 1835, n° 3719. 2 de abril de 1836,
n° 3849. 4 de abril de 1836, n° 3850. 7 de mayo de 1836, n° 3878.
[6] HBNMM. Diario de la Tarde, Buenos Aires, 4 de
mayo de 1836, n° 1466.
[7] Hemeroteca del Museo
Mitre (HMM). El Nacional. Diario
político, literario, comercial y noticioso. Montevideo, 15 de marzo de
1836, N° 282 y 16 de marzo de 1836, N° 283.
[8] Real Sociedad de los
Anticuarios del Norte en Copenhague. Extracto de los estatutos de la sociedad.
P. 1. Disponible en www.repositoriosuba.sisbi.uba.ar/gsdl/collect/archivos/cartasravi/index/assoc/me337801/-me33780.dir/me337801.pdf,
p. 1.
[9] Real Sociedad de los
Anticuarios del Norte en Copenhague. Extracto de los estatutos de la sociedad.
P. 1. Disponible en www.repositoriosuba.sisbi.uba.ar/gsdl/collect/archivos/cartasravi/index/assoc/me337801/-me33780.dir/me337801.pdf,
p. 4.
[10] Este relato sigue el análisis
desplegado por Jorge Bohziewicz en su riguroso trabajo donde presenta los
testimonios específicos del acontecimiento que pudo recoger en diversos
repositorios. El autor suma los informes de los diplomáticos franceses Charles
Lefebrvre de Bécout y Jean H. J. Dupotet, también la narración de Felipe Arana
y de Pedro R. Rodríguez (escribiente secretario de Rosas), luego contrasta los
recuerdos que Manuelita Rosas le transmite a Saldías y el relato que el
historiador reproduce finalmente en su obra (Bohziewicz, 2024, pp. 29-40).
[11] HMM. El Nacional. Diario político, literario, comercial y noticioso,
Montevideo, 3 de abril de 1841, n° 699.
[12] “Mensaje de los Ministros
encargados del Poder Ejecutivo Felipe Arana y Manuel Insiarte
al abrir
las sesiones de la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires en 27 de
diciembre de 1840” (Mabragaña, 1910, p. 27).
[13] HBNMM. La Gaceta Mercantil, Buenos Aires, 19 de enero de 1848, N° 7261.
[14] Carta de Manuelita Rosas a Máximo
Terrero, Londres, 1 ° de diciembre de 1885 (Saldías, 1887, p. IX).
[15] Véase Carta de Felipe Arana a
Jorge Federico Dickson, Buenos Aires, 24 de abril de 1841, citado en
Bohziewicz, 2024, p.
33.
[16] HBNMM.
British Packet and Argentine News, Buenos
Aires, 10 de abril de 1841. P. 1 Traducción propia.
[17] HBNMM. La Gaceta Mercantil, 29 de mayo de 1841.
[18] HBNMM. La Gaceta Mercantil, 29 de mayo de 1841. Diario de la Tarde, 29 de
mayo de 1841.
[19] HBNMM. The British Packet, 29 de
mayo de 1841.
[20] HBNMM.La Gaceta Mercantil, 3 de
junio de 1841
[21] HBNMM.La Gaceta Mercantil, 3 de
junio de 1841. Con la reducción del presupueste el gobierno le iba a restar poder e
importancia a una agrupación que se presentaba como aliada pero que había sido
generadora de espacios opositores. Una de las últimas presidentas
había sido Casilda Irgazabal cuyo hijo, Jacinto Rodríguez Peña, había participado de
la conspiración de Maza. Más adelante, desde el rosismo se harán cargo del
control de la Sociedad y en 1845 asumirá directamente la presidencia Agustina
Rozas de Mansilla. Posteriormente, luego de la caída de Rosas, volverán a
ocupar los puestos en la Sociedad de Beneficencia las antiguas opositoras al
régimen rosista (Correa Luna y Dellepiane, 1923).
[22] Hernán
Pas ha demostrado que las modalidades de lectura de las clases populares en
este periodo van a ser dinámicas y comprenden tanto al “lector oyente” como a distintos
grupos con ciertas competencias de lectoescritura (Pas, 2018).
[23] Biblioteca Nacional del Uruguay –
Colección Digital (BNU - CD). El Grito Arjentino, Montevideo, 24 de
febrero de 1839. N° 1.
[24] Zubizarreta identificó la
presencia de las apelaciones a la religión en ambos bandos políticos pero la
concibió como una mera utilización consciente que se realizaba para concitar
adhesiones. A nuestro entender,
esta perspectiva supone un grado de anacronismo en la identificación de la
política decimonónica como un plano de la esfera pública moderno y
secularizado. Por el contrario, entendemos que los partícipes en buena medida
comparten las apreciaciones religiosas que postulan al tiempo que las formas de
configurar identidades no diferencian entre planos político-racionales y
morales o religiosos (Zubizarreta,
2012, p. 189).
[25] BNU – CD. El
Grito Arjentino, Montevideo, 7 de
marzo de 1839. N° 4. Las controversias en torno al lugar que ocupaba el retrato
de Rosas en las Iglesias fueron trabajadas por Carlos Vertanessian a propósito
del óleo de Martín Boneo titulado La mida
de 10 en la Capilla de la Piedad (Vertanessian, 2017, pp. 140-143).
[26] BNU – CD. Muera
Rosas. Patria! Libertad! Constitución!, Montevideo, 23 de diciembre de
1841. N° 1.
[27] En el segundo número del periódico
Muera Rosas!, se publica una página con el retrato del General Paz
convocando a los federales a pelear en sus filas y abandonar las de Rosas.
También se van a publicar otros retratos de figuras opositoras al gobierno de
Buenos Aires como las de Ferré (Gobernador de Corrientes) o la de Rivera
(Presidente del Uruguay). Esto indica que el personalismo y la necesidad de
contar con un liderazgo está presente en la idea que tienen los redactores para
convocar a las clases populares. BNU – CD Muera
Rosas. Patria! Libertad! Constitución!, Montevideo, 23 de diciembre de
1841. N° 2. La imagen de Rivera,
en Muera Rosas. Patria! Libertad!
Constitución!, Montevideo, 22 de marzo de 1842. N° 12. La de Ferré, en Muera Rosas. Patria! Libertad! Constitución!,
Montevideo, 14 de marzo de 1842. N° 11.
[28] BNU – CD.Muera Rosas. Patria! Libertad! Constitución!,
Montevideo, 22 de marzo de 1842. N° 12.
[29] Analizando estas imágenes Fükelman
indicó que los autores tenían conocimientos de dibujo y contaban con recursos
plásticos y semánticos que se pueden evidenciar en las alegorías a las imágenes
que representaban a la República, en las influencias de Goya y las citas
religiosas que contenían ciertos dibujos (Fükelman, 2006, p. 29). Desde una
perspectiva original, el estudio de estas temáticas ha sido profundizado por
Gabo Ferro, quien se detuvo a analizar las metáforas que el período rosista
genera tanto desde el discurso oficial como, sobre todo, desde sus opositores en torno a la sangre, el
diablo, la monstruosidad y los vampiros (Ferro, 2008).
[30] La información sobre la biografía
de Rivera Indarte la tomamos del erudito estudio preliminar de Pablo
Ansolabehere a la reciente publicación de una nueva edición del libro Tablas de Sangre (Ansolabehere, 20221, pp. 7-62).
También hay información valiosa en el trabajo de Nicolás Lucero sobre la
temática (Lucero, 1992).
[31]Museo Histórico Nacional Argentina,
Carpeta 3450. F. 3.
[32] El historiador Krzysztof Pomian ha
pensado a los objetos como semióforos, indicando que tienen una especie de
aura, con sentidos de trascendencia que permiten vincular el pasado con el
universo simbólico quien los observa (Pomian, 1987).